ESTADO DE ALARMA
Artistas de la supervivencia
Comencé mi paseo diario abstraída en múltiples pensamientos anárquicos. Mi paso iba a velocidad cuchara, como la Thermomix. Me preguntaba si finalmente prosperaría la cuarta prórroga del estado de alarma, como así ha sucedido y cuál será la situación social y económica de mi Zamora tras haber superado durante varios días la cifra de cero muertos. Estas preguntas me iban surgiendo a pesar de mi escepticismo sobre si algo cambiará y por donde aparecerán estos cambios. Quizá se materialicen en nuestra relación con la naturaleza, en nuestra relación con los demás y en nuestra relación con el dinero. Después de la cola que vi en una entidad bancaria de la calle Santa Clara, mis devaneos mentales se centraron en esta última.
Llevaba varios días preguntándome donde se encuentra la línea divisoria entre un rico y un pobre. Hete ahí, que mi monólogo interior iba deglutiendo el último libro leído: El arte de hacer dinero. En él, Mario Borghino, consultor en estrategia y liderazgo empresarial, afirma que lamentablemente un buen número de personas no puede vivir mucho tiempo sin trabajar y centra su esfuerzo en trazar esta diferencia del siguiente modo: el ochenta por ciento de las personas, no puede vivir más de cinco meses sin dar palo al agua porque sus acreedores acabarían embargándole y, el veinte por ciento restante, apenas llegarían a finalizar un año sin tener que hacerlo.
Abstrayéndonos de si estos datos son rigurosamente ciertos o no, o si son aplicables a un solo país o no, o si son extrapolables a muchos de los países desarrollados, lo relevante viene de la mano de preguntarnos por la gran franja mayoritaria, aquella que representa al ochenta por ciento. Da igual que se trate de un trabajador por cuenta ajena que se está incurso en un ERTE o que directamente ha sido despedido. Da igual que se trate de un autónomo que tiene su negocio cerrado y tiene que seguir haciendo frente a sus impuestos y cotizaciones sociales. Da igual que se trate de una empresa con cien trabajadores. Cinco meses y un porcentaje tan alto es mucho y lo es para todos. Ese lapso, en este momento, puede representar subjetivamente una parte importante de nuestra vida., por cuanto la decide. Ciento ochenta días representaría la hipotética y difusa frontera entre la pobreza y la riqueza. Ahora nos asomamos al precipicio de lo que este autor considera inasumible. Ese ochenta por ciento, se acabarán materializando al engrosar cualquier cola que le permita obtener ingresos para subsistir: desde entidades bancarias, hasta administraciones públicas, pasando por ONGs, con parada y fonda en las propias familias. Colas y más colas. Vamos, que lo que nos diferencia a unos de otros, en estos momentos, es quienes pasarán a ensanchar en varios meses el gremio de los artistas de la supervivencia. Ver la luz al final del túnel dependerá del resultado de las negociaciones con Europa y de la rapidez con que nuestros representantes políticos adopten decisiones equitativas para cada españolito medio. De estas interactuaciones dependerá que el artista haga unas cuantas acrobacias o que tenga que enfrentarse a un triple salto mortal sin red social que lo proteja.
Ante semejante horizonte, quizá uno de los cambios venga de la mano de los servicios destinados al cuidado de las personas y de la desintoxicación consumista, discriminando la compra de lo necesario y promoviendo una espiral descendente del gasto corriente individual. Plasmar en la práctica esta idea, implicará el descontento de los señores del gobierno que estén pensando en una posible subida de impuestos por vía indirecta para que el consumidor final siga contribuyendo con su esfuerzo personal a costear la debacle colectiva que tenemos encima. Tal vez, esto suponga pasar de verdad a un nuevo tiempo, a un nuevo paradigma: la transición del consumismo atroz que imperó en el siglo XX ante la disponibilidad ilimitada de bienes en el mercado, a un consumo responsable y, sobre todo, un consumo respetuoso con la naturaleza a la cual pertenecemos. Supongo que la salida vendrá de la mano de encontrar una solución intermedia, entre la sovietización de la economía que algunos pretenden con especial ahínco y el mantenimiento de un neoliberalismo exacerbado. En el medio está la virtud.
Mientras observamos hacia donde se inclina la balanza, convendría realizar autocrítica, analizando las causas del enlentecimiento económico que se inició en España durante 2018 e ir cuestionando el modelo productivo español. Convendría que nos fuésemos preguntando cuantos trabajadores afectados por los ERTES no regresarán a sus puestos de trabajo en idénticas condiciones y cuantos empresarios autónomos no podrán reflotar sus pequeñas empresas. Ellos, se convertirán en artistas de la supervivencia.
¿Seremos más ecológicos y exudaremos más empatía y solidaridad con aquellos que lo necesiten? Ojalá que por ahí vayan los tiros.
