NOCTURNOS
Amar después de amar
![[Img #34494]](http://eldiadezamora.es/upload/images/01_2020/4595_monike.jpg)
Ha tiempo, después de una tormentosa, agresiva, historia de pasión y sexo, decidí borrar de mi diccionario la palabra, el sentimiento, la sensación, amor. Nunca más. A partir de ese instante, solo esperé a que el placer acariciase mi piel, me transformé en un hedonista visceral. Me transforme en un maduro seductor, refractario a cualquier atisbo, principio, génesis de arrobamiento. Hui de cualquier dama que mostrase belleza física más talento, inteligencia y cultura. Había concluido que el amor abre heridas profundas en el alma, que va siempre aparejado al verbo sufrir, que, como todo, tiene su fin; que, por una hora de intensa, violenta, impetuosa y volcánica cópula, recoges tristeza y quebranto; lloras lágrimas de absenta, vomitas deseos e impotencia, no vives, te mueres más deprisa.
Y, en combate dialéctico conmigo mismo hallábame, cuando se me apareció, como un ser divino, ella, una mujer, no una virgen –ya no quedan-, perfecta, porque también es mortal; hermosa, genial, ávida de cultura, descreída, divorciada, para cambiarme, para desmoronar mi ateísmo del dios Eros, para llevarme al éxtasis del sexo con más seso, para eyacular clorofila, beber la savia que segrega su piel, contar sus pestañas, besar sus párpados mientras duerme.
Carlota es vida, porque el tiempo se detiene cuando respiro su fragancia, a unos centímetros de mis labios. Carlota es una diosa, porque me humillo y arrodillo ante su presencia; porque la adoro con mis palabras, que son besos y caricias; porque sus senos son cúpulas catedralicias, que presiden su cuerpo visigótico. Carlota es mi último amor, el que cerrará mis ojos, rezará una última oración y hará de mi esqueleto polvo enamorado.
Eugenio-Jesús de Ávila
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Ha tiempo, después de una tormentosa, agresiva, historia de pasión y sexo, decidí borrar de mi diccionario la palabra, el sentimiento, la sensación, amor. Nunca más. A partir de ese instante, solo esperé a que el placer acariciase mi piel, me transformé en un hedonista visceral. Me transforme en un maduro seductor, refractario a cualquier atisbo, principio, génesis de arrobamiento. Hui de cualquier dama que mostrase belleza física más talento, inteligencia y cultura. Había concluido que el amor abre heridas profundas en el alma, que va siempre aparejado al verbo sufrir, que, como todo, tiene su fin; que, por una hora de intensa, violenta, impetuosa y volcánica cópula, recoges tristeza y quebranto; lloras lágrimas de absenta, vomitas deseos e impotencia, no vives, te mueres más deprisa.
Y, en combate dialéctico conmigo mismo hallábame, cuando se me apareció, como un ser divino, ella, una mujer, no una virgen –ya no quedan-, perfecta, porque también es mortal; hermosa, genial, ávida de cultura, descreída, divorciada, para cambiarme, para desmoronar mi ateísmo del dios Eros, para llevarme al éxtasis del sexo con más seso, para eyacular clorofila, beber la savia que segrega su piel, contar sus pestañas, besar sus párpados mientras duerme.
Carlota es vida, porque el tiempo se detiene cuando respiro su fragancia, a unos centímetros de mis labios. Carlota es una diosa, porque me humillo y arrodillo ante su presencia; porque la adoro con mis palabras, que son besos y caricias; porque sus senos son cúpulas catedralicias, que presiden su cuerpo visigótico. Carlota es mi último amor, el que cerrará mis ojos, rezará una última oración y hará de mi esqueleto polvo enamorado.
Eugenio-Jesús de Ávila
















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