NOCTURNOS
Mi último amor
Quise que te convirtieras en la mujer de mi muerte, en mi último amor; la dama que me acompañase en estos años que me restan por vivir. Lo tienes todo: talento, elegancia, cultura y belleza, y cierta mala hostia, como si mis asertos te molestasen. Tu deseo consistía en imponer tus hipótesis a mis tesis. Sabes que prefería, en nuestros encuentros, que tu voz ocupase la mayor parte del tiempo que estuviéramos frente a frente. Yo me conozco. No necesito explicarle a nadie lo que siento. Elegí conocerte a ti, mi inspiración femenina. Yo ya me tengo muy visto. Soy doctor en mis carencias y defectos. Nadie mejor que yo sabe cuáles son mis penurias culturales, psíquicas, sentimentales.
Tantas aventuras en la selva del erotismo me ajaron el alma, me transformaron en un ateo del amor, en un descreído de la pasión, del querer, del deseo. Cuando te me apareciste, como una virgen en la gruta de mi tiempo, obraste un milagro en mi persona: me revolviste por dentro, me agitaste el cerebro, mi estrujaste el corazón, ya necrosado para sentimientos superiores, elevados.
Empecé a quererte, a necesitarte, a rezarte. Vivía con más intensidad cuando paseábamos, nos tomábamos unos vinos, charlábamos, asistíamos a espectáculos. Me enamoraste. Todavía no me lo creo. ¿Yo, a mis años, suspirando por una dama? Ahora solo debería disfrutar del placer que ofrece la cópula, siempre efímero, jamás asido al espíritu; nunca perjudica, causa daño ni pena. El amor, el de verdad, el que se siente tan poco; del que tanto se habla sin conocerlo, calumniándolo, desvirtuándolo, ocultándolo, duele mucho. Y cuanto más amas, más clava su rejón de utopía en el corazón del alma.
Tú me heriste, dama de la ucronía; tú me diste la gracia del amor para creer que ese sentimiento se prolongaría eternamente, que nunca se moriría, que se grabaría en todas mis células. Tú, mujer, Carlota, me inyectaste el veneno de la pasión para dejarme morir solo, sin ni un solo beso, ni una hermosa palabra, ni una caricia, en el lecho del tiempo.
Eugenio-Jesús de Ávila
Quise que te convirtieras en la mujer de mi muerte, en mi último amor; la dama que me acompañase en estos años que me restan por vivir. Lo tienes todo: talento, elegancia, cultura y belleza, y cierta mala hostia, como si mis asertos te molestasen. Tu deseo consistía en imponer tus hipótesis a mis tesis. Sabes que prefería, en nuestros encuentros, que tu voz ocupase la mayor parte del tiempo que estuviéramos frente a frente. Yo me conozco. No necesito explicarle a nadie lo que siento. Elegí conocerte a ti, mi inspiración femenina. Yo ya me tengo muy visto. Soy doctor en mis carencias y defectos. Nadie mejor que yo sabe cuáles son mis penurias culturales, psíquicas, sentimentales.
Tantas aventuras en la selva del erotismo me ajaron el alma, me transformaron en un ateo del amor, en un descreído de la pasión, del querer, del deseo. Cuando te me apareciste, como una virgen en la gruta de mi tiempo, obraste un milagro en mi persona: me revolviste por dentro, me agitaste el cerebro, mi estrujaste el corazón, ya necrosado para sentimientos superiores, elevados.
Empecé a quererte, a necesitarte, a rezarte. Vivía con más intensidad cuando paseábamos, nos tomábamos unos vinos, charlábamos, asistíamos a espectáculos. Me enamoraste. Todavía no me lo creo. ¿Yo, a mis años, suspirando por una dama? Ahora solo debería disfrutar del placer que ofrece la cópula, siempre efímero, jamás asido al espíritu; nunca perjudica, causa daño ni pena. El amor, el de verdad, el que se siente tan poco; del que tanto se habla sin conocerlo, calumniándolo, desvirtuándolo, ocultándolo, duele mucho. Y cuanto más amas, más clava su rejón de utopía en el corazón del alma.
Tú me heriste, dama de la ucronía; tú me diste la gracia del amor para creer que ese sentimiento se prolongaría eternamente, que nunca se moriría, que se grabaría en todas mis células. Tú, mujer, Carlota, me inyectaste el veneno de la pasión para dejarme morir solo, sin ni un solo beso, ni una hermosa palabra, ni una caricia, en el lecho del tiempo.
Eugenio-Jesús de Ávila
















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