Marisol Martín Turiño
Domingo, 26 de Abril de 2020
ZAMORANA

Una reflexión sobre los mayores

[Img #38309]   Me cuentan historias diversas sobre las consecuencias que tiene este confinamiento en las personas mayores, no esas que aparecen en los informativos como cifras que crecen o decrecen dependiendo del día, sino personas conocidas, familiares, propios o de amigos a quienes la pandemia les ha modificado la vida de una forma más virulenta que a todos los demás.

 

            Se dan situaciones muy diversas porque vivíamos una vida libre, sin restricciones que no fueran las lógicas o las autoimpuestas por cada uno, y cuando decretaron el estado de alarma nos sorprendió a todos donde nos halláramos en ese momento, como en el juego aquel clavados en el suelo - en este caso, en casa-, sin poder movernos durante varias semanas fueran cuales fueran las circunstancias particulares de cada uno. En el caso de las personas mayores, debido a la medicina preventiva, los avances tecnológicos, el cuidado personal y el aumento de la perspectiva de vida, es fácil encontrar a muchos que rondan o traspasan la barrera de los noventa años. En el mejor de los casos, si están en su domicilio y tienen la suerte y los recursos económicos suficientes para tener una persona que cuide de ellos, puede decirse que su situación está más o menos controlada, aunque la familia (hijos y nietos) haya dejado de visitarles y, por consiguiente, privados de la compañía y el cariño que se les demuestran en cada visita.

 

            Sin embargo existen muchas otras contingencias: abuelos a quienes los hijos dividen por meses para tenerlos en sus casas y de ese modo aliviar la carga de una persona mayor y dependiente, con el consiguiente problema del hijo en cuestión al que le ha tocado tener a su padre no ya los dos o tres meses consabidos, sino lo que dure ademas el estado de alarma, para alivio del resto de hermanos cuyo turno ha corrido dejándoles libres por un tiempo. No siempre el abuelo es bie recibido por los hijos, pues además de ellos están los nietos y la nuera (o yerno si es el caso contrario), y estar de prestado en casa ajena debe ser muy duro máxime si su estancia se considera una obligación.

 

            Y qué decir de las residencias de ancianos?. Es patente que la mayoría de los fallecimientos se han producidos en estas instituciones. ¿Se trata acaso de una casualidad generalizada en toda España? ¿Es cuestión de que estos ancianos, al participar en actividades comunes propagaron y difundieron el virus entre sí con mayor facilidad?.¿Habrá existido dejación de auxilio o de socorro por parte de los empleados de dichas instituciones? Creo que cualquiera que escuche o vea las escandalosas cifras de fallecidos en estos centros se habrá hecho éstas y muchas más preguntas.

 

            Otra cuestión: ¿qué ocurre con los ancianos que viven solos y durante este tiempo no han tenido otra visita con quien cruzar unas palabras que la persona que les entrega la comida a domicilio?¿Cómo están afrontando su soledad y sus miedos? ¿Cómo pasa las horas un viejo y de qué modo le afectan las terribles noticias que ve y escucha cada día en los informativos?. El instinto de supervivencia es un poderoso aliado pero ¿no habrá quien desfallezca, a quien se le quiten las gana de vivir?

 

            A los mayores que ingresaron en el hospital y no superaron elCovid 19, ¿no deberíamos hacerles un homenaje masivo, e incluso un funeral de Estado, por haber perdido la batalla, por morir en soledad, entre desconocidos, sin ningún familiar a su lado en los últimos momentos para hacer menos duro el tránsito final?

 

            Hoy, que todavía estamos inmersos en un baile de datos, cálculos, cifras y previsiones, me he permitido un momento de reflexión que hago público como homenaje a los ancianos que se han visto inmersos en esta situación. Les debemos la vida, lucharon por dejar una sociedad mejor, trabajaron duro mañana y tarde en una época que no entendía el concepto de ocio ni esparcimiento; muchos de nosotros somos fruto de esa generación que se deslomó en el campo, que se vio obligada a emigrar a las grandes ciudades para levantar una siderurgia y un sector servicios que necesitaba de mano de obra, dejaron sus pueblos y se fueron a la aventura hacia ciudades que no conocían, allí se establecieron, nacieron sus hijos y se desvivieron por darles la educación de la que ellos habían carecido; fueron después los cuidadores de los nietos cuando apretó la primera crisis económica en 2008 ayudando con sus escasas pensiones al mantenimiento de hijos y nietos.

 

            En estos casi tres meses hemos perdido a muchos de ellos, pero para los que quedan: padres y abuelos, espero que pronto reciban ese entrañable e inmenso abrazo que les debemos, las visitas, las charlas, que les regalemos sonrisas para aliviar la pesadumbre, historias con final feliz aunque sean inventadas, que juntos soplemos las velas de las celebraciones que nos perdimos, que compartamos instantáneas para recordarlos siempre porque la memoria es lábil y juega malas pasadas cuando transcurre el tiempo. Cuando la situación actual por la que estamos pasando regrese a la cuasi normalidad anterior, a ver si no olvidamos a los mayores, porque tenemos una deuda de gratitud para con todos ellos. 

 

 

Mª Soledad Martín Turiño

 

 

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