COVID 19
Diario de un confinado (V)
Las personas mayores, las que más pasean en Zamora desde que el Gobierno declaró el Estado de Alerta: insolidaridad supina
Dicen el refrán popular que no hay quinto malo. Una tontería más. Este quinto día del Estado de Alarma idéntico al primero, segundo, tercero y cuarto. Eso sí, hubo más luz arriba, en el cielo, y un par de grados más de temperatura. Abandoné el dulce hogar a eso de las diez y algo. Me acompañó Zorba, el can al que me debo. Me sorprendió ver, nada más cruzar la calle, a un tipo que, por la pinta, ya debería estar jubilado. No llevaba bolsa de compra ni caminaba deprisa. Por la plaza de Alemania, una pareja joven, no más de 30 años, iban juntos y hablando. ¡Jetas insolidarios! Todo cerrado, menos un par de fruterías y las farmacias. Poca gente. De nuevo, ancianos. O no se enteran o son personajes egoístas. Quizá toda la vida hayan sido personas asociales, intransigentes, indisciplinadas. Si fuera policía, los hubiera detenido para pedirles una explicación racional. ¿Qué sucede en el cerebro de estos personajes para romper normas superiores y reírse de todos nosotros, de los que se han confinado en sus viviendas? Representa lo peor del ser humano.
Trabajé cerca de cuatro horas en mi oficina. El árbol que habla con mi balcón estalla en primavera. Los pajarillos trinan. A cierta distancia, se escucha la palabra más potente de otra ave que no acierto a distinguir. Canta fuerte. Se diría que se sabe superior, que su voz pertenece a los tenores de las aves. Este estado de silencio humano, sin apenas coches, sin transeúntes, sin voces, permite reconocer la naturaleza. La vida también existiría sin nosotros, hombres y mujeres. Árboles y animales no nos echarían de menos. A medida que me voy haciendo mayor, como buen ateo, no me explico por qué nos creó Dios. Somos malos, envidiosos, felones, violentos. Hay excepciones. Conozco pocas. Verbigracia: las de mis amigos y amigas, parte de mi familia y…nada más. Habrá millones de buenas personas, pero no las conozco. No son gente fiable, por ejemplo, los que se ríen del Estado de Alarma y se van a la calle porque les da la real o proletaria gana.
Regresé por San Torcuato. Mi perro le ladró a otro, un Husky, raza que le cae muy mal. Y no sé por qué. Subí por San Torcuato. Hacia la mitad de la calle, me encontré con un antiguo compañero de la Diputación. Nos saludamos a metro y medio de distancia. Hablamos hasta que yo alcancé mi casa. Me comentó que en la sede principal de la institución provincial solo trabajan una treintena de funcionarios de los 200 que lo harían en circunstancias habituales. Al transitar por San Torcuato, me lamenté del estado comercial de la que fue segunda arteria comercial de Zamora. Y pensé en voz alta que esta crisis económica que sucederá a la del coronavirus acabará con lo poco que queda, a no ser que el gobierno sanchista decida, de una puta vez, ayudar, como corresponde, a los autónomos. De no ser así, el ejecutivo socialcomunista se encontrará con un problema mayúsculo, que su escaso talento no resolverá jamás. Pero nuestros políticos no saben lo que es arriesgar en un negocio. Son funcionarios desde la tierna juventud. Por lo tanto, como diría Machado, desprecian cuanto ignoran.
Dicen el refrán popular que no hay quinto malo. Una tontería más. Este quinto día del Estado de Alarma idéntico al primero, segundo, tercero y cuarto. Eso sí, hubo más luz arriba, en el cielo, y un par de grados más de temperatura. Abandoné el dulce hogar a eso de las diez y algo. Me acompañó Zorba, el can al que me debo. Me sorprendió ver, nada más cruzar la calle, a un tipo que, por la pinta, ya debería estar jubilado. No llevaba bolsa de compra ni caminaba deprisa. Por la plaza de Alemania, una pareja joven, no más de 30 años, iban juntos y hablando. ¡Jetas insolidarios! Todo cerrado, menos un par de fruterías y las farmacias. Poca gente. De nuevo, ancianos. O no se enteran o son personajes egoístas. Quizá toda la vida hayan sido personas asociales, intransigentes, indisciplinadas. Si fuera policía, los hubiera detenido para pedirles una explicación racional. ¿Qué sucede en el cerebro de estos personajes para romper normas superiores y reírse de todos nosotros, de los que se han confinado en sus viviendas? Representa lo peor del ser humano.
Trabajé cerca de cuatro horas en mi oficina. El árbol que habla con mi balcón estalla en primavera. Los pajarillos trinan. A cierta distancia, se escucha la palabra más potente de otra ave que no acierto a distinguir. Canta fuerte. Se diría que se sabe superior, que su voz pertenece a los tenores de las aves. Este estado de silencio humano, sin apenas coches, sin transeúntes, sin voces, permite reconocer la naturaleza. La vida también existiría sin nosotros, hombres y mujeres. Árboles y animales no nos echarían de menos. A medida que me voy haciendo mayor, como buen ateo, no me explico por qué nos creó Dios. Somos malos, envidiosos, felones, violentos. Hay excepciones. Conozco pocas. Verbigracia: las de mis amigos y amigas, parte de mi familia y…nada más. Habrá millones de buenas personas, pero no las conozco. No son gente fiable, por ejemplo, los que se ríen del Estado de Alarma y se van a la calle porque les da la real o proletaria gana.
Regresé por San Torcuato. Mi perro le ladró a otro, un Husky, raza que le cae muy mal. Y no sé por qué. Subí por San Torcuato. Hacia la mitad de la calle, me encontré con un antiguo compañero de la Diputación. Nos saludamos a metro y medio de distancia. Hablamos hasta que yo alcancé mi casa. Me comentó que en la sede principal de la institución provincial solo trabajan una treintena de funcionarios de los 200 que lo harían en circunstancias habituales. Al transitar por San Torcuato, me lamenté del estado comercial de la que fue segunda arteria comercial de Zamora. Y pensé en voz alta que esta crisis económica que sucederá a la del coronavirus acabará con lo poco que queda, a no ser que el gobierno sanchista decida, de una puta vez, ayudar, como corresponde, a los autónomos. De no ser así, el ejecutivo socialcomunista se encontrará con un problema mayúsculo, que su escaso talento no resolverá jamás. Pero nuestros políticos no saben lo que es arriesgar en un negocio. Son funcionarios desde la tierna juventud. Por lo tanto, como diría Machado, desprecian cuanto ignoran.

















Un admirador | Jueves, 19 de Marzo de 2020 a las 11:35:30 horas
Has dicho: "...Habrá millones de buenas personas, pero no las conozco...". Yo conozco algunas más. Efectivamente hay muchas buenas personas, lo estamos viendo y sintiendo estos días de heroísmo. Gracias Eugenio.
Accede para votar (0) (0) Accede para responder