Mª Soledad Martín Turiño
Martes, 10 de Marzo de 2020
ZAMORANA

Tesoros que languidecen

[Img #36062]Cuando viajo por tierras castellanas y leonesas, por esas bellas provincias empapadas de una historia que se está olvidando, no puedo por menos de rebelarme. En cada pueblo, por pequeño que sea, hay una iglesia, las ruinas de alguna extinta fortaleza, una fuente antigua en la plaza pública… vestigios que hablan desde el silencio de su decadencia y el olvido al que los hemos relegado porque ¿en qué condiciones se encuentran estos restos? Muchos de ellos en una situación deplorable, al borde de la ruina, abandonados a su suerte, sin nadie que se ocupe ni se preocupe por su estado que amenaza con una muerte súbita en cualquier momento.

 

Tal vez no constituyan en sí mismos gran un tesoro, pero cada uno de ellos son rastros de un pasado que no debemos perder porque forma parte de la cultura ancestral con la que muchos hemos sido bendecidos y que forma parte de nuestro ADN; por eso me indigna la pasividad, esa dejadez de que hacen gala las instituciones en los pueblos y las pequeñas provincias, porque no parece importarles el deterioro de lo que debería ser una de sus fuentes de riqueza y cultura.

 

Existen innegables tesoros al borde del derrumbe: templos con una configuración propia, con sus torres erguidas, algunas haciendo equilibrios para no caer; palomares, antiguos silos, maquinaria agrícola, aperos de labranza: trillos, arados, cosechadoras… todo se ha convertido en un refugio de soledades extinguido que se dispersa por campos y pueblos formando parte de un paisaje caduco, perecedero, al albur de la climatología que los extinga para siempre, durmiendo el sueño de los justos,  sin el menor anhelo de pervivencia porque para nadie son importantes; los consideran trastos que ya no desempeñan ninguna función, a nadie importan, son ruinas que molestan.

 

Hay, asimismo, joyas arquitectónicas diseminadas por los pueblos zamoranos con un diseño típico castellanoleonés: grupos escolares deliberadamente separados, con claro sesgo de género que diríamos en la actualidad: Escuela de niñas y Escuela de niños, algunos en pie como el de Pozoantiguo, otros en la memoria y en los documentos gráficos como el toresano grupo escolar Primo de Rivera, e incluso el actual IES Claudio Moyano o la Universidad Laboral en la propia Zamora que son auténticas reliquias de una arquitectura peculiar y muy nuestra; sin embargo estos centros parece que no perdurarán –sobre todo los de los pueblos- ya que están vacíos y no cuentan con ningún tipo de mantenimiento ni reutilización. En este sentido me congratula que los centros académicos zamoranos antes descritos consten declarados en el BOE de Castilla y León como “centros de enseñanza históricos” lo que, entiendo, garantizará su perdurabilidad en óptimas condiciones.

 

Considero un despropósito que repetidamente he denunciado, el abandono de objetos y lugares que han sido referentes de una forma de vida y que, si nos preocupáramos de que no desaparecieran, se mantendrían para las siguientes generaciones. En este sentido recuerdo que hace bastantes años, un buen día pasó un enorme camión por Castronuevo y pueblos colindantes que iba recogiendo los trastos viejos que sobraban en las casas –eso decían- pagando en efectivo a los ingenuos habitantes de mi pueblo una cantidad de  dinero que para ellos constituía una pequeña fortuna y así se llevaron: baúles, trillos, tinajas, potes de cobre, cántaros de barro, tenazas de hierro y todo tipo de objetos que hoy en día se exhiben en paradores y hoteles de lujo incluidos en el denominado “estilo castellano”. Recuerdo también a la gente mayor (mi tía fue una de ellas), que estaba feliz por tener en la mano unos cuantos billetes que no había visto juntos en toda su vida, y porque la habían descargado de aquellos “trastos” que en aquel enorme caserón nunca molestaron. Me indigné por aquel timo disfrazado de buena voluntad pero, para mi completo asombro, mis paisanos que son buenas gentes, pero algo ingenuos, no solo no se consideraron engañados, sino que incluso sentían agradecimiento por aquel buen negocio que habían hecho.

 

Cada vez que paso a velocidad por estas tierras ornadas por tan deprimentes elementos, siento una congoja indescriptible, noto las voces apagadas de los habitantes de estos lugares que no chillan ni protestan, abandonados a su suerte, esperando extinguirse definitivamente igual que se va abatiendo el adobe a medida que es vencido por la lluvia y el tiempo.           

 

 

Mª Soledad Martín Turiño

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