OPINIÓN
Política cuántica
Óscar de Prada López
Erwin Schrödinger sugirió en 1935 un experimento teórico archiconocido. Si metes un gato en una caja opaca y hay un 50% de probabilidades de liberar dentro de la caja un gas venenoso, el minino no está vivo o muerto sino ambas posibilidades a la vez. Sólo al abrirse la caja y verlo con nuestros propios ojos, las dos alternativas se convierten en una sola realidad. Así confirmaba que la mera observación de un experimento puede alterar su resultado. Tal como hoy hacemos todos, siguiendo con lupa cada movimiento en esta compleja partida que juega -y arbitra- la coalición progre. Donde todos somos peones y donde algunos llegan a coronarse, al otro extremo del tablero, a costa de no pocos cálculos y astucias.
Cuento esto a propósito del estado de alarma, tan indefinible como indefinido y que va por su cuarta prórroga. Hoy todos miramos a la caja tonta, auscultando las entrañas del Congreso, sin saber a ciencia cierta cómo acabará esto. Puede que los gatos no tengan realmente siete vidas y la verdadera intención de Schrödinger fuera derribar ese mito urbano, al emplearlo como sujeto involuntario en su hipótesis. Pero si la incompetencia de uno no lleva aparejada una consecuencia lógica, cabe concluir que ni hay gente capaz ni hay lógica en España. La alarma podrá extinguirse pero forzoso es reconocer que seguiremos instalados en ella, mientras persista este Gobierno en mantenerse contra viento y marea.
El descenso a la “nueva normalidad” sigue trazando un reguero de cifras sangrantes y contradicciones varias. La primera medida del Ejecutivo sanchista fue subir las pensiones un 0’9% en función del IPC y con carácter retroactivo, apenas celebrada su investidura por mayoría simple a principios de enero. Pero, dada la travesía desértica que se nos avecina tras el Covid-19, no descarta congelar las pensiones retributivas y endurecer los requisitos de acceso. Otro probable recorte digno de Jack el Destripador o Eduardo Manostijeras, sólo criticable -según parece- cuando es la derecha quien manda y quien lo emplea.
Quizás Sánchez y sus adláteres malinterpretaran aquella aseveración de Giulio Andreotti durante una conferencia de prensa, en Madrid. Un periodista le preguntó:
-Señor ministro, ¿el poder desgasta?
-Sí, sobre todo cuando no se tiene.
Visto así, pensarán los votantes del PSOE que es mejor malo conocido que bueno por conocer mientras detenten el mando. Siguiendo con ese razonamiento, más vale ser cabeza de ratón que cola de león. Lo consecuente así es que se culpe de horrores y errores propios al chivo expiatorio de turno, o sea, la oposición. Pero no reconocer los propios fallos es perder credibilidad, Rafa Nadal dixit. Nadie da crédito al que lo dilapida, mucho menos con un largo historial para la desconfianza.
Erwin Schrödinger sugirió en 1935 un experimento teórico archiconocido. Si metes un gato en una caja opaca y hay un 50% de probabilidades de liberar dentro de la caja un gas venenoso, el minino no está vivo o muerto sino ambas posibilidades a la vez. Sólo al abrirse la caja y verlo con nuestros propios ojos, las dos alternativas se convierten en una sola realidad. Así confirmaba que la mera observación de un experimento puede alterar su resultado. Tal como hoy hacemos todos, siguiendo con lupa cada movimiento en esta compleja partida que juega -y arbitra- la coalición progre. Donde todos somos peones y donde algunos llegan a coronarse, al otro extremo del tablero, a costa de no pocos cálculos y astucias.
Cuento esto a propósito del estado de alarma, tan indefinible como indefinido y que va por su cuarta prórroga. Hoy todos miramos a la caja tonta, auscultando las entrañas del Congreso, sin saber a ciencia cierta cómo acabará esto. Puede que los gatos no tengan realmente siete vidas y la verdadera intención de Schrödinger fuera derribar ese mito urbano, al emplearlo como sujeto involuntario en su hipótesis. Pero si la incompetencia de uno no lleva aparejada una consecuencia lógica, cabe concluir que ni hay gente capaz ni hay lógica en España. La alarma podrá extinguirse pero forzoso es reconocer que seguiremos instalados en ella, mientras persista este Gobierno en mantenerse contra viento y marea.
El descenso a la “nueva normalidad” sigue trazando un reguero de cifras sangrantes y contradicciones varias. La primera medida del Ejecutivo sanchista fue subir las pensiones un 0’9% en función del IPC y con carácter retroactivo, apenas celebrada su investidura por mayoría simple a principios de enero. Pero, dada la travesía desértica que se nos avecina tras el Covid-19, no descarta congelar las pensiones retributivas y endurecer los requisitos de acceso. Otro probable recorte digno de Jack el Destripador o Eduardo Manostijeras, sólo criticable -según parece- cuando es la derecha quien manda y quien lo emplea.
Quizás Sánchez y sus adláteres malinterpretaran aquella aseveración de Giulio Andreotti durante una conferencia de prensa, en Madrid. Un periodista le preguntó:
-Señor ministro, ¿el poder desgasta?
-Sí, sobre todo cuando no se tiene.
Visto así, pensarán los votantes del PSOE que es mejor malo conocido que bueno por conocer mientras detenten el mando. Siguiendo con ese razonamiento, más vale ser cabeza de ratón que cola de león. Lo consecuente así es que se culpe de horrores y errores propios al chivo expiatorio de turno, o sea, la oposición. Pero no reconocer los propios fallos es perder credibilidad, Rafa Nadal dixit. Nadie da crédito al que lo dilapida, mucho menos con un largo historial para la desconfianza.
















