OPINIÓN
Crear... ese acto supremo
No sé si el acto de crear es superior en magnitud sustancial a cualquier otro acto de la vida cotidiana, otro acto de esos que se repiten de manera automática y por inercia, cualquier día a la misma hora o en el mismo lugar. Me lo pregunto muchas veces y no encuentro una respuesta que me satisfaga.
A veces, tonta de mí, pienso que lo que sale de mi cabeza puede que sea único, como una pieza de música, una escultura o un dibujo singulares y extraordinarios, como lo es el hacedor de los mismos. Acto seguido, me vengo abajo porque no soy nada especial, si acaso, algo sensible al arte, pero no más importante que cualquier otro con unos ojos que ven algo más allá del todo y un oído que afina el horizonte verdoso para diferenciarlo del más abrupto de los acantilados, o el más seco y arenoso de los desiertos. Pero los acantilados y los desiertos también me inspiran, me dan más de lo que yo les puedo ofrecer.
Quisiera poder transformar la sequía de mi alma en un río caudaloso que no parase jamás de crear, de alimentar a sus peces aguas arriba, para que jamás muriesen de hambre. Quisiera llenar de amor de madre las colmenas de las abejas del mundo para que nunca se extinguieran y siguieran formando las nubes de colores de los campos en flor, trabajando sin descanso para ofrecer al universo la magnífica y deseada cosecha de cada primavera y cada verano.
Crear vida es tarea de diosas del bosque, con los ojos cristalinos llenos de agua clara en la que los árboles reflejan todo su potencial. Es tarea de dioses omniscientes que saben que sus liras aturdirán tus tímpanos hasta el paroxismo con sus trovas y sus letras de amor y de viajes a mundos paralelos, salpicados de personajes ahítos de saber, que te miran como mira el bebé a su madre o a su padre por vez primera, con esa carita de absoluta dependencia que sólo tú puedes llenar de seguridad, de arte, de saber hacer, de ser, de estar. De Existir.
Quiero crear algo bonito para ti, pero no sé si seré capaz de acallar mis demonios interiores para poner sus talentos a mi servicio y convertir sus defectos y maldades en bondad y virtud. Pero te prometo, porque yo no juro ni juraré, que mi carne está al servicio de las palabras y mi alma, al de la música y las artes, para que hagan de mi capa un sayo y de mi aliento, el viento que mese sus cabellos perfectos, como un suspiro cálido, una caricia suave, un beso de amor.
No sé si el acto de crear es superior en magnitud sustancial a cualquier otro acto de la vida cotidiana, otro acto de esos que se repiten de manera automática y por inercia, cualquier día a la misma hora o en el mismo lugar. Me lo pregunto muchas veces y no encuentro una respuesta que me satisfaga.
A veces, tonta de mí, pienso que lo que sale de mi cabeza puede que sea único, como una pieza de música, una escultura o un dibujo singulares y extraordinarios, como lo es el hacedor de los mismos. Acto seguido, me vengo abajo porque no soy nada especial, si acaso, algo sensible al arte, pero no más importante que cualquier otro con unos ojos que ven algo más allá del todo y un oído que afina el horizonte verdoso para diferenciarlo del más abrupto de los acantilados, o el más seco y arenoso de los desiertos. Pero los acantilados y los desiertos también me inspiran, me dan más de lo que yo les puedo ofrecer.
Quisiera poder transformar la sequía de mi alma en un río caudaloso que no parase jamás de crear, de alimentar a sus peces aguas arriba, para que jamás muriesen de hambre. Quisiera llenar de amor de madre las colmenas de las abejas del mundo para que nunca se extinguieran y siguieran formando las nubes de colores de los campos en flor, trabajando sin descanso para ofrecer al universo la magnífica y deseada cosecha de cada primavera y cada verano.
Crear vida es tarea de diosas del bosque, con los ojos cristalinos llenos de agua clara en la que los árboles reflejan todo su potencial. Es tarea de dioses omniscientes que saben que sus liras aturdirán tus tímpanos hasta el paroxismo con sus trovas y sus letras de amor y de viajes a mundos paralelos, salpicados de personajes ahítos de saber, que te miran como mira el bebé a su madre o a su padre por vez primera, con esa carita de absoluta dependencia que sólo tú puedes llenar de seguridad, de arte, de saber hacer, de ser, de estar. De Existir.
Quiero crear algo bonito para ti, pero no sé si seré capaz de acallar mis demonios interiores para poner sus talentos a mi servicio y convertir sus defectos y maldades en bondad y virtud. Pero te prometo, porque yo no juro ni juraré, que mi carne está al servicio de las palabras y mi alma, al de la música y las artes, para que hagan de mi capa un sayo y de mi aliento, el viento que mese sus cabellos perfectos, como un suspiro cálido, una caricia suave, un beso de amor.
















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