Eugenio de Ávila
Jueves, 28 de Mayo de 2020
CON LOS CINCO SENTIDOS

Donde termina mi espalda

[Img #39760] Hay un punto concreto de mi anatomía que espera con ansiedad tus manos, esos dedos expertos, suaves y mágicos que, con una gota de sudor después de la batalla, resbalan hasta llegar a mis marmóreos glúteos, donde hallan puerto seguro y ardiente, a la espera, esperada y ansiada... Esos dedos que en tus manos me devuelven la fe en el misterio del cuerpo y su conjunción con la mente. Porque debe de existir un territorio en el que la mente y el cuerpo se alían para yacer en el mismo lecho.

No concibo mayor éxtasis que el de levar mis anclas mentales y corporales hasta llegar a un estadio de levitación mental cercano a la felicidad completa. Empiezas tocando levemente mi rostro, besando mis párpados, mis mejillas nacaradas y mis labios de fresa palpitantes, fundiendo tu sabor con el mío en un único y exquisito plato de deleite compartido. Después, pasas a los lóbulos de mis orejas, esas terminaciones nerviosas que enloquecen al tocarlos, besarlos y oír de tu voz ronca y varonil inquietantes frases con aroma y olor a deseo. Un “Te quiero, te amo y te deseo”, a la vez, lista para enloquecer.

Acto seguido, sucumbes tu yo más profundo en mi cuello, largo y templado, conocido por ti como si fuese el hueco en el que dormitar tu lengua sedienta del sudor de mis adentros hacia afuera. Cuando ya has bebido de mi perfume, bajas con tu mirada a mi torso desnudo y a los dos volcanes que coronan la cima de ambas montañas, idénticas, perfectas y sublimes. Me pierdo, te pierdes…Nos perdemos. El universo da vueltas y ya no para cuando me tocas, cuando me amarras por la cintura y me haces estremecer.

Al final, y sólo entonces, somos uno, fundidos en un solo cuerpo y engarzados por el cordón umbilical de la pasión y el frenesí. Amor compartido, sudor compartido para, finalmente, desatarnos y permanecer inertes en mitad de la cama, a la espera de sosiego y fuerzas renovadas. Cuando descansamos unos segundos, nos miramos y las brasas se vuelven fuego, una vez más. Porque yo bebo de ti y tú bebes de mí para consumirnos juntos una y otra vez, hasta que llega el alba. Y el alba siempre llega para fastidiarlo todo. Porque acaba la noche y empieza el día. Nos miramos, nos besamos y nos despedimos hasta dios sabe cuándo.

La alondra anuncia que llegó el momento de la despedida. El trino de ciertos pájaros, el murmullo de las hojas de