ZAMORANA
Tiempo de bruma y de sombras
Continúan estos días brumosos, oscuros, todavía revueltos, en los que parece que no vamos a llegar nunca a ver la luz del sol tan necesaria, porque cuando llegue todo irá demasiado deprisa; llegará la primavera y estaremos anhelando el verano con su correspondiente y merecido descanso, planeando las vacaciones y, sin querer, nos habremos situado ya en la mitad de otro año más. Sin embargo estos días en que la luminosidad no aparece, el cielo está nublado, teñido entre blanco y grisáceo, tal vez sean proclives para reflexionar en lo que va a llegar y en lo que se ha ido, pararnos un momento y pensar si la existencia que llevamos es la que queríamos llevar o, por el contrario, nos hemos acostumbrado al vaivén de los días y simplemente nos dejamos mecer por esa rutina.
¿Dónde quedaron los sueños que tuvimos una vez?, quizá ya hemos renunciado a ellos porque el tiempo se lleva todo, hasta las ilusiones más anheladas y un día nos encontramos sentados en un sillón haciendo aquellas preguntas que nunca pensábamos ni siquiera plantearnos, tal vez debido a que el temor por llegar a la última etapa de la vida concita un sentimiento de aprensión ante el futuro o porque es ahora, en el atardecer de la existencia, cuando más se valora el debe y el haber
Todo pasa demasiado deprisa, la vida es un vértigo constante que nos va envolviendo en un torbellino feroz del que resulta imposible escapar; solo cuando se calma el tiempo nos damos cuenta de que nos hemos convertido en aquellas personas que probablemente nunca quisimos ser, cargados de obligaciones que han seguido la misma trayectoria de padres y abuelos y que, al fin y al cabo, todo el mundo sigue, porque por muchos sueños que tengamos se impone el curso normal de la naturaleza que va pasando etapas predeterminadas e iguales para todos.
Es cierto que hubo un tiempo propicio para rebelarse, no queríamos opresiones y la audacia de la juventud nos empujaba con furia a saltar a tumba abierta, sin miedo, con más arrojo que sentido y la perentoria necesidad de comernos el mundo, pero una vez que esa época pasó ha dado lugar a una etapa más conciliadora con nosotros mismos; ahora el tiempo, justamente cuando corre en nuestra contra, tiene otro valor; sabemos distinguir entre lo importante y lo transcendente; apreciamos la calma, los pequeños placeres, los amigos verdaderos, el valor de la familia, el silencio, la paz…
Dentro de unos días, cuando el sol se levante de nuevo en el horizonte y su fulgor nos ciegue, es posible que condenemos al olvido –al menos durante un tiempo- todas estas disquisiciones que nos asaltan más intensamente en estos días brumosos y nublados.
Mª Soledad Martín Turiño
Continúan estos días brumosos, oscuros, todavía revueltos, en los que parece que no vamos a llegar nunca a ver la luz del sol tan necesaria, porque cuando llegue todo irá demasiado deprisa; llegará la primavera y estaremos anhelando el verano con su correspondiente y merecido descanso, planeando las vacaciones y, sin querer, nos habremos situado ya en la mitad de otro año más. Sin embargo estos días en que la luminosidad no aparece, el cielo está nublado, teñido entre blanco y grisáceo, tal vez sean proclives para reflexionar en lo que va a llegar y en lo que se ha ido, pararnos un momento y pensar si la existencia que llevamos es la que queríamos llevar o, por el contrario, nos hemos acostumbrado al vaivén de los días y simplemente nos dejamos mecer por esa rutina.
¿Dónde quedaron los sueños que tuvimos una vez?, quizá ya hemos renunciado a ellos porque el tiempo se lleva todo, hasta las ilusiones más anheladas y un día nos encontramos sentados en un sillón haciendo aquellas preguntas que nunca pensábamos ni siquiera plantearnos, tal vez debido a que el temor por llegar a la última etapa de la vida concita un sentimiento de aprensión ante el futuro o porque es ahora, en el atardecer de la existencia, cuando más se valora el debe y el haber
Todo pasa demasiado deprisa, la vida es un vértigo constante que nos va envolviendo en un torbellino feroz del que resulta imposible escapar; solo cuando se calma el tiempo nos damos cuenta de que nos hemos convertido en aquellas personas que probablemente nunca quisimos ser, cargados de obligaciones que han seguido la misma trayectoria de padres y abuelos y que, al fin y al cabo, todo el mundo sigue, porque por muchos sueños que tengamos se impone el curso normal de la naturaleza que va pasando etapas predeterminadas e iguales para todos.
Es cierto que hubo un tiempo propicio para rebelarse, no queríamos opresiones y la audacia de la juventud nos empujaba con furia a saltar a tumba abierta, sin miedo, con más arrojo que sentido y la perentoria necesidad de comernos el mundo, pero una vez que esa época pasó ha dado lugar a una etapa más conciliadora con nosotros mismos; ahora el tiempo, justamente cuando corre en nuestra contra, tiene otro valor; sabemos distinguir entre lo importante y lo transcendente; apreciamos la calma, los pequeños placeres, los amigos verdaderos, el valor de la familia, el silencio, la paz…
Dentro de unos días, cuando el sol se levante de nuevo en el horizonte y su fulgor nos ciegue, es posible que condenemos al olvido –al menos durante un tiempo- todas estas disquisiciones que nos asaltan más intensamente en estos días brumosos y nublados.
Mª Soledad Martín Turiño


















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