Lorena Hernández del Río
Comencé mi paseo diario abstraída en múltiples pensamientos anárquicos. Mi paso iba a velocidad cuchara, como la Thermomix. Me preguntaba si finalmente prosperaría la cuarta prórroga del estado de alarma, como así ha sucedido y cuál será la situación social y económica de mi Zamora tras haber superado durante varios días la cifra de cero muertos. Estas preguntas me iban surgiendo a pesar de mi escepticismo sobre si algo cambiará y por donde aparecerán estos cambios. Quizá se materialicen en nuestra relación con la naturaleza, en nuestra relación con los demás y en nuestra relación con el dinero. Después de la cola que vi en una entidad bancaria de la calle Santa Clara, mis devaneos mentales se centraron en esta última.
Llevaba varios días preguntándome donde se encuentra la línea divisoria entre un rico y un pobre. Hete ahí, que mi monólogo interior iba deglutiendo el último libro leído: El arte de hacer dinero. En él, Mario Borghino, consultor en estrategia y liderazgo empresarial, afirma que lamentablemente un buen número de personas no puede vivir mucho tiempo sin trabajar y centra su esfuerzo en trazar esta diferencia del siguiente modo: el ochenta por ciento de las personas, no puede vivir más de cinco meses sin dar palo al agua porque sus acreedores acabarían embargándole y, el veinte por ciento restante, apenas llegarían a finalizar un año sin tener que hacerlo.
Abstrayéndonos de si estos datos son rigurosamente ciertos o no, o si son aplicables a un solo país o no, o si son extrapolables a muchos de los países desarrollados, lo relevante viene de la mano de preguntarnos por la gran franja mayoritaria, aquella que representa al ochenta por ciento. Da igual que se trate de un trabajador por cuenta ajena que se está incurso en un ERTE o que directamente ha sido despedido. Da igual que se trate de un autónomo que tiene su negocio cerrado y tiene que seguir haciendo frente a sus impuestos y cotizaciones sociales. Da igual que se trate de una empresa con cien trabajadores. Cinco meses y un porcentaje tan alto es mucho y lo es para todos. Ese lapso, en este momento, puede representar subjetivamente una parte importante de nuestra vida., por cuanto la decide. Ciento ochenta días representaría la hipotética y difusa frontera entre la pobreza y la riqueza. Ahora nos asomamos al precipicio de lo que este autor considera inasumible. Ese ochenta por ciento, se acabarán materializando al engrosar cualquier cola que le permita obtener ingresos para subsistir: desde entidades bancarias, hasta administraciones públicas, pasando por ONGs, con parada y fonda en las propias familias. Colas y más colas. Vamos, que lo que nos diferencia a unos de otros, en estos momentos, es quienes pasarán a ensanchar en varios meses el gremio de los artistas de la supervivencia. Ver la luz al final del túnel dependerá del resultado de las negociaciones con Europa y de la rapidez con que nuestros representantes políticos adopten decisiones equitativas para cada españolito medio. De estas interactuaciones dependerá que el artista haga unas cuantas acrobacias o que tenga que enfrentarse a un triple salto mortal sin red social que lo proteja.
Ante semejante horizonte, quizá uno de los cambios venga de la mano de los servicios destinados al cuidado de las personas y de la desintoxicación consumista, discriminando la compra de lo necesario y promoviendo una espiral descendente del gasto corriente individual. Plasmar en la práctica esta idea, implicará el descontento de los señores del gobierno que estén pensando en una posible subida de impuestos por vía indirecta para que el consumidor final siga contribuyendo con su esfuerzo personal a costear la debacle colectiva que tenemos encima. Tal vez, esto suponga pasar de verdad a un nuevo tiempo, a un nuevo paradigma: la transición del consumismo atroz que imperó en el siglo XX ante la disponibilidad ilimitada de bienes en el mercado, a un consumo responsable y, sobre todo, un consumo respetuoso con la naturaleza a la cual pertenecemos. Supongo que la salida vendrá de la mano de encontrar una solución intermedia, entre la sovietización de la economía que algunos pretenden con especial ahínco y el mantenimiento de un neoliberalismo exacerbado. En el medio está la virtud.
Mientras observamos hacia donde se inclina la balanza, convendría realizar autocrítica, analizando las causas del enlentecimiento económico que se inició en España durante 2018 e ir cuestionando el modelo productivo español. Convendría que nos fuésemos preguntando cuantos trabajadores afectados por los ERTES no regresarán a sus puestos de trabajo en idénticas condiciones y cuantos empresarios autónomos no podrán reflotar sus pequeñas empresas. Ellos, se convertirán en artistas de la supervivencia.
¿Seremos más ecológicos y exudaremos más empatía y solidaridad con aquellos que lo necesiten? Ojalá que por ahí vayan los tiros.
Lorena Hernández del Río




















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.180