NOCTURNOS
Declaración en el umbral de la madrugada
Te confieso que, cuando la noche se transforma en madrugada, en la soledad de mi estudio, rodeado de libros, después de emocionarme con mi música, establezco un diálogo conmigo mismo. Lo inicio con una pregunta: “Eu, ¿merece la pena seguir viviendo?” ¿Te parece dura esa primera cuestión? En absoluto. Y respondo a esa primera cuestión sobre la inercia de vivir, y, de forma categórica, afirmo que sí, que deseo caminar por esta senda de la vida, por la singular razón de que amo a una mujer. Y viviré mientras ame, porque hay que jugar con la vida y engañar a la muerte.
El amor, como yo lo entiendo, es un arte sublime, crear la belleza de dar sin esperar nada, si bien, siempre buscamos que nos mimen, acaricien, adoren, porque somos como pequeñas deidades aguardando ternura, compañía, respeto y placer.
Y testifico, como conclusión, que, desde que cumplí los 60 años, al alba, cuando abandono a mi soledad sobre mi lecho de nubes, me incorporo y camino hacia el baño, con celeridad, porque la próstata me recuerda que soy hombre, y me miro al espejo, casi de reojo, entre toques de azogue, y, en voz alta, le recuerdo al que aparece frente a mí, que es un ser mortal.
¡Vivo, y después de tantas derrotas, todavía amo, escribo y busca belleza también entre lo grotesco, mi manera de vencer a la muerte!
Eugenio-Jesús de Ávila
Te confieso que, cuando la noche se transforma en madrugada, en la soledad de mi estudio, rodeado de libros, después de emocionarme con mi música, establezco un diálogo conmigo mismo. Lo inicio con una pregunta: “Eu, ¿merece la pena seguir viviendo?” ¿Te parece dura esa primera cuestión? En absoluto. Y respondo a esa primera cuestión sobre la inercia de vivir, y, de forma categórica, afirmo que sí, que deseo caminar por esta senda de la vida, por la singular razón de que amo a una mujer. Y viviré mientras ame, porque hay que jugar con la vida y engañar a la muerte.
El amor, como yo lo entiendo, es un arte sublime, crear la belleza de dar sin esperar nada, si bien, siempre buscamos que nos mimen, acaricien, adoren, porque somos como pequeñas deidades aguardando ternura, compañía, respeto y placer.
Y testifico, como conclusión, que, desde que cumplí los 60 años, al alba, cuando abandono a mi soledad sobre mi lecho de nubes, me incorporo y camino hacia el baño, con celeridad, porque la próstata me recuerda que soy hombre, y me miro al espejo, casi de reojo, entre toques de azogue, y, en voz alta, le recuerdo al que aparece frente a mí, que es un ser mortal.
¡Vivo, y después de tantas derrotas, todavía amo, escribo y busca belleza también entre lo grotesco, mi manera de vencer a la muerte!
Eugenio-Jesús de Ávila

















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