OPINIÓN
Subidas y bajadas
Óscar de Prada López
Desde nuestra primera altura constatamos que es posible disfrutar de una vista distinta a la del común de los mortales. Una maravilla diaria para pilotos, funambulistas, astronautas, paracaidistas y otros meritorios portadores del apellido Skywalker. Es curioso pensar que algo tan simple como verlo todo de otra forma, desde otra posición, pueda suponer un verdadero privilegio para tantos. La distancia -se mida como se mida- no sólo da perspectiva a los asuntos cotidianos. También puede engendrar deseo y nos enseña a aprovechar el tiempo que se nos regala. Porque lo más apreciable es lo que no tiene precio al ser, como cierta tónica, único en su especie.
A falta de ingenio volador para ascender a los cielos, siempre se puede practicar el alpinismo. En todos los ámbitos de la vida hay auténticas cabras montesas, de las que se dan un garbeo entre peñas elevadas sin necesidad de Biodramina o cordajes. Eso sí, una cosa es enseñorearse de las cumbres y otra muy distinta prohibir el acceso del personal a las mismas. A quien cumple esto último, además de ‘trepa’ le encaja el calificativo de ‘déspota’. Aquel despotismo ilustrado del siglo XVIII ha mutado hoy en la doctrina contemporánea de izquierdas, dando frutos como el relativismo descarado y la insultante hiprogresía.
Todo lo que sube tiene que bajar y nadie hurta su vida a la acción de la gravedad. Pueden subir como si no hubiera mañana, bien equipados o a pelo, con uñas y dientes si es preciso. Pero incluso los legos en alpinismo como un servidor saben que, cuanto más se asciende, más dificultoso es el avance y más se enrarece el aire. Dicho de otra manera, puedes darlo todo por un momento de triunfo y no ser capaz de disfrutarlo a posteriori por faltarte la fuerza para volver. Visto así, el desgaste de la coalición sanchista será más evidente cuanto más tiempo pase. Lo inquietante es a qué extremos puede llegar y llega con tal de mantener inmaculada su imagen.
No han sido pocos los que han buscado alejarse -de grado o a la fuerza- del mundanal ruido y seguir la escondida senda, de la que hablara Fray Luis de León. Lo malo de tomar tal decisión es que coincidamos con muchos otros y la ansiada soledad sea sólo un nombre hueco. Quizá podríamos asumir como propias las palabras de Tom Hanks en “Náufrago” (2000) y dedicarnos a seguir respirando, aun sin motivo para la esperanza, mientras pinten bastos desde Moncloa para el pueblo. Porque mañana volverá a amanecer y quién sabe qué traerá la marea.
Desde nuestra primera altura constatamos que es posible disfrutar de una vista distinta a la del común de los mortales. Una maravilla diaria para pilotos, funambulistas, astronautas, paracaidistas y otros meritorios portadores del apellido Skywalker. Es curioso pensar que algo tan simple como verlo todo de otra forma, desde otra posición, pueda suponer un verdadero privilegio para tantos. La distancia -se mida como se mida- no sólo da perspectiva a los asuntos cotidianos. También puede engendrar deseo y nos enseña a aprovechar el tiempo que se nos regala. Porque lo más apreciable es lo que no tiene precio al ser, como cierta tónica, único en su especie.
A falta de ingenio volador para ascender a los cielos, siempre se puede practicar el alpinismo. En todos los ámbitos de la vida hay auténticas cabras montesas, de las que se dan un garbeo entre peñas elevadas sin necesidad de Biodramina o cordajes. Eso sí, una cosa es enseñorearse de las cumbres y otra muy distinta prohibir el acceso del personal a las mismas. A quien cumple esto último, además de ‘trepa’ le encaja el calificativo de ‘déspota’. Aquel despotismo ilustrado del siglo XVIII ha mutado hoy en la doctrina contemporánea de izquierdas, dando frutos como el relativismo descarado y la insultante hiprogresía.
Todo lo que sube tiene que bajar y nadie hurta su vida a la acción de la gravedad. Pueden subir como si no hubiera mañana, bien equipados o a pelo, con uñas y dientes si es preciso. Pero incluso los legos en alpinismo como un servidor saben que, cuanto más se asciende, más dificultoso es el avance y más se enrarece el aire. Dicho de otra manera, puedes darlo todo por un momento de triunfo y no ser capaz de disfrutarlo a posteriori por faltarte la fuerza para volver. Visto así, el desgaste de la coalición sanchista será más evidente cuanto más tiempo pase. Lo inquietante es a qué extremos puede llegar y llega con tal de mantener inmaculada su imagen.
No han sido pocos los que han buscado alejarse -de grado o a la fuerza- del mundanal ruido y seguir la escondida senda, de la que hablara Fray Luis de León. Lo malo de tomar tal decisión es que coincidamos con muchos otros y la ansiada soledad sea sólo un nombre hueco. Quizá podríamos asumir como propias las palabras de Tom Hanks en “Náufrago” (2000) y dedicarnos a seguir respirando, aun sin motivo para la esperanza, mientras pinten bastos desde Moncloa para el pueblo. Porque mañana volverá a amanecer y quién sabe qué traerá la marea.


















