COVID 19
Claustrofobias víricas
-"¡Me aburroooooo!" Se escuchó no solo en la calle sino en buena parte del barrio circundante. Era un adolescente, después de una semana de encierro en esta guerra contra el coronavirus que nos ha obligado a tan extraños modos de existencia. Muchos no saben qué hacer con el tiempo, con la angostura del espacio en domicilios que apenas tienen vistas a un patio o donde se hacinan en un entorno mínimo. No es lo mismo pasar esta especie de arresto domiciliario en una casa de campo, rodeado de jardines, que en un tugurio de ciudad, donde muchos, en vida, parece que mueren. La gravedad de la situación obliga, dicen, y será verdad, pero también lo es que hay familias con niños que necesitan aire nuevo e incluso hay casos en que por desesperación los chiquillos se autolesionan. Algunos sufren difíciles patologías psíquicas y convendría revisar los criterios que obligan a este penoso encierro que apenas ha comenzado. Un padre difícilmente puede soportar el sufrimiento de sus hijos pequeños y si llega a ciertos límites puede verse obligado a salir saltándose las normas que la libertad nos han cercenado. Peor sería el suicidio.
Si dos esposos salen juntos, con mascarilla y guantes, es muy difícil el contagio, lo mismo que si el abuelo, que vive con sus nietos, va con ellos protegiéndose. El problema es controlar los abusos y ver quiénes son o no familia, cierto, pero habrá que establecer algo para quienes necesitan un respiro y más cuando llegue el buen tiempo. Apenas han pasado unos días y todavía nos quedan semanas como prisioneros. Si se puede tomar un taxi e ir al imprescindible trabajo, ¿no podría ser esto más contagioso que lo otro? Dicen los expertos que es el método para eliminar al enemigo, no comentan que luego será necesario, una vez detenido, mantener cerradísimas las fronteras o controlar si quien entra tiene o no el pequeño monstruo que amenazarnos pudiera. Esto será largo, si no encuentran antes vacuna o remedio.
Hemos visto casos en que persiguen incluso a quienes por el monte caminan solitarios, donde a nadie pueden hacer mal alguno, ¿no estarían mejor dirigidas las fuerzas del orden hacia donde sea más necesaria su presencia? Entre los alemanes tenemos el ejemplo de Baviera, donde se encierran pero no con una severidad tan manifiesta. Además, el gobierno es el mayor culpable: horas antes del general enclaustramiento permitió las grandes manifestaciones para celebrar el día de la mujer, ya sabían lo que venía encima, y allí se pegaron unos a otros, por millares, el virus. Luego, el general presidio. Aun así, podemos aprovechar el tiempo para leer, meditar, rezar -que falta nos hace, pues la ciencia vemos que a veces poco alcanza -, para cuidar nuestro hogar y, ya que nos impiden la vida exterior, crecer por dentro, como las plantas en invierno.
Ilia Galán
-"¡Me aburroooooo!" Se escuchó no solo en la calle sino en buena parte del barrio circundante. Era un adolescente, después de una semana de encierro en esta guerra contra el coronavirus que nos ha obligado a tan extraños modos de existencia. Muchos no saben qué hacer con el tiempo, con la angostura del espacio en domicilios que apenas tienen vistas a un patio o donde se hacinan en un entorno mínimo. No es lo mismo pasar esta especie de arresto domiciliario en una casa de campo, rodeado de jardines, que en un tugurio de ciudad, donde muchos, en vida, parece que mueren. La gravedad de la situación obliga, dicen, y será verdad, pero también lo es que hay familias con niños que necesitan aire nuevo e incluso hay casos en que por desesperación los chiquillos se autolesionan. Algunos sufren difíciles patologías psíquicas y convendría revisar los criterios que obligan a este penoso encierro que apenas ha comenzado. Un padre difícilmente puede soportar el sufrimiento de sus hijos pequeños y si llega a ciertos límites puede verse obligado a salir saltándose las normas que la libertad nos han cercenado. Peor sería el suicidio.
Si dos esposos salen juntos, con mascarilla y guantes, es muy difícil el contagio, lo mismo que si el abuelo, que vive con sus nietos, va con ellos protegiéndose. El problema es controlar los abusos y ver quiénes son o no familia, cierto, pero habrá que establecer algo para quienes necesitan un respiro y más cuando llegue el buen tiempo. Apenas han pasado unos días y todavía nos quedan semanas como prisioneros. Si se puede tomar un taxi e ir al imprescindible trabajo, ¿no podría ser esto más contagioso que lo otro? Dicen los expertos que es el método para eliminar al enemigo, no comentan que luego será necesario, una vez detenido, mantener cerradísimas las fronteras o controlar si quien entra tiene o no el pequeño monstruo que amenazarnos pudiera. Esto será largo, si no encuentran antes vacuna o remedio.
Hemos visto casos en que persiguen incluso a quienes por el monte caminan solitarios, donde a nadie pueden hacer mal alguno, ¿no estarían mejor dirigidas las fuerzas del orden hacia donde sea más necesaria su presencia? Entre los alemanes tenemos el ejemplo de Baviera, donde se encierran pero no con una severidad tan manifiesta. Además, el gobierno es el mayor culpable: horas antes del general enclaustramiento permitió las grandes manifestaciones para celebrar el día de la mujer, ya sabían lo que venía encima, y allí se pegaron unos a otros, por millares, el virus. Luego, el general presidio. Aun así, podemos aprovechar el tiempo para leer, meditar, rezar -que falta nos hace, pues la ciencia vemos que a veces poco alcanza -, para cuidar nuestro hogar y, ya que nos impiden la vida exterior, crecer por dentro, como las plantas en invierno.
Ilia Galán


















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