COVID 19
Mi diario del Estado de Alarma en Zamora
Hoy, 14 de marzo, me sentí extraño. Fue como si hubiera dormido una decena de años y despertase en la Zamora de la tercera década de la presente centuria: muy poca gente en la calle, nadie iba deprisa, negocios cerrados, colas en las farmacias y en las panaderías, invasión de supermercados, búsqueda de papel higiénico como la de Proust del tiempo perdido. El ser humano ante su levedad. La sociedad, sin un pastor que la guíe.
Trabajé, como cualquier sábado, relajado, tranquilo. Me dio tiempo a pensar, verbo que utilizo unas tres o cuatro veces al año. Reflexioné sobre mi vida y las de la gente. Concluí que apenas sabemos nada, que hay un poder que juega con nosotros, que nuestra sociedad posee una psique muy frágil, un cuerpo muy delicado, un esqueleto endeble. Y observé que yo no soy nadie, que vivo de milagro, que ignoro lo esencial, que el amor me ayuda a olvidarme de que soy mortal, que, posiblemente, no me queden más que un par de décadas para convertirme en polvo enamorado, en nada. Comprendí que el hombre es un ser gregario, que solo los genios y los locos viven al margen de la sociedad. Pero la masa, como digo, precisa líderes, hombres o mujeres que indiquen el camino correcto para llegar, antes o después, a la tierra prometida; qué hacer en situaciones insólitas, proponer soluciones a un presente incierto y, ante todo, construir una sociedad que sepa digerir fracturas económicas y crear nuevas estructuras que recuperen las cuitas causadas por fenómenos, como el caso del COVID 19, inesperados.
Y la sociedad española, desde hace años, pastoreada por partidos políticos cainitas, presidentes vanidosos, estólidos y ególatras, se ha encontrado con un Pedro Sánchez noqueado, inane; con una especie de maniquí de protagonista de telenovela venezolana; y un estado de las autonomías en la que cada cual ha ejecutado medidas según sus cerebros les dio a entender. No ha habido coordinación entre esos 17 estaditos de Jeyper. Se nos ha mentido. Se ha intentado engañar a esta masa de plastilina que es el pueblo español. El sanchismo ha visto venir el coronavirus cómo si estuviera contemplando una película de Hollywood. La ministra de la Igualdad, incluso, ha enfermado, después de dar besos y lanzar sonrisas ante el feminismo institucionalizado y conservador. Ese médico, que se ha hecho tan famoso como los partes del equipo médico habitual de Franco, convenció al personal que aquí no iba a pasar nada, como si este virus de la China fuesen naranjas orientales, más ácidas al paladar, pero poco más.
Y yo, un don nadie, un veterano periodista provinciano, perseguido por una malandrín que se hizo millonario con la política, escribiendo sobre Zamora, el coronavirus, la política y el futuro de tantos autónomos zamoranos, de tantos trabajadores que se quedarán si labor, en este primer día de cautiverio social, que no transformara mi vida cotidiana, porque seguiré yendo a mi humilde oficina todas las mañanas, acompañado de mi can, Zorba, al que le pediré que escribe algún artículo sobre esta pandemia, contemplada desde sus perspectiva perruna.
Esta, pues, ha sido la primera entrega de mi diario sobre el Estado de Alarma, el de mi alma y cómo lo padecen y sienten mis paisanos. Mañana, segundo capítulo. Quizá solo esté soñando. Todo es posible.
Eugenio-Jesús de Ávila
Hoy, 14 de marzo, me sentí extraño. Fue como si hubiera dormido una decena de años y despertase en la Zamora de la tercera década de la presente centuria: muy poca gente en la calle, nadie iba deprisa, negocios cerrados, colas en las farmacias y en las panaderías, invasión de supermercados, búsqueda de papel higiénico como la de Proust del tiempo perdido. El ser humano ante su levedad. La sociedad, sin un pastor que la guíe.
Trabajé, como cualquier sábado, relajado, tranquilo. Me dio tiempo a pensar, verbo que utilizo unas tres o cuatro veces al año. Reflexioné sobre mi vida y las de la gente. Concluí que apenas sabemos nada, que hay un poder que juega con nosotros, que nuestra sociedad posee una psique muy frágil, un cuerpo muy delicado, un esqueleto endeble. Y observé que yo no soy nadie, que vivo de milagro, que ignoro lo esencial, que el amor me ayuda a olvidarme de que soy mortal, que, posiblemente, no me queden más que un par de décadas para convertirme en polvo enamorado, en nada. Comprendí que el hombre es un ser gregario, que solo los genios y los locos viven al margen de la sociedad. Pero la masa, como digo, precisa líderes, hombres o mujeres que indiquen el camino correcto para llegar, antes o después, a la tierra prometida; qué hacer en situaciones insólitas, proponer soluciones a un presente incierto y, ante todo, construir una sociedad que sepa digerir fracturas económicas y crear nuevas estructuras que recuperen las cuitas causadas por fenómenos, como el caso del COVID 19, inesperados.
Y la sociedad española, desde hace años, pastoreada por partidos políticos cainitas, presidentes vanidosos, estólidos y ególatras, se ha encontrado con un Pedro Sánchez noqueado, inane; con una especie de maniquí de protagonista de telenovela venezolana; y un estado de las autonomías en la que cada cual ha ejecutado medidas según sus cerebros les dio a entender. No ha habido coordinación entre esos 17 estaditos de Jeyper. Se nos ha mentido. Se ha intentado engañar a esta masa de plastilina que es el pueblo español. El sanchismo ha visto venir el coronavirus cómo si estuviera contemplando una película de Hollywood. La ministra de la Igualdad, incluso, ha enfermado, después de dar besos y lanzar sonrisas ante el feminismo institucionalizado y conservador. Ese médico, que se ha hecho tan famoso como los partes del equipo médico habitual de Franco, convenció al personal que aquí no iba a pasar nada, como si este virus de la China fuesen naranjas orientales, más ácidas al paladar, pero poco más.
Y yo, un don nadie, un veterano periodista provinciano, perseguido por una malandrín que se hizo millonario con la política, escribiendo sobre Zamora, el coronavirus, la política y el futuro de tantos autónomos zamoranos, de tantos trabajadores que se quedarán si labor, en este primer día de cautiverio social, que no transformara mi vida cotidiana, porque seguiré yendo a mi humilde oficina todas las mañanas, acompañado de mi can, Zorba, al que le pediré que escribe algún artículo sobre esta pandemia, contemplada desde sus perspectiva perruna.
Esta, pues, ha sido la primera entrega de mi diario sobre el Estado de Alarma, el de mi alma y cómo lo padecen y sienten mis paisanos. Mañana, segundo capítulo. Quizá solo esté soñando. Todo es posible.
Eugenio-Jesús de Ávila




















Un admirador | Domingo, 15 de Marzo de 2020 a las 14:02:45 horas
Gracias por tu valor y tu franqueza.
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