SIC ITUR AD ASTRA
Margaret Hamilton: diseñadora del Software de navegación de la misión espacial “Apolo 11”
"Así se va a las estrellas...". Esta frase de la "Eneida" da nombre a esta columna, que va a versar sobre personas que nos enseñan el camino y nos acercan un poquito a las estrellas.
Hay personas que nos han guiado y que, con su trabajo, su visión, su talento y su empuje, han contribuido a cuanto de noble tengamos como especie, han sacado lo mejor que hay en nuestro interior. Nos han inspirado y nos han elevado. Que nos han señalado, en definitiva, el camino para ir a las estrellas.
Y pocas veces de una forma más literal que en el caso de Margaret Hamilton. Ella fue una de las piezas angulares, absolutamente claves, para lograr que la humanidad alunizara en el satélite de la tierra situado a unos 384.400 kilómetros de distancia. Para que nos hagamos una idea, viajar de Zamora a Madrid unas 1.500 veces...
Si les interesa su figura, y les aseguro que su historia es interesante, pueden encontrar en la red cuanta información sobre ella necesiten. No es mi intención aburrirles con datos. Baste reseñar algunos hitos que jalonan su vida personal y profesional.
Margaret Hamilton pasó, en apenas unos años, de ser una desarrolladora novata recién llegada, a ser la máxima responsable del desarrollo del software de navegación -algo no precisamente menor, hablando de vuelos espaciales- de la misión Apolo 11, que llevó a Armstrong, Aldrin y Collins, y a unos pocos de miles de millones de personas más a sus espaldas, a la Luna.
Y lo hizo en una disciplina que se estaba poco menos que inventando sobre la marcha, para la que no existían apenas cursos, ni carreras universitarias, ni manuales...
Implementó una metodología y un enfoque absolutamente innovadores en su campo, que permitieron detectar fallos que hubieran podido ser catastróficos, incluso en tiempo real, durante la propia misión.
Con apenas treinta y tres años, tras haber tenido que interrumpir sus estudios de Matemáticas -que después finalizó- para casarse, trabajar para ayudar a costear a su esposo la carrera de Derecho y tener una hija. Hija, a la que tuvo que llevar al laboratorio donde trabajaba muchos fines de semana y muchas largas noches.
Y todo esto en un entorno y una sociedad, hace 50 años ya, en el que ser una mujer y destacar en entornos científicos y de ingeniería, con el añadido de una marcada impronta militar, era una misión poco menos que quimérica.
La misión Apolo 11 estuvo trufada de proezas en casi todos sus aspectos. Algunas, han quedado para la historia y son bien conocidas. Otras, como la de Margaret Hamilton, han quedado invisibilizadas para la mayoría.
Cincuenta años después del alunizaje, viajar de nuevo a nuestro satélite continúa teniendo una dificultad que lo hace una tarea hercúlea. Cada viaje a la luna ha sido y será heroico.
Cincuenta años después, no debiera de ser una heroicidad que quien tiene la capacidad, el conocimiento y la determinación para destacar en su vida y su trabajo... destaque, independientemente de su género.
Y, cincuenta años después, aquí estamos, y algunas cosas siguen estando a 384.400 kilómetros de distancia.
Hay personas que nos han guiado y que, con su trabajo, su visión, su talento y su empuje, han contribuido a cuanto de noble tengamos como especie, han sacado lo mejor que hay en nuestro interior. Nos han inspirado y nos han elevado. Que nos han señalado, en definitiva, el camino para ir a las estrellas.
Y pocas veces de una forma más literal que en el caso de Margaret Hamilton. Ella fue una de las piezas angulares, absolutamente claves, para lograr que la humanidad alunizara en el satélite de la tierra situado a unos 384.400 kilómetros de distancia. Para que nos hagamos una idea, viajar de Zamora a Madrid unas 1.500 veces...
Si les interesa su figura, y les aseguro que su historia es interesante, pueden encontrar en la red cuanta información sobre ella necesiten. No es mi intención aburrirles con datos. Baste reseñar algunos hitos que jalonan su vida personal y profesional.
Margaret Hamilton pasó, en apenas unos años, de ser una desarrolladora novata recién llegada, a ser la máxima responsable del desarrollo del software de navegación -algo no precisamente menor, hablando de vuelos espaciales- de la misión Apolo 11, que llevó a Armstrong, Aldrin y Collins, y a unos pocos de miles de millones de personas más a sus espaldas, a la Luna.
Y lo hizo en una disciplina que se estaba poco menos que inventando sobre la marcha, para la que no existían apenas cursos, ni carreras universitarias, ni manuales...
Implementó una metodología y un enfoque absolutamente innovadores en su campo, que permitieron detectar fallos que hubieran podido ser catastróficos, incluso en tiempo real, durante la propia misión.
Con apenas treinta y tres años, tras haber tenido que interrumpir sus estudios de Matemáticas -que después finalizó- para casarse, trabajar para ayudar a costear a su esposo la carrera de Derecho y tener una hija. Hija, a la que tuvo que llevar al laboratorio donde trabajaba muchos fines de semana y muchas largas noches.
Y todo esto en un entorno y una sociedad, hace 50 años ya, en el que ser una mujer y destacar en entornos científicos y de ingeniería, con el añadido de una marcada impronta militar, era una misión poco menos que quimérica.
La misión Apolo 11 estuvo trufada de proezas en casi todos sus aspectos. Algunas, han quedado para la historia y son bien conocidas. Otras, como la de Margaret Hamilton, han quedado invisibilizadas para la mayoría.
Cincuenta años después del alunizaje, viajar de nuevo a nuestro satélite continúa teniendo una dificultad que lo hace una tarea hercúlea. Cada viaje a la luna ha sido y será heroico.
Cincuenta años después, no debiera de ser una heroicidad que quien tiene la capacidad, el conocimiento y la determinación para destacar en su vida y su trabajo... destaque, independientemente de su género.
Y, cincuenta años después, aquí estamos, y algunas cosas siguen estando a 384.400 kilómetros de distancia.



















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