CULTURA
Consumismo... de arte
En estos días de cautiverio para algunos y de solidaria satisfacción a domicilio para la mayoría -estoy segura-, los agradecimientos no retumban lo bastante merecido en nuestras manos repicadas, que se hacen además grito de aliento, para todos los profesionales y voluntarios del ramo que sea por arriesgar su bienestar y el de sus familias en defensa del bien común.
El bien común, lo común…. misterioso concepto para muchos, en esta sociedad acomodada en el interés propio que ha suscitado esa identidad reclamada en el consumismo hiperbólico de objetos, empañando los valores que realmente nos definen como humanos. Y en ese «ser humano»: el arte, como vehículo de emociones que nos hace elevar la mirada allende el horizonte para sentirnos plenos, para trascender la realidad y obligarnos a percibir otras sensibilidades que intensifiquen nuestra razón de ser y de estar. Es en estos momentos de calma repentina en los que tengo la oportunidad de ensalzar el gozo que otros talentos me prestan, cuando el sofá de mi casa se viste de aterciopelada butaca roja para asistir a iniciativas nacidas de la inspiración y generosa vocación de cantantes, músicos, compositores, rapsodas, poetas, actores… y bajo el auspicio en algunos casos de bibliotecas, museos, administraciones, fundaciones, asociaciones y vecinos que no se rinden a los límites impuestos por la clausura hogareña.
Gracias a todos ellos por ende, por su inconformismo ante la adversidad que ha paralizado su vuelo y que han reconducido a través de la tecnología, para ser cada día esa ilusión de tal o cual hora que nos mantiene despierta el alma.
Pero este reconocimiento no debe circunscribirse a esta situación de “alarma”, estamos compelidos a extenderlo a los días en que acabe este enclaustramiento, porque será entonces cuando podamos hacer gala de nuestra contrapartida como espectadores, con quienes ahora comparten su esencia para hacernos más llevadero este punzante trance.
En la medida de las posibilidades que se presenten, debemos seguir demandando cultura y contribuyendo, para alimentar nuestras inquietudes, con el arte que nos brindan sus protagonistas para que, de esta maldita experiencia, valoremos como imprescindible moraleja que llevar en nuestra mochila más íntima, aquello que ilustró René Huyghe: «El arte es indisociable del hombre. No hay arte sin hombre, pero quizá tampoco hombre sin arte».
Esther Ferreira
En estos días de cautiverio para algunos y de solidaria satisfacción a domicilio para la mayoría -estoy segura-, los agradecimientos no retumban lo bastante merecido en nuestras manos repicadas, que se hacen además grito de aliento, para todos los profesionales y voluntarios del ramo que sea por arriesgar su bienestar y el de sus familias en defensa del bien común.
El bien común, lo común…. misterioso concepto para muchos, en esta sociedad acomodada en el interés propio que ha suscitado esa identidad reclamada en el consumismo hiperbólico de objetos, empañando los valores que realmente nos definen como humanos. Y en ese «ser humano»: el arte, como vehículo de emociones que nos hace elevar la mirada allende el horizonte para sentirnos plenos, para trascender la realidad y obligarnos a percibir otras sensibilidades que intensifiquen nuestra razón de ser y de estar. Es en estos momentos de calma repentina en los que tengo la oportunidad de ensalzar el gozo que otros talentos me prestan, cuando el sofá de mi casa se viste de aterciopelada butaca roja para asistir a iniciativas nacidas de la inspiración y generosa vocación de cantantes, músicos, compositores, rapsodas, poetas, actores… y bajo el auspicio en algunos casos de bibliotecas, museos, administraciones, fundaciones, asociaciones y vecinos que no se rinden a los límites impuestos por la clausura hogareña.
Gracias a todos ellos por ende, por su inconformismo ante la adversidad que ha paralizado su vuelo y que han reconducido a través de la tecnología, para ser cada día esa ilusión de tal o cual hora que nos mantiene despierta el alma.
Pero este reconocimiento no debe circunscribirse a esta situación de “alarma”, estamos compelidos a extenderlo a los días en que acabe este enclaustramiento, porque será entonces cuando podamos hacer gala de nuestra contrapartida como espectadores, con quienes ahora comparten su esencia para hacernos más llevadero este punzante trance.
En la medida de las posibilidades que se presenten, debemos seguir demandando cultura y contribuyendo, para alimentar nuestras inquietudes, con el arte que nos brindan sus protagonistas para que, de esta maldita experiencia, valoremos como imprescindible moraleja que llevar en nuestra mochila más íntima, aquello que ilustró René Huyghe: «El arte es indisociable del hombre. No hay arte sin hombre, pero quizá tampoco hombre sin arte».
Esther Ferreira



















Águeda | Sábado, 28 de Marzo de 2020 a las 09:33:06 horas
Gracias, Esther, en verdad es hermosa tu reflexión. Me sumo a tu pensamiento y esperemos que esta experiencia tan dura nos haga mejores personas.
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