COVID-19
Dos formas distintas de acabar con la pandemia: Ciencia y Religión
Diario del Estado de Alerta: tercer fin de semana confinado.
Creo que este es el tercer fin de semana que los zamoranos, como el resto de españoles, se lo pasan en casa. Pueblo obediente, que toleró, casi sin inmutarse, dictaduras, repúblicas burguesas y revolucionarias y esta democracia de cartón piedra, de calidad mínima, de partidos corruptos, sigue en sus casas, salvo las excepciones de gente insolidaria, ególatra, que se considera elite intelectual o económica.
Hoy, sábado, salí a la misma hora de siempre de casa, acompañado de mi can. Me esperaba mi oficina, anciano edificio de la Costanilla, y mi ordenador y una cita con un teniente coronel de Artillería, ubicado en León. En efecto, a las 11:45 horas, recibo una llamada de José Luis Fernández Moreno, que así se llama y apellida el militar con el que había quedado en la Plaza Mayor para realizar una entrevista. Me pareció un hombre joven, aunque la máscara esconde edades, para bien o para mal. No nos pudimos saludar más que por señas. Le cedí mi grabadora. Y, a un metro y medio de distancia, le fui formulando una serie de preguntas lógicas, las que hubiera propuesto cualquier ciudadano de a pie.
A los diez minutos, solo interrumpidos por el reloj de la Casa de las Panaderas, que nos anunciaba el mediodía, concluyó el encuentro con este militar español. Después de darle las gracias, regresé al periódico. En el trayecto, poco más de cien metros, reflexioné sobre el militar español, al que valoro como inteligente, culto, educado, exquisito en el trato, preparado y solidario. Eso me pareció, el teniente coronel Fernández Moreno y también otros amigos a los que conozco mucho mejor. Creo que existe una enorme diferencia entre el Ejército español de ahora, de este siglo XXI, y el de mi juventud. Tampoco puedo juzgar al militar de mi época, porque no hice el Servicio Militar, no por algún defecto físico, sino porque, cuando me tocaba, ya talludito, me libré porque había un gran exceso de cupo y, además, ya era papá. Una disposición del Gobierno evitó que pasase el campamento en Cádiz y el destino en Melilla. Todo lo que he oído de la mili de antaño definía al militar de los primeros años de la democracia como bruto, de escasa luces, analfabeto y dictadorzuelo.
Ahora el soldado español es culto, preparadísimo, disciplinado, como siempre lo fue; demócrata, ama a su patria, la defiende con criterio, reflexiona y alcanza un excelente nivel intelectual.
Andaba yo buscando una solución a este caos en el que se ha convertido nuestra patria, hermosa palabra que funde padre y madre, cuando me dio por pensar que solo un grupo de militares de alta graduación podrían dirigir, administrar y ganar esta guerra contra la pandemia del coronavirus. Serían los mejores gestores de esta crisis, porque los políticos españoles, después de más de 40 años de democracia, me parecen los más mediocres de Europa. Paradoja: a los militares más preparados de la historia de España les ha correspondido estar a las órdenes de los peores políticos de nuestra democracia. Un hombre inteligente sufre profundamente cuando debe obedecer a un tipo limitado intelectualmente; pobre de espíritu, sin ideas, corto y con querencia por la felonía. Resignación.
Regresé a casa con la mascarilla cubriéndome boca y nariz, que, unidas a mi sombrero, me transforman en un tipo que no habría conocido ni la madre que me parió que me esperaba en su casa para comer.
Los que no creemos, confiamos en que la ciencia ponga fin a este COVID 19: científicos, médicos, enfermeras y profesionales de la Sanidad. Las almas pías rezan al Sagrado Corazón de Jesús, al Cristo de las Injurias o alguna advocación mariana.
Así empezó el tercer fin de semana -¿cuántas nos quedarán?- del Estado de Alarma, mientras esta madrugada a las dos habrá que adelantar los relojes hasta las tres. ¡Si hasta nos roban una hora, carne de tiempo, sin protestar, cómo podemos esperar que los políticos de la propaganda nos digan la verdad sobre lo que está sucediendo en España!
