COVID 19
Diario del Estado de Alarma: Zamora y su economía
Pasadas las diez de la mañana, salí de cada para ir a trabajar. Vivo a 150 metros de la plaza de Alemania. Bajé por San Torcuato. Todos los comercios cerrados, más los locales que ya se hallaban en alquiler, trasladaban a mi cerebro una imagen de profunda tristeza, a la que la meteorología, con lluvia fina y fría, y un viento gélido, contribuyeron a sentir una cierta melancolía. Desemboqué en Sagasta, cruce por Quebrantahuesos, salí a la Plaza Mayor y llegué a mi oficina, en Ramón Álvarez. En ese trayecto, solo me crucé con amas de casa, que portaban bolsas con viandas, y unos cuantos ancianos, algo inexplicable, porque deberían quedarse en su casa.
Este insólito panorama comercial y social, mientras caminaba, deprisa, como siempre, hacía mi destino, me hizo reflexionar en este primer día laborable desde que sufrimos este Estado de Alarma. Y la pregunta brotó: ¿Cuántos de estos pequeños comerciantes, autónomos, aguantará dos semanas sin ingresar un solo euro? ¿Cuántos trabajadores perderán su puesto durante este confinamiento?¿Conoce el gobierno socialcomunista la profunda crisis económica, que, como siempre, tocará con mayor gravedad a los pequeños empresarios y trabajadores? ¿El Consejo de Ministros abordará mañana esta situación y adoptará medidas que alivien esta etapa de quebranto económico y moral? ¿Los amantes de los impuestos, los que consideran que el Estado lo es todo, como buenos seguidores de Mussolini, mantendrán sus tesis de que el autónomo siga pagando sus cuotas y la Seguridad Social? Ahí, se abrirá el debate entre la socialdemocracia (PSOE) y el neocomunismo (Unidas Podemos). Sabemos que el leninismo siempre apostó por quiebras sociales y profunda inestabilidad económica para aplicar sus políticas marxianas, que demostraron, en la práctica, ser reaccionarias. Empírico. No me invento nada. Lea.
Sobre la una y algo, regresé a casa. En esta ocasión, elegí Santa Clara. Poca gente, menos que en mi ida al trabajo. Me sorprendió ver una tienda abierta: la de la emblemática firma Vaquero, la de Santa Clara, en la plaza de Zorrilla. Me extrañó. Al fondo, divisé un coche de la Policía Nacional, en la intersección entre Santa Clara, plaza de Castilla y León y Fernández Duro. Más gente sin pinta de ir o venir del trabajo, incluso a dos sujetos que caminaban juntos, pasando de todo, atravesando la plaza de Hacienda. Fue un lunes extraño. Zamora, transformada en un escenario de película de ciencia ficción.
Para Zamora, este trocito de España, olvidada, ciudad sin pulso, viuda de la Semana Santa, el COVID 19 supondrá un durísimo golpe, no solo económico, sino social y psicólogico. Este último aspecto merece un análisis detenido. El coravirus nos convertirá en personas más precavidas, por no decir tacañas, miradas con la perra, que se traducirá en mayor ahorro y, por ende, en menor consumo. Si bares, restaurantes y cafeterías; sector textil, del calzado, perfumerías, electrodomésticos venden menos, Zamora cierra.
El coronavirus pasará; nos quedará una profunda cicatriz en la epidermis de nuestra ciudad.
Eugenio-Jesús de Ávila
Pasadas las diez de la mañana, salí de cada para ir a trabajar. Vivo a 150 metros de la plaza de Alemania. Bajé por San Torcuato. Todos los comercios cerrados, más los locales que ya se hallaban en alquiler, trasladaban a mi cerebro una imagen de profunda tristeza, a la que la meteorología, con lluvia fina y fría, y un viento gélido, contribuyeron a sentir una cierta melancolía. Desemboqué en Sagasta, cruce por Quebrantahuesos, salí a la Plaza Mayor y llegué a mi oficina, en Ramón Álvarez. En ese trayecto, solo me crucé con amas de casa, que portaban bolsas con viandas, y unos cuantos ancianos, algo inexplicable, porque deberían quedarse en su casa.
Este insólito panorama comercial y social, mientras caminaba, deprisa, como siempre, hacía mi destino, me hizo reflexionar en este primer día laborable desde que sufrimos este Estado de Alarma. Y la pregunta brotó: ¿Cuántos de estos pequeños comerciantes, autónomos, aguantará dos semanas sin ingresar un solo euro? ¿Cuántos trabajadores perderán su puesto durante este confinamiento?¿Conoce el gobierno socialcomunista la profunda crisis económica, que, como siempre, tocará con mayor gravedad a los pequeños empresarios y trabajadores? ¿El Consejo de Ministros abordará mañana esta situación y adoptará medidas que alivien esta etapa de quebranto económico y moral? ¿Los amantes de los impuestos, los que consideran que el Estado lo es todo, como buenos seguidores de Mussolini, mantendrán sus tesis de que el autónomo siga pagando sus cuotas y la Seguridad Social? Ahí, se abrirá el debate entre la socialdemocracia (PSOE) y el neocomunismo (Unidas Podemos). Sabemos que el leninismo siempre apostó por quiebras sociales y profunda inestabilidad económica para aplicar sus políticas marxianas, que demostraron, en la práctica, ser reaccionarias. Empírico. No me invento nada. Lea.
Sobre la una y algo, regresé a casa. En esta ocasión, elegí Santa Clara. Poca gente, menos que en mi ida al trabajo. Me sorprendió ver una tienda abierta: la de la emblemática firma Vaquero, la de Santa Clara, en la plaza de Zorrilla. Me extrañó. Al fondo, divisé un coche de la Policía Nacional, en la intersección entre Santa Clara, plaza de Castilla y León y Fernández Duro. Más gente sin pinta de ir o venir del trabajo, incluso a dos sujetos que caminaban juntos, pasando de todo, atravesando la plaza de Hacienda. Fue un lunes extraño. Zamora, transformada en un escenario de película de ciencia ficción.
Para Zamora, este trocito de España, olvidada, ciudad sin pulso, viuda de la Semana Santa, el COVID 19 supondrá un durísimo golpe, no solo económico, sino social y psicólogico. Este último aspecto merece un análisis detenido. El coravirus nos convertirá en personas más precavidas, por no decir tacañas, miradas con la perra, que se traducirá en mayor ahorro y, por ende, en menor consumo. Si bares, restaurantes y cafeterías; sector textil, del calzado, perfumerías, electrodomésticos venden menos, Zamora cierra.
El coronavirus pasará; nos quedará una profunda cicatriz en la epidermis de nuestra ciudad.
Eugenio-Jesús de Ávila


















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