Emilia Casas
Viernes, 20 de Marzo de 2020
LITERATURA

Vino y literatura

[Img #36511]Nuestro recurso más importante no es el dinero, ni las conexiones sociales; tampoco los bienes que poseemos. Ni siquiera nuestra inteligencia ni nuestros talentos. El recurso más importante y valioso en la vida de cualquier persona es el tiempo. No lo podemos percibir, pero sí lo sentimos día tras día. A veces creemos que pasa muy deprisa y otras veces pensamos totalmente lo contrario. Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, santa Teresa de Jesús, sor Juana Inés de la Cruz, entre un gran elenco de escritores que han marcado la literatura de todos los siglos posteriores ya lo dijeron: “Nunca espera. Juega un papel muy importante en la vida de las personas”. Y, como no podía ser de otra manera, muchos de ellos, autores populares y a pie de calle, profundizaron en él desde ángulos y enfoques diferentes, quizá con una copa de vino sobre su mesa.

Dicen que cuanto mejor es un libro, mejor sabrá el vino con el que acompañamos este enriquecedor pasatiempo, y viceversa. Se bebe vino en 'El barril de Amontillado', de Edgar Allan Poe; en 'Los pazos de Ulloa', de Emilia Pardo Bazán; en ''El libro del buen amor', del Arcipreste de Hita (allí se proclama que duplica las virtudes). No se puede replicar con exactitud el sabor de un vino. Tampoco se parecerán dos páginas con el mismo argumento si quienes lo cuentan son plumas distintas. Son inimitables porque dependen de la mano que hay detrás. Si nos atenemos a nuestras letras, las menciones al vino son infinitas, prácticamente inabarcables.

Desde la antigüedad el vino es una fuente inagotable de inspiración y, como bien sabemos, el vino es un alimento que está vivo. Desde las Legiones Romanas a los Tercios de Flandes, el vino se ha empleado de manera generosa como suplemento en nuestra alimentación, que por el oficio y circunstancias, hacían un importante gasto de energía. Cosechar la vid y beber vino procede de la civilización greco-latina, que es la civilización, para nosotros, por antonomasia, pero los cristianos lo asumieron sin rebozo en su liturgia e incluso al principio, en el primer siglo de clandestinidad y catacumba, se cuenta que la Eucaristía consistía en que la comunidad se hartaba de pan y vino hasta la saciedad total. La razón era clara: sólo así se “sentía” la presencia de Jesús en las almas, al igual que en la antigüedad los devotos de Baco sentían la euforia de la entrada del dios en su cuerpo.

Es el vino, por tanto, una presencia constante en el tiempo, que la literatura recoge en toda su extensión. El maridaje perfecto.

 Emilia Casas Fernández

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