OPINIÓN
¡No hay que alarmar... injustificadamente!
Texto de Fco. Javier Hernández González, profesor de Filosofía y Lenguas clásicas, en el IES Maria de Molina de Zamora
Vivimos en unas sociedades tuteladas, anestesiadas, infantiles; por eso hay que tratar a los ciudadanos como si fuesen niños, para no alarmarlos, incluso cuando la alarma está más que justificada y es necesario reaccionar con medidas totalmente nuevas.
Y esto es lo que ha sucedido en esta crisis del coronavirus. No se nos ha alarmado hace 25 días (el día 19 de febrero saltaron las alarmas en Italia) para alarmarnos tres semanas después. Pero este tiempo hubiera sido precioso para haber contenido el avance de la epidemia. Se hubieran precisado medidas drásticas y de emergencia, ciertamente, que hubieran incomodado y sacudido nuestros sacros principios de libertad de movimiento en algunos grupos de personas.
Ahora, tres semanas después, ya aceptamos la eliminación de esa libertad de movimiento para todos los españoles, y con unos daños infinitamente más graves, pero ahora la población ya está preparada para aceptarlo.
Incluso, la alarma debería haberse despertado al observar lo que sucedía en Asia, donde sí se alarmaron, y con mucho menor margen de reacción. Véanse los distintos casos de China, Corea, Japón y Singapur que se alarmaron y reaccionaron rápidamente.
Ahora debemos reaccionar cuanto antes pero, sobre todo, con inteligencia. Deben ponerse al frente de esta crisis verdaderos profesionales y debe apartarse toda politiquería. Debemos concentrar los esfuerzos en superar esta situación, ciertamente; pero también debemos exigir una dirección inteligente y capaz, que sepa valorar las distintas posibilidades y modelos de reacción.
Por lo que respecta al ámbito económico, estamos en una situación de gravísima alarma, y la REACCIÓN debe producirse cuanto antes. No creo alarmar a nadie por decir que la situación es insostenible; por eso, dentro de mis limitados conocimientos, quiero hacer una propuesta que deberá ser concretada en sus detalles por los técnicos especialistas y un consejo de sabios: debe decretarse ya un estado de hibernación, de suspensión del sistema económico normal.
Se debe suspender toda actividad económica, laboral, administrativa y legal que no sea estrictamente necesaria: se deben suspender automáticamente todos los cobros y pagos del sistema, incluido el pago de salarios, todo tipo de impuestos, hipotecas, alquileres, préstamos, recibos, etc, sin necesidad de trámites administrativos. Quedan suspendidos también todos los contratos laborales y, así, los famosos ERTES ya no tendrían sentido.
Esto incluiría también el cierre de la bolsa y los negocios financieros, que con su convulsa actividad agitan todo el sistema. No tiene sentido mantener la actividad burocrática normal, ni tampoco que la gente vaya a trabajar porque lo necesita para comer o para no arruinar su vida y sus negocios. La gente debe permanecer tranquila sabiendo que esto es un paréntesis, esta es la mejor manera de mantener el confinamiento en nuestras casas.
Para afrontar esta situación de emergencia el Estado y la sociedad debe mostrar una extraordinaria fuerza de organización, dirigida a los sectores clave y de mantenimiento de las necesidades básicas, con especial atención al sector sanitario. Solo se mantendrían los establecimientos de alimentación y necesidades básicas; y para afrontar estos costes, el Estado pagará un mínimo de subsistencia a la población (estando confinados en casa, tampoco necesitamos mucho). Esto costaría muchísimo menos de los 200.000 millones propuestos por el Estado; no tiene sentido destinar ese dinero a mantener una situación de sistema económico normal, sería dilapidarlo cuando resulta fundamental garantizar su utilización eficiente para cumplir las necesidades propuestas anteriormente.
Esta propuesta, además de ser más eficiente y barata, también sería más justa y no aumentaría las desigualdades, al no permitir a nadie aprovecharse de la situación (sería un simple “standby”). Tras la salida de la crisis y la recuperación de la normalidad, entonces será el momento de hacer los debidos reajustes respecto al momento en que se estableció la situación de hibernación, compensando adecuadamente a los que más hayan aportado a la superación de la crisis.
En conclusión, estamos en una situación de guerra, pero una guerra mucho menos maligna que otras guerras porque para ganarla, en vez de rivalidad, necesitamos unirnos y sacar lo mejor de nosotros mismos; también resulta fundamental olvidar la politiquería y buscar la inteligencia y la capacidad para luchar contra esta situación. Necesitamos inteligencia y conocimiento para afrontar todos los aspectos sanitarios, pero también para gestionar la dirección económica-social de esta crisis, organizando y apoyando el magnífico entusiasmo de colaboración ciudadana en las áreas que así lo precisen.
Si consideráis que esta propuesta puede ser interesante, ¡difundidla!
Fdo: Fco Javier Hernández González (profesor de Filosofía y lenguas clásicas en el
IES “Maria de Molina” de Zamora
Vivimos en unas sociedades tuteladas, anestesiadas, infantiles; por eso hay que tratar a los ciudadanos como si fuesen niños, para no alarmarlos, incluso cuando la alarma está más que justificada y es necesario reaccionar con medidas totalmente nuevas.
Y esto es lo que ha sucedido en esta crisis del coronavirus. No se nos ha alarmado hace 25 días (el día 19 de febrero saltaron las alarmas en Italia) para alarmarnos tres semanas después. Pero este tiempo hubiera sido precioso para haber contenido el avance de la epidemia. Se hubieran precisado medidas drásticas y de emergencia, ciertamente, que hubieran incomodado y sacudido nuestros sacros principios de libertad de movimiento en algunos grupos de personas.
Ahora, tres semanas después, ya aceptamos la eliminación de esa libertad de movimiento para todos los españoles, y con unos daños infinitamente más graves, pero ahora la población ya está preparada para aceptarlo.
Incluso, la alarma debería haberse despertado al observar lo que sucedía en Asia, donde sí se alarmaron, y con mucho menor margen de reacción. Véanse los distintos casos de China, Corea, Japón y Singapur que se alarmaron y reaccionaron rápidamente.
Ahora debemos reaccionar cuanto antes pero, sobre todo, con inteligencia. Deben ponerse al frente de esta crisis verdaderos profesionales y debe apartarse toda politiquería. Debemos concentrar los esfuerzos en superar esta situación, ciertamente; pero también debemos exigir una dirección inteligente y capaz, que sepa valorar las distintas posibilidades y modelos de reacción.
Por lo que respecta al ámbito económico, estamos en una situación de gravísima alarma, y la REACCIÓN debe producirse cuanto antes. No creo alarmar a nadie por decir que la situación es insostenible; por eso, dentro de mis limitados conocimientos, quiero hacer una propuesta que deberá ser concretada en sus detalles por los técnicos especialistas y un consejo de sabios: debe decretarse ya un estado de hibernación, de suspensión del sistema económico normal.
Se debe suspender toda actividad económica, laboral, administrativa y legal que no sea estrictamente necesaria: se deben suspender automáticamente todos los cobros y pagos del sistema, incluido el pago de salarios, todo tipo de impuestos, hipotecas, alquileres, préstamos, recibos, etc, sin necesidad de trámites administrativos. Quedan suspendidos también todos los contratos laborales y, así, los famosos ERTES ya no tendrían sentido.
Esto incluiría también el cierre de la bolsa y los negocios financieros, que con su convulsa actividad agitan todo el sistema. No tiene sentido mantener la actividad burocrática normal, ni tampoco que la gente vaya a trabajar porque lo necesita para comer o para no arruinar su vida y sus negocios. La gente debe permanecer tranquila sabiendo que esto es un paréntesis, esta es la mejor manera de mantener el confinamiento en nuestras casas.
Para afrontar esta situación de emergencia el Estado y la sociedad debe mostrar una extraordinaria fuerza de organización, dirigida a los sectores clave y de mantenimiento de las necesidades básicas, con especial atención al sector sanitario. Solo se mantendrían los establecimientos de alimentación y necesidades básicas; y para afrontar estos costes, el Estado pagará un mínimo de subsistencia a la población (estando confinados en casa, tampoco necesitamos mucho). Esto costaría muchísimo menos de los 200.000 millones propuestos por el Estado; no tiene sentido destinar ese dinero a mantener una situación de sistema económico normal, sería dilapidarlo cuando resulta fundamental garantizar su utilización eficiente para cumplir las necesidades propuestas anteriormente.
Esta propuesta, además de ser más eficiente y barata, también sería más justa y no aumentaría las desigualdades, al no permitir a nadie aprovecharse de la situación (sería un simple “standby”). Tras la salida de la crisis y la recuperación de la normalidad, entonces será el momento de hacer los debidos reajustes respecto al momento en que se estableció la situación de hibernación, compensando adecuadamente a los que más hayan aportado a la superación de la crisis.
En conclusión, estamos en una situación de guerra, pero una guerra mucho menos maligna que otras guerras porque para ganarla, en vez de rivalidad, necesitamos unirnos y sacar lo mejor de nosotros mismos; también resulta fundamental olvidar la politiquería y buscar la inteligencia y la capacidad para luchar contra esta situación. Necesitamos inteligencia y conocimiento para afrontar todos los aspectos sanitarios, pero también para gestionar la dirección económica-social de esta crisis, organizando y apoyando el magnífico entusiasmo de colaboración ciudadana en las áreas que así lo precisen.
Si consideráis que esta propuesta puede ser interesante, ¡difundidla!
Fdo: Fco Javier Hernández González (profesor de Filosofía y lenguas clásicas en el
IES “Maria de Molina” de Zamora



















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