Eugenio-Jesús de Ávila
Creo que este es el tercer fin de semana que los zamoranos, como el resto de españoles, se lo pasan en casa. Pueblo obediente, que toleró, casi sin inmutarse, dictaduras, repúblicas burguesas y revolucionarias y esta democracia de cartón piedra, de calidad mínima, de partidos corruptos, sigue en sus casas, salvo las excepciones de gente insolidaria, ególatra, que se considera elite intelectual o económica.
Hoy, sábado, salí a la misma hora de siempre de casa, acompañado de mi can. Me esperaba mi oficina, anciano edificio de la Costanilla, y mi ordenador y una cita con un teniente coronel de Artillería, ubicado en León. En efecto, a las 11:45 horas, recibo una llamada de José Luis Fernández Moreno, que así se llama y apellida el militar con el que había quedado en la Plaza Mayor para realizar una entrevista. Me pareció un hombre joven, aunque la máscara esconde edades, para bien o para mal. No nos pudimos saludar más que por señas. Le cedí mi grabadora. Y, a un metro y medio de distancia, le fui formulando una serie de preguntas lógicas, las que hubiera propuesto cualquier ciudadano de a pie.
A los diez minutos, solo interrumpidos por el reloj de la Casa de las Panaderas, que nos anunciaba el mediodía, concluyó el encuentro con este militar español. Después de darle las gracias, regresé al periódico. En el trayecto, poco más de cien metros, reflexioné sobre el militar español, al que valoro como inteligente, culto, educado, exquisito en el trato, preparado y solidario. Eso me pareció, el teniente coronel Fernández Moreno y también otros amigos a los que conozco mucho mejor. Creo que existe una enorme diferencia entre el Ejército español de ahora, de este siglo XXI, y el de mi juventud. Tampoco puedo juzgar al militar de mi época, porque no hice el Servicio Militar, no por algún defecto físico, sino porque, cuando me tocaba, ya talludito, me libré porque había un gran exceso de cupo y, además, ya era papá. Una disposición del Gobierno evitó que pasase el campamento en Cádiz y el destino en Melilla. Todo lo que he oído de la mili de antaño definía al militar de los primeros años de la democracia como bruto, de escasa luces, analfabeto y dictadorzuelo.
Ahora el soldado español es culto, preparadísimo, disciplinado, como siempre lo fue; demócrata, ama a su patria, la defiende con criterio, reflexiona y alcanza un excelente nivel intelectual.
Andaba yo buscando una solución a este caos en el que se ha convertido nuestra patria, hermosa palabra que funde padre y madre, cuando me dio por pensar que solo un grupo de militares de alta graduación podrían dirigir, administrar y ganar esta guerra contra la pandemia del coronavirus. Serían los mejores gestores de esta crisis, porque los políticos españoles, después de más de 40 años de democracia, me parecen los más mediocres de Europa. Paradoja: a los militares más preparados de la historia de España les ha correspondido estar a las órdenes de los peores políticos de nuestra democracia. Un hombre inteligente sufre profundamente cuando debe obedecer a un tipo limitado intelectualmente; pobre de espíritu, sin ideas, corto y con querencia por la felonía. Resignación.
Regresé a casa con la mascarilla cubriéndome boca y nariz, que, unidas a mi sombrero, me transforman en un tipo que no habría conocido ni la madre que me parió que me esperaba en su casa para comer.
Los que no creemos, confiamos en que la ciencia ponga fin a este COVID 19: científicos, médicos, enfermeras y profesionales de la Sanidad. Las almas pías rezan al Sagrado Corazón de Jesús, al Cristo de las Injurias o alguna advocación mariana.
Así empezó el tercer fin de semana -¿cuántas nos quedarán?- del Estado de Alarma, mientras esta madrugada a las dos habrá que adelantar los relojes hasta las tres. ¡Si hasta nos roban una hora, carne de tiempo, sin protestar, cómo podemos esperar que los políticos de la propaganda nos digan la verdad sobre lo que está sucediendo en España!
Eugenio-Jesús de Ávila




















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