Eugenio de Ávila
Sábado, 18 de Enero de 2020
RES PÚBLICA

Entre el miedo a la muerte y la condena del placer

Me educaron en mi casa. Mi familia fue un matriarcado. Me enseñaron en un colegio de curas, donde recibí hostias de oblea y hostias en la cara, mientras a los alumnos, todos varones, se nos advertía de que la masturbación provocaba ceguera. No era cuestión de fe. De haber sido cierto, los hombres españoles, incluidos todos los ministros y políticos de la oposición –quizá los del PNV, no, dado su ultracatolicismo- venderían cupones de la ONCE. Crecí entre el miedo a la muerte y al sexo. Aquel cristianismo se construyó sobre el temor y el odio al propio cuerpo, entre las penas del infierno y los efectos del onanismo. No se nos habló de amor al prójimo, ni de Franco, ni del comunismo, ni que existía la homosexualidad, ni del placer. A la Iglesia le habría ido mejor si hubiera mostrado el camino hacia el cristianismo hedonista.

 

Los niños del tardo franquismo crecimos frustrados por el miedo a Dios y el pecado. No había entonces Pin Parental. Nuestros padres se fiaban de los curas. El Estado se había convertido en Dios, como anunció Lenin, demiurgo del totalitarismo. El franquismo carecía de ideología. Nunca fue fascista. En cierta medida, la Falange de José Antonio. Pero no era atea. La Dictadura entregó a la Iglesia educación e ideología. Hasta que llegué a la Universidad, aquí, en Zamora apenas había oído hablar del caudillo ni de los “rojos”, aunque en mi familia materna fueron fusilados dos parientes de mis abuelos y otro, por temor, se suicidó. Los jóvenes hablábamos de fútbol y de la ipsación, vulgarmente paja.

 

¡Cuán pobre fue mi educación religiosa, que, a los 18 años, después de siete entre curas, milité en el agnosticismo! Ya adulto, me pasé al ateísmo. Nunca me gustaron los términos medios. Amo o no amo. Los profesores, seglares,  pasaban de hacer proselitismo político. Los sacerdotes solo nos exigían misa tras misa y rosario tras rosario. Entre ceremonias religiosas y oraciones, el sexo, como pecado, y el infierno, como castigo. Y si fuera posible, castigar a nuestros jóvenes cuerpos con penitencias. Habíamos venido a la vida para sufrir. Esto era un valle de lágrimas, como nos enseñaba la Salve.

 

El Estado totalitario, desde Platón, su ideólogo, quiso para sí la educación de niños y jóvenes, edades en las que el cerebro absorbe toda enseñanza. Los hijos, ya que no pertenecen a los padres, sin necesidad de que la asertiva Celaá nos lo confesase, pasarán a ser la prole del Estado.  El totalitarismo, tradúzcase como comunismo, fascismo y nacionalsocialismo, ama al Estado, es su Dios. Hay que realizar una labor de profundo proselitismo sobre los niños, inocularles las verdades del sistema, inculcarles una moral acorde al régimen, modularles para convertirse en hombres de provecho para el Estado.

 

Jordi Pujol inició su plan de secesión de España a través de la Educación. Hace 40 años que los niños catalanes fueron educados en el odio a España. Pequeñas dosis en la década de los 80, para que las almas infantiles y juveniles fueron metabolizando esa droga del racismo, y pasar a sobredosis en este siglo XXI. Todo ciudadano, charnego y de pura raza, con menos de 50 años, salvo la alta burguesía, fueron educados en institutos públicos, dominados por docentes separatistas. El golpe de 2017 fracaso. Lola Delgado dejará en libertad, más pronto que tarde, a sus ejecutores. En la próxima década, Cataluña alcanzará su independencia de España. La aún nonata nación se convertirá en un paraíso fiscal. No hay problemas. Tanto el PSOE, máximo accionista en la quiebra del Estado, como el PP, consintieron que el asco a la nación más antigua de Europa llegase al vómito de la independencia.

 

En el País Vasco sucedió algo parecido. Profesores nacionalsocialistas, de izquierdas, pues, admiradores, cuando no hermanos y amigos de etarras, asesinos de niños, mujeres y ancianos, educaron a los niños de raza pura, hijos de Aitor, y a los niños de los maquetos, Fernández, Pérez, López y demás apellidos, asumieron que los vascos formaban parte de una etnia superior, de otra racialidad (palabra acuñada por la ministra y esposa de Pablo Iglesias, enemigos ambos de la propiedad privada, como han demostrado en la práctica, algo empírico), y que los españoles, sayagueses, alistanos, jienenses, pacenses, por citar otras procedencias, los habíamos tenido sojuzgados, oprimidos, encarcelados desde que los dinosaurios pastaba en Euskadi.

 

Los niños y los jóvenes españoles, los que reciben lecciones de docentes en cualquier colegio público de España, de la España que no es País Vasco o Cataluña, deberían escuchar a las víctimas del terrorismo vasco y del odio catalán en sus aulas. Así aprenderían algo de historia contemporánea española y se explicarían la actual deriva de nuestra democracia hacia el abismo. A su vez, cuando ya el sexo pique entre las ingles, mostrar el placer que genera la clásica gayola y la cópula entre hombres y mujeres o, si así se prefiere, entre cuerpos del mismo género. Y después contar la historia de esta mono asesino que es el ser humano. Y la poesía, solo aplicársela, en las arterias del alma,  a los más sensibles.

 

Y ahora, si el sanchismo se atreve, elimínese la enseñanza concertada y que Castells, ministro de Universidades, pero no de Educación –¡manda huevos!- potencie la Universidad Pública. Así los hijos de las clases privilegiadas asistirán a colegios privados y universidades privadas. Los de las clases medias y humildes podrán estudiar en las escuelas y universidades del Estado. Los que salgan mejor preparados obtendrán los puestos más destacados de la futura sociedad. Que los jóvenes de la alta burguesía estudien en Deusto e I.C. A.D.E. ¡Allá ellos! De tal manera, las elites se perpetuarán en el poder económico y político. ¡Qué más nos da al pleno llano! ¡Que sigan mandando ellos! Nosotros, a la obediencia ovina.

 

Punto final con una frase de Manuel Castells, pronunciada hace un lustro: “Lo más importante de Estados Unidos es que no hay un Ministerio de Universidades. Solo desde la libertad se puede innovar. Y no hay innovación más importante hoy día que la refundación de la institución universitaria”. Al loro.

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