Mª Soledad Martín
Martes, 05 de Mayo de 2020
ZAMORANA

Historia de un viejo

[Img #38724]Llevo viudo demasiado tiempo, tanto que no quiero ni pensarlo. Continúo viviendo en el piso familiar, ahora demasiado grande para mi, con varias habitaciones cerradas, y me atiende una mujer que viene un par de veces en semana  para hacerme la comida y realizar las tareas de la casa. A pesar de mis muchos años me encuentro bien, nunca he descuidado la forma física, como frugalmente, dejé de fumar hace mucho tiempo y solo me permito una copa de vino en las comidas y, de vez en cuando, una de coñac que intento alargar toda la tarde, si es por causa de algo que celebrar.

 

Mi rutina es la misma desde hace mucho tiempo: me levanto, desayuno, voy a comprar el pan y el periódico, charlo con alguien que me encuentre y me doy un paseo por los alrededores de casa; en eso empleo prácticamente toda la mañana, luego por la tarde leo y veo un poco la televisión. Suelo recibir la visita de mis hijos y a veces de mis nietos y esas son las mejores tardes, porque me hablan de sus cosas y se pasa el tiempo rápido.

 

Un día de principios de invierno cogí un catarro que se complicó y me tuvo en la cama más tiempo del debido; desde entonces ya no he sido el mismo. Mis hijos, preocupados porque vivía solo, dijeron que sería conveniente vender mi casa y que fuera a a residir con ellos. No me gustó la idea pero había que hacer frente a la realidad  y yo necesitaba ayuda. Así que empecé a pasar el año entre los cuatro hijos: unos meses en casa de cada uno. Fue duro porque tuve que asimiliar vivir en barrios diferentes al mío, donde no conocía a nadie en los escasos paseos que me permitían y siempre acompañado. Ms hijos eran buenas personas, ocupaban excelentes puestos de trabajo y vivían en zonas privilegiadas de la capital, pero casi todo su tiempo lo ocupaban trabajando. Con los cuatro: tres varones casados -dos con hijos- y una chica soltera y muy independiente, me encontraba bien, me sentía querido y protegido aunque gran parte del tiempo lo pasaba con las asistentas que eran las que estaban siempre en casa. A mi hija, sobre todo, la veía poco; se iba a primera hora de la mañana y regresaba de noche cuando estaba a punto ya de acostarme.

 

Me propuse no dar la lata ni hacer preguntas, eran mayores y no tenía intención de entrometerme en sus vidas; así que si estaban en casa hablábamos, veíamos algún programa de televisión y yo procuraba retirarme pronto a mi cuarto para darles privacidad y no ser un estorbo. Con quien más entretenido estaba era con los que tenían hijos porque me divertía mucho con los nietos, daba algún paseo con ellos, los llevaba al colegio, hacía pequeños recados y me sentía bien, aunque añoraba mi independencia pasada.

 

A primeros de año algo en mi cuerpo se complicó y tuve que permanecer en cama mucho tiempo, luego llegó la pandemia del coronavirus; solía estar casi todo el día en la cama o sentado en el sillón En ese momento vivía en casa de mi hija mayor con su marido, ambos trabajaban y el único contacto cercano que tenía era una vieja asistenta cabizbaja y deprimida que me llevaba la comida y ayudaba con mi aseo diario y que deambulaba por la casa como una sonámbula. Noté que mi humor cambiaba por días, me volví irascible, solitario, malhumorado; no tenía ganas de nada y solo quería que me dejaran en paz.   

 

No fui consciente de lo que pasó pero un día vi a mi hija desencajada, con los ojos desorbitados gritándome que parara, que estuviera tranquilo. Entonces ocurrió algo curioso: me vi a mi mismo. Mi cuerpo era víctima de unos espasmos tremendos de ira y rabia que no podía contener, emitía palabras malsonantes impropias en mí mientras luchaba afanosamente para que me soltaran y pudiera dar rienda suelta a mi cólera. Gritaba para poder echar fuera de mí demonios que se habían adueñado de cuerpo y mente. Fue tal el escándalo que la policía acudió alertada por un vecino y, al verles, los gritos y mi resistencia fueron aún mayores. Me llevaron a un hospital en ambulancia y durante el trayecto no dejé de patalear, aunque unas cinchas grandes me mantenían atado a la camilla. Noté que me pinchaban y, poco a poco, sentí que la fuerza me iba abandonando. Cuando llegué al sanatorio y me acostaron, me ataron de pies y manos, no sentía nada porque estaba sedado; sin embargo lo veía todo como si de otra persona de tratase: sentía como entraban las enfermeras, los médicos y el resto del personal; a veces me aflojaban un poco las ataduras, me alimentaban por sonda y así pasé unos cuantos días hasta que mis hijos, obligados por las circunstancias, ya que no podía permanecer ocupando una cama de hospital necesaria para enfermos más críticos del coronavirus, me llevaron a una residencia, donde tuve que hacer una cuarentena yo solo en una habitación.

 

Mi consciencia se perdía por momentos y cuando alcanzaba un grado de lucidez, aunque fuera mínimo, añoraba la compañía. Nadie estaba a mi lado; solo a las horas de comer alguien con el cuerpo oculto por una especie de escafandra blanca venía e introducía el alimento en mi cuerpo sin ayuda alguna por mi parte. Vivía, si a aquello puede llamarse vivir, en un duermevela extraño, las imágenes del pasado se mezclaba con un presente irreal para mí, estaba muy confundido. A veces notaba a mi esposa sentada a mi lado, me agarraba de la mano y me confortaba su presencia pero cuando me asía a ella en busca de un poco de alivio, desaparecía y se convertía en humo blanco que se evaporaba al instante.

 

Desconozco el tiempo que permanecí en aquella habitación aislada, porque no tenia concepto de la hora, del día o de la noche ya que la habitación siempre estaba iluminada, ya fuera por luz natural o artificial; de lo que sí fui consciente era de que aquel había sido un viaje sin retorno. Llegó la fiebre y un estado de semiinconsciencia que vagaba en mundo irreales; a veces sentía que manipulaban mi cuerpo personas ocultas tras sus trajes blancos, entraban tubos, estaba conectado a aparatos que ellos miraban constantemente con gesto serio, moviendo la cabeza. Presentí que aquello no era un buen presagio pero no sentía dolor, mi cuerpo empezó a flotar por encima de la habitación y los veía afanados en alguien que yacía sobre aquella cama que yo ya había abandonado.  

 

 

Mª Soledad Martín Turiño

 

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