Miércoles, 28 de Enero de 2026

Irene Alfageme
Martes, 21 de Abril de 2020
LA COLUMNA DE DOÑA ELVIRA

Mientras el café se enfría, imagino a los niños disfrutar

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Estaba sentada en mi butaca frente al balcón de mi habitación aprovechando las pocas ráfagas de luz que atraviesan los cristales por la mañana, mientras leía una de las obras maestras del S.XX: Lolita, de Vladimir Nabokov. Para quienes no la conozcan, es la historia de la obsesión de Humbert Humbert, un profesor cuarentón, por la doceañera Lolita. Una novela de amor en la que intervienen dos componentes explosivos: la atracción “perversa” por las nínfulas y el incesto. Sí, estoy narrando básicamente lo que pone en la parte trasera del libro; es que no os puedo contar de que trata la historia de otra manera, porque mi mente, mientras veo las palomas posándose en el suelo del parque de enfrente de mi casa, está pensando otra cosa. Y es que sí, ¡qué fácil me entretengo! Seguro que lo estabais pensando. Pero, creo, que ahora, con los tiempos que corren, los viajes de Humbert con Lolita por los EE.UU. pueden esperar un poco más (siento los spoilers).

 

Lo que está pasando por mi cabeza mientras la novela reposa en mis piernas por la misma página todo el rato, mientras estoy esperando que el café que me he calentado- a pesar de que lo quería con leche templada-, me lo he puesto ardiendo, es el hecho de que los niños puedan salir a partir del 27 de abril de 2020 a la calle, una medida decretada por el Gobierno. Los más pequeños han sido los grandes héroes que han tenido que aguantar en sus casas como unos campeones, algunos sin entender porque no podían salir a la calle. Ahora bien, el día 27 se cumple su deseo: pueden salir por un tiempo a la calle acompañados de sus padres.

 

Ahora me quiero centrar en eso, en los padres: las figuras de autoridad que tienen que cuidar de sus hijos y tienen que transmitirles con total tranquilidad una serie de restricciones para cuando estos salgan a la calle. Para ello nos podemos encontrar diferentes figuras de autoridad: aquellos que se lo van transmitiendo a sus hijos poco a poco, con antelación y con total tranquilidad para que los pequeños de la casa salgan con cuidado y cumplan las normas perfectamente, ya que lo han entendido a la perfección en sus casas. Por otro lado, nos podemos encontrar a los que, teniendo miedo ellos mismos, sin quererlo, transmiten ese miedo a sus hijos y estos: o no quieren salir, o cuando lo hacen, temen que puedan contagiarse por ese temor que le han metido sus padres. Me los imagino viéndolos desde mi ventana sin moverse del mismo sitio, al igual que la estatua que se encuentra al lado de ellos. Pero, esto no es el juego de “A sangre fría” en el que no se tienen que mover. Espero no ver esa imagen desde mi ventana porque de esa manera Lolita y Humbert no avanzarán en su viaje por los Estados Unidos y no sabré cual es el final, ya que no podré dejar de pensar por qué ese niño no se mueve de ahí y se encuentra triste.

 

Para solucionar esto, es muy importante, padres del mundo, transmitir tranquilidad a los niños, a sus hijos, desde el día uno, desde ya. De esa manera les vais concienciando que con mucho cuidado ellos pueden salir sin que les pase nada. Eso sí, entiendo que muchos de vosotros tengáis miedo que no podáis controlar, pero, por favor, no se lo transmitáis a vuestros hijos, porque ellos necesitan salir de sus casas y disfrutar de ese aire fresco deseado por todas las personas. Con precaución, cuidado y tranquilidad no les pasará nada.

 

Ahora, que me los imagino no estando tristes en la calle, con su sonrisa de oreja a oreja, puedo- por fin- continuar leyendo mi novela y avanzar en el viaje de sus dos protagonistas. Aunque, el café ya se me ha quedado frio- me lo tendré que ir a volver a calentar-, por lo que, como ya las ráfagas de sol se apagaron hace rato, cerraré el libro y mañana, a la misma hora, volveré con mi café- espero que templado- a sentarme en la misma butaca y leer mi novela.

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