NOCTURNOS
Un rostro bellísimo
Hay rostros femeninos perfectos. No destacan ni los ojos sobre la boca, ni la boca sobre las mejillas, ni la nariz sobre la frente. Todo encaja. Existe una simetría facial, diseñada por las revoltosas hormonas. Cada célula de una mujer bella deja su huella también en el rostro. Los labios no envidian su mirada, ni el pómulo derecho al izquierdo. Arte de la carne, alfarero de la delicadeza.
Esa dama es tan bella que si te mira, ves más allá de sus ojos, atrapas el horizonte hacia el que se difumina su hermosura. Puedes contar sus pestañas, acariciar sus cejas con la yema de tu dedo corazón diestro, mientras los lóbulos de sus orejas te invitan a darles pequeños mordisquitos, como los cachorros de cualquier can en las pantorrillas de su amo.
Sus ojos solo encajan en su rostro. Sucede con sus labios de idéntica manera, que solo forman parte de su cara, y nunca de otra; nunca. Sus delicados pómulos, con sus orejitas y su naricita de muñeca de porcelana construyen una obra maestra de la genética, creados para insertarse en su hermosa cara.
Sus rictus, gestos y muecas faciales parecen dibujados con la gracia de un pintor puntillista, digamos un Seurat. En su cara, he encontrado versos y estrofas, poesía barroca del mejor Quevedo (polvo enamorado), del genial Góngora (“Entre las violetas fui herido”)
A veces, he sentido una fuerza descomunal que me empujaba hacia sus labios, morderlos, saborearlos y empapar mi lengua con su saliva. Pero, mi alma se quebraría, incapaz de absorber el néctar de esa flor femenina. ¡Ay, si fuera una abejita, libaría todos sus jugos para fabricar miel con la dulzura de su gineceo!
Es tan bella, que me duele su perfección, como me trastorna la catedral de Florencia, el David de Miguel Ángel o cualquier lienzo de Rafael Sanzio. Porque si la belleza es verdad, ella contiene un esqueleto de mariposa y un alma de diosa prehistórica.
Eugenio-Jesús de Ávila
Hay rostros femeninos perfectos. No destacan ni los ojos sobre la boca, ni la boca sobre las mejillas, ni la nariz sobre la frente. Todo encaja. Existe una simetría facial, diseñada por las revoltosas hormonas. Cada célula de una mujer bella deja su huella también en el rostro. Los labios no envidian su mirada, ni el pómulo derecho al izquierdo. Arte de la carne, alfarero de la delicadeza.
Esa dama es tan bella que si te mira, ves más allá de sus ojos, atrapas el horizonte hacia el que se difumina su hermosura. Puedes contar sus pestañas, acariciar sus cejas con la yema de tu dedo corazón diestro, mientras los lóbulos de sus orejas te invitan a darles pequeños mordisquitos, como los cachorros de cualquier can en las pantorrillas de su amo.
Sus ojos solo encajan en su rostro. Sucede con sus labios de idéntica manera, que solo forman parte de su cara, y nunca de otra; nunca. Sus delicados pómulos, con sus orejitas y su naricita de muñeca de porcelana construyen una obra maestra de la genética, creados para insertarse en su hermosa cara.
Sus rictus, gestos y muecas faciales parecen dibujados con la gracia de un pintor puntillista, digamos un Seurat. En su cara, he encontrado versos y estrofas, poesía barroca del mejor Quevedo (polvo enamorado), del genial Góngora (“Entre las violetas fui herido”)
A veces, he sentido una fuerza descomunal que me empujaba hacia sus labios, morderlos, saborearlos y empapar mi lengua con su saliva. Pero, mi alma se quebraría, incapaz de absorber el néctar de esa flor femenina. ¡Ay, si fuera una abejita, libaría todos sus jugos para fabricar miel con la dulzura de su gineceo!
Es tan bella, que me duele su perfección, como me trastorna la catedral de Florencia, el David de Miguel Ángel o cualquier lienzo de Rafael Sanzio. Porque si la belleza es verdad, ella contiene un esqueleto de mariposa y un alma de diosa prehistórica.
Eugenio-Jesús de Ávila
















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