Miércoles, 11 de Febrero de 2026

Redacción
Miércoles, 25 de Marzo de 2020
OPINIÓN

Una primavera apagada

Óscar de Prada López

[Img #36722]Volvieron las oscuras golondrinas en el balcón a colgar sus nidos pero les extrañó no ver a los niños en los parques, ni a los mayores en los bancos. Aquel reloj biológico interno, mixto de instinto y prodigio, les señalaba que era primavera y -por tanto- el momento de regresar. Pero a su vuelta hallaron los negocios cerrados a cal y canto, los colegios apagados como cementerios, las carreteras casi desiertas y las calles con bradicardia. Todo estaba falto de alma y aliento, exangüe como una naranja exprimida.

 

Volvieron las oscuras golondrinas y no hallaron quien las recibiera. Vieron semáforos sin apenas vehículos a los que dar el alto. Vieron asombradas muchos rostros tras los vidrios, reconociendo en ellos –como en una vieja fotografía– la faz de ese adulto que fuera infante o la del crío que pegó un estirón durante el último invierno. Tan hechas a la rutina del vuelo y a no poner puertas en su trayecto, se cuestionaron: “¿Por qué no salen de sus caparazones? Ha llegado el buen tiempo, el campo sonríe y el sol nos abraza con mayor anhelo. ¿Qué hacen velando tras sus puertas y cerrojos? ¿A qué temen?”

 

Volvieron las oscuras golondrinas y echaron en falta a las bandas ensayando sus acordes, a los padres recogiendo a sus vástagos de las clases, a los deportistas entrenándose y a los regatistas surcando el Duero. Desde las alturas de sus opulentos palacios, las cigüeñas les pusieron al corriente de las novedades. Como en tiempos de la peste, toda la población se recluía por temor a un pequeño invasor que podía quebrantar seriamente su salud. De ahí el inmenso vacío y el aire a ciudad fantasma.

 

Volvieron las oscuras golondrinas y trajeron consigo abundancia de calor, luz y azul celestial. En la intimidad de sus celdillas se dispusieron a continuar con la vida, ésa a la que tomaban el pulso cada día sin afanarse en sembrar o cosechar. Lo de ganarse el pan con el sudor de su frente quedó para los ambiciosos y desobedientes, víctimas del primer estafador. El río siguió cantando su eterna estrofa de agua, aun sin enamorados que la atendieran. Fiado a la certeza del mañana, ignorante de la factura ascendiente, obstinado por seguir avanzando hacia la mar. Igual que todos, sin saberlo.

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