NOCTURNOS
Amar del revés
No te obligo, mujer, a que me quieras, ni que te enamores de mí perdidamente, cual Julieta Capuleto. Tampoco soy Romeo Montesco, ni tú tienes la edad de la joven veronesa, ni yo la del enamorado de Shakespeare. Ya tenemos un tiempo de vida, una experiencia para engañarnos. Yo nunca miento si amo. Se me nota demasiado si una dama me encanta. Se me pone cara de sandio y, además, trabuco. Como afirmó Jardiel, “el amor da inteligencia a los idiotas y vuelve idiotas a los inteligentes”.
Nunca supe amar a medias, con comodidad, como si fuera una labor cotidiana, las ocho horas del funcionario: fichar y regresar al hogar, dulce hogar. No tengo medida. O amo a lo bestia, o, si te he visto, ya no me acuerdo. Doy mucho, quizá demasiado. A veces, me equivoqué, porque deposite mucha pasión en alguna mujer que solo se quiere a sí misma. Me desborda la pasión. Ni los amores prohibidos me detienen. Mi inmolo en el amor. Cuando se acaba, me quedo vacío, como si me faltara un trocito de alma.
Durante buena parte de mi ya extensa y ridícula vida enfrenté el amor como fuente de intensos placeres, de deleites en harenes de sultanes. Me cansé de gozar sin alma, hasta convertir la cópula en pura rutina, en una misa para ateos, en la caridad de un rico. No amaba, fornicaba. Llegué a confundir el amor con un trabajo sexual. Me transforme en un funcionario del placer.
Un día me miré por dentro y me vi el alma arrugada, con algunos jirones, y encogida. Ante tanta ruina interior, me puse a la tarea de estirarla, rejuvenecerla, limpiarla. Después entre ella en mi vida y yo salí de mi cuerpo. Ahora la amo, porque fundí el seso con el sexo, transforme la cópula en belleza, en poesía. La quiero por dentro y la adoro por fuera, como si fuera una diosa helena y yo un Pericles enamorado. Durante buena parte de mi vida, amé del revés. Ahora le he dado la vuelta al amor. Y todo encaja.
Eugenio-Jesús de Ávila
No te obligo, mujer, a que me quieras, ni que te enamores de mí perdidamente, cual Julieta Capuleto. Tampoco soy Romeo Montesco, ni tú tienes la edad de la joven veronesa, ni yo la del enamorado de Shakespeare. Ya tenemos un tiempo de vida, una experiencia para engañarnos. Yo nunca miento si amo. Se me nota demasiado si una dama me encanta. Se me pone cara de sandio y, además, trabuco. Como afirmó Jardiel, “el amor da inteligencia a los idiotas y vuelve idiotas a los inteligentes”.
Nunca supe amar a medias, con comodidad, como si fuera una labor cotidiana, las ocho horas del funcionario: fichar y regresar al hogar, dulce hogar. No tengo medida. O amo a lo bestia, o, si te he visto, ya no me acuerdo. Doy mucho, quizá demasiado. A veces, me equivoqué, porque deposite mucha pasión en alguna mujer que solo se quiere a sí misma. Me desborda la pasión. Ni los amores prohibidos me detienen. Mi inmolo en el amor. Cuando se acaba, me quedo vacío, como si me faltara un trocito de alma.
Durante buena parte de mi ya extensa y ridícula vida enfrenté el amor como fuente de intensos placeres, de deleites en harenes de sultanes. Me cansé de gozar sin alma, hasta convertir la cópula en pura rutina, en una misa para ateos, en la caridad de un rico. No amaba, fornicaba. Llegué a confundir el amor con un trabajo sexual. Me transforme en un funcionario del placer.
Un día me miré por dentro y me vi el alma arrugada, con algunos jirones, y encogida. Ante tanta ruina interior, me puse a la tarea de estirarla, rejuvenecerla, limpiarla. Después entre ella en mi vida y yo salí de mi cuerpo. Ahora la amo, porque fundí el seso con el sexo, transforme la cópula en belleza, en poesía. La quiero por dentro y la adoro por fuera, como si fuera una diosa helena y yo un Pericles enamorado. Durante buena parte de mi vida, amé del revés. Ahora le he dado la vuelta al amor. Y todo encaja.
Eugenio-Jesús de Ávila

















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