NOCTURNOS
El sexo del amor
Ella es mucho más que una noche de sexo y placer, de sudor y jadeos, de gritos y susurros. Cualquier mujer, con cierto atractivo, te puede conducir al nirvana. Pero cuando regresas del deleite carnal, te sientes más vulgar, más cansado, menos inteligente, como si te hubieras muerto un poco, la petit morte, que se diría en el idioma de Montaigne.
Atenea es carne y tuétano, belleza y deseo; pero su clase, su sonrisa, sus ideas te conducen a un orgasmo sensual, a un estremecimiento intelectual. Sus senos, cúpulas bizantinas; sus piernas, un desafío arquitectónico, no distraen mi conversación, mis debates con su alma.
Hay un instante a partir del cual se me olvida el tiempo. El reloj de mi vida parece detenerse. Solo leo sus respuestas para debatir sus ideas. Me olvido de que es una mujer, una dama singular y un ser extraño, porque, cuando me hallo en ella, se hablan los cerebros, los espíritus, los talentos. Se me olvida que su cuerpo me atrae con toda mi hombría; que la dulzura de su rostro invita a recorrerlo poro por poro, de los lóbulos de sus orejas a los párpados; de la punta de su nariz al teso de su mejilla; de su barbilla, en la que apunta un humilde hoyuelo, a sus labios, patria de los besos.
Sí, tanta belleza, tanta sexualidad, se me escapa cuando de hablamos de todo y de la nada. Después, cuando concluye el combate dialéctico, ya en el lecho, sonrío como un enamorado, como un amante que ama a un ente superior, y rezo, como un ateo, a mi diosa, para que me siga considerando un ser especial. Nada más.
No puedo pedir imposibles. Enamorar a una dama que habla con Dios nunca me será concedido. Yo soy solo un pobre pecador.
Eugenio-Jesús de Ávila
Ella es mucho más que una noche de sexo y placer, de sudor y jadeos, de gritos y susurros. Cualquier mujer, con cierto atractivo, te puede conducir al nirvana. Pero cuando regresas del deleite carnal, te sientes más vulgar, más cansado, menos inteligente, como si te hubieras muerto un poco, la petit morte, que se diría en el idioma de Montaigne.
Atenea es carne y tuétano, belleza y deseo; pero su clase, su sonrisa, sus ideas te conducen a un orgasmo sensual, a un estremecimiento intelectual. Sus senos, cúpulas bizantinas; sus piernas, un desafío arquitectónico, no distraen mi conversación, mis debates con su alma.
Hay un instante a partir del cual se me olvida el tiempo. El reloj de mi vida parece detenerse. Solo leo sus respuestas para debatir sus ideas. Me olvido de que es una mujer, una dama singular y un ser extraño, porque, cuando me hallo en ella, se hablan los cerebros, los espíritus, los talentos. Se me olvida que su cuerpo me atrae con toda mi hombría; que la dulzura de su rostro invita a recorrerlo poro por poro, de los lóbulos de sus orejas a los párpados; de la punta de su nariz al teso de su mejilla; de su barbilla, en la que apunta un humilde hoyuelo, a sus labios, patria de los besos.
Sí, tanta belleza, tanta sexualidad, se me escapa cuando de hablamos de todo y de la nada. Después, cuando concluye el combate dialéctico, ya en el lecho, sonrío como un enamorado, como un amante que ama a un ente superior, y rezo, como un ateo, a mi diosa, para que me siga considerando un ser especial. Nada más.
No puedo pedir imposibles. Enamorar a una dama que habla con Dios nunca me será concedido. Yo soy solo un pobre pecador.
Eugenio-Jesús de Ávila
















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