ZAMORANA
En estos extraños días de Semana Santa
Qué belleza serena dentro de lo contenido de unos árboles que se desperezan con sus ramas retorcidas de entre las que surgen las primeras hojas en la plaza de Viriato!¡Qué estampa tan majestuosa, tan plácida, tan natural y al mismo tiempo tan increíblemente bella nos marca la naturaleza y el ritmo de la vida que va por delante y no entiende de la preocupación de estos días de pesadilla que estamos viviendo!. Cuando llega la primavera lo alborota todo, a veces con displicencia, como si la cosa no fuera con ella; otras con arrogancia, muy consciente del resurgir que invade todo; el buen tiempo deja atrás los malos humores y nos recuerda que la vida también es color, resurgir, renacer.
Desde este encierro a mas de doscientos kilómetros, un día mas me siento ante el ordenador dispuesta a dar un paseo virtual por mi bella Zamora, la Zamora solitaria, desarraigada, sin mas adornos que los propios de sus edificios modernistas, bellos y únicos, y los brotes de vida que se cuelan por entre los jardines o los árboles que visten algunas de sus calles. Zamora es atractiva en sí misma y ahora, en su soledad, es tal vez mas hermosa que nunca, porque aunque este año no resuenen los tambores ni salgan las caperuzas con sus coloridos rojos, blancos y negros, ni el barandales, ni las imágenes icónicas, ni se petrifique la ciudad y sus gentes en esa procesión del silencio que pone los pelos de punta y nos acerca un poquito más a Dios; sin embargo la Semana Santa se palpa en mi ciudad y hasta el Duero echa de menos la escasa luz de los faroles que hace titilar sus aguas mientras se oyen los pasos de los fieles caminando sobre el puente. Solo el Monumento al Merlú sigue fiel en la esquina de la iglesia de San Juan Bautista como único recordatorio de estas fechas.
Hoy me he propuesto desempolvar un vídeo que un familiar muy querido me regaló hace años y que encierra dentro de su caja el contenido de todas las procesiones zamoranas. Lo visionaré a solas, con todo el sentimiento. Pisaré con los pies desnudos las calles frías, admiraré la elegancia de las enlutadas damas de las cofradías y caminaré con ellas, mantilla en ristre detrás de la imagen de la virgen, participaré de ese silencio imponente, escucharé el ruido metálico de las cadenas que arrastran los penitentes y admiraré una a una cada imagen, cada obra de arte que desfila desde el otro lado de la televisión.
Mi querida Zamora también está en cuarentena, pero estoy segura de que estará bien protegida en estas fechas con toda la imaginaria que ahora descansa a salvo dentro del Museo de Semana Santa y de las incontables iglesias cuidadas por los cofrades que, generación tras generación, portan con orgullo sus estandartes, sus caperuzas e incluso las propias andas. Es la Zamora del recogimiento, la Zamora auténtica que sale a las calles en silencio, sin alharacas ni canciones; como somos nosotros, casi sin dejarnos ver, mientras en otras ciudades estas fiestas se convierten en un espectáculo más con excusa para beber, gritar o cantar perdiendo el verdadero sentido de recogimiento y austeridad que es característico en Semana Santa.
Se echarán de menos las iglesias abiertas, las calles inundadas de gente, los turistas, los que regresan del pueblo a la ciudad durante estos días para disfrutar de las fiestas, los comercios abiertos con los escaparates llenos de productos típicos, las pastelerías con los dulces propios de estos días... Este año todo es diferente, nos han partido la vida y condenado a la clandestinidad en nuestras casas; muchas familias lloran por los fallecidos que no han podido despedir y viven -ellos literalmente- su particular vía crucis. Otros, nos conformamos con rescatar los actos litúrgicos propios de estas fechas, aunque sea visionando momentos pasados en los que aún disponíamos de salud y libertad.
Mª Soledad Martín Turiño
Qué belleza serena dentro de lo contenido de unos árboles que se desperezan con sus ramas retorcidas de entre las que surgen las primeras hojas en la plaza de Viriato!¡Qué estampa tan majestuosa, tan plácida, tan natural y al mismo tiempo tan increíblemente bella nos marca la naturaleza y el ritmo de la vida que va por delante y no entiende de la preocupación de estos días de pesadilla que estamos viviendo!. Cuando llega la primavera lo alborota todo, a veces con displicencia, como si la cosa no fuera con ella; otras con arrogancia, muy consciente del resurgir que invade todo; el buen tiempo deja atrás los malos humores y nos recuerda que la vida también es color, resurgir, renacer.
Desde este encierro a mas de doscientos kilómetros, un día mas me siento ante el ordenador dispuesta a dar un paseo virtual por mi bella Zamora, la Zamora solitaria, desarraigada, sin mas adornos que los propios de sus edificios modernistas, bellos y únicos, y los brotes de vida que se cuelan por entre los jardines o los árboles que visten algunas de sus calles. Zamora es atractiva en sí misma y ahora, en su soledad, es tal vez mas hermosa que nunca, porque aunque este año no resuenen los tambores ni salgan las caperuzas con sus coloridos rojos, blancos y negros, ni el barandales, ni las imágenes icónicas, ni se petrifique la ciudad y sus gentes en esa procesión del silencio que pone los pelos de punta y nos acerca un poquito más a Dios; sin embargo la Semana Santa se palpa en mi ciudad y hasta el Duero echa de menos la escasa luz de los faroles que hace titilar sus aguas mientras se oyen los pasos de los fieles caminando sobre el puente. Solo el Monumento al Merlú sigue fiel en la esquina de la iglesia de San Juan Bautista como único recordatorio de estas fechas.
Hoy me he propuesto desempolvar un vídeo que un familiar muy querido me regaló hace años y que encierra dentro de su caja el contenido de todas las procesiones zamoranas. Lo visionaré a solas, con todo el sentimiento. Pisaré con los pies desnudos las calles frías, admiraré la elegancia de las enlutadas damas de las cofradías y caminaré con ellas, mantilla en ristre detrás de la imagen de la virgen, participaré de ese silencio imponente, escucharé el ruido metálico de las cadenas que arrastran los penitentes y admiraré una a una cada imagen, cada obra de arte que desfila desde el otro lado de la televisión.
Mi querida Zamora también está en cuarentena, pero estoy segura de que estará bien protegida en estas fechas con toda la imaginaria que ahora descansa a salvo dentro del Museo de Semana Santa y de las incontables iglesias cuidadas por los cofrades que, generación tras generación, portan con orgullo sus estandartes, sus caperuzas e incluso las propias andas. Es la Zamora del recogimiento, la Zamora auténtica que sale a las calles en silencio, sin alharacas ni canciones; como somos nosotros, casi sin dejarnos ver, mientras en otras ciudades estas fiestas se convierten en un espectáculo más con excusa para beber, gritar o cantar perdiendo el verdadero sentido de recogimiento y austeridad que es característico en Semana Santa.
Se echarán de menos las iglesias abiertas, las calles inundadas de gente, los turistas, los que regresan del pueblo a la ciudad durante estos días para disfrutar de las fiestas, los comercios abiertos con los escaparates llenos de productos típicos, las pastelerías con los dulces propios de estos días... Este año todo es diferente, nos han partido la vida y condenado a la clandestinidad en nuestras casas; muchas familias lloran por los fallecidos que no han podido despedir y viven -ellos literalmente- su particular vía crucis. Otros, nos conformamos con rescatar los actos litúrgicos propios de estas fechas, aunque sea visionando momentos pasados en los que aún disponíamos de salud y libertad.
Mª Soledad Martín Turiño




















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