Eugenio de Ávila
Martes, 28 de Abril de 2020
REPÚBLICO

Criticar sin conocer, odiar sin amar

[Img #38416]Cuando un servidor era jovencito –ya casi no me acuerdo- y quería ser jugador profesional de fútbol, un Johan Cruyff, observé que casi todos los niños eran del Real Madrid y muy pocos del Barça y del Athlétic Club de Bilbao. El seguidor de la entidad azulgrana se caracterizaba, ante todo, por su odio al equipo blanco, más que por su amor a sus colores. De hecho, el joven barcelonista se alegraba más con la derrota del club de Concha Espina que con el éxito propio.

A la gente de izquierdas, como me sucedió a mí hasta que tuve uso de razón, la caracteriza su odio a todo lo que huela a derecha, sin saber qué significa ser persona conservadora, ni conocer el liberalismo; pero sin tener ni puta idea de lo que fue y es el comunismo, ni el socialismo español, ni cómo se las gastaron desde Marx a Lenin y Stalin y su fiel parroquia política a lo largo de la historia. Se encontrarían con dictadores sanguinarios, golpistas, enemigos de la democracia, genocidas y, por supuesto, hostiles a la libertad individual y a la empresa privada.  Les sucede también como a los católicos que no se acercan a la historia del Papado desde sus inicios, porque temen encontrarse con sumos pontífices, cardenales, obispos y sacerdotes rijosos, políticos, bélicos, felones y, me atrevería a afirmar, ateos. Marxismo y cristianismo son dos religiones. Ambas prometen entelequias: paraísos más caca y cielos más allá, al otro lado de la muerte. Fe. Nunca razón.

Quizá a ese personal de izquierdas –hay unas cuantas, según apreció Gustavo Bueno-, ignorante de las tesis principales que definen sus ideologías, odien a la gente que propugna aplicar políticas basadas en la racionalidad, la individualidad, la creencia en el progreso, la sociabilidad, porque más allá del individualismo, todo ser humano es interdependiente; el apego a los universales humanos, porque hay derechos,  sea cual sea nuestra religión, raza, nacionalidad, que nos pertenecen a todos; la necesidad de limitar el poder y, por supuesto que desemboca en la democracia, bautizada como burguesa, pero el menos malo de los sistemas políticos conocidos.

Pues todas esas ideas forman parte del liberalismo clásico, si bien, como considera Freedem, podrían ser compartidas por personas de diferentes ideologías, incluso antiliberales. El objetivo no consiste en crear un partido liberal, sino que todas las formaciones asuman parte del contenido programático del liberalismo: pluralismo político, tolerancia y un sistema de mercado más o menos grande. 

Por supuesto, el liberalismo aboga por un Estado mucho más pequeño, pero que respete la protección social para los más débiles, educación pública para todos, la propiedad privada, con menos impuestos y regulaciones; derechos y libertades individuales por encima de los colectivos, que no haya distinción ante la Ley; colocar parapetos a los poderes del Estado en la intromisión en la vida privada de las personas.

Pudiera ser que la gente que ama a Podemos, que se considere comunista, prefiera lo colectivo por encima del individuo, que todas las empresas, pequeñas, medianas y grandes sean propiedad del Estado; que la Banca se nacionalice, para que suceda como a las cajas de ahorro; que no exista propiedad privada; que el Estado aumente su peso al máximo en la economía nacional, que lo controle todo, que no exista tampoco prensa privada, ni periódicos, ni televisión, ni emisoras, que pasarían a formar parte de los medios de comunicación del Estado, como sucedió durante buena parte de la dictadura de Franco, y que solo haya un partido y jamás se celebren elecciones, ni haya parlamentos, ni nacional, ni autonómicos, y solo un partido, del que saldrán todos los principales cuadros de la administración del Estado. Y, a ser posible, nacionalizar todas las tierras, no solo la de la aristocracia y grandes capitalistas, sino las de los pequeños agricultores. Y no olviden que ahora personas de izquierdas, derechas y mediopensionistas puede rubricar la elección que realizan, con anterioridad, las direcciones de los respectivos partidos; pero un régimen comunista jamás permitiría que el ciudadano expresase, de una manera u otra, su opinión. Los trabajadores tampoco tendrían sindicatos para afiliarse y que recogieran sus reivindicaciones laborales y salariales.

Ahora bien, sin demócratas no es posible la democracia, ni pensamiento libre en dictaduras comunistas, solo rebaños humanos. Yo elijo la libertad. Y no creo que ser de derechas o de izquierdas convierta a las personas en buenas o malas. Hay canallas que se creen conservadores, y golfos que militan en partidos se la siniestra.

“Todo dentro del Estado, nada fuera del estado, nada contra el Estado”. Con este aserto comulgan todos los totalitarismos, todos vinculados por su odio a la libertad del inviduo.

Eugenio-Jesús de Ávila

 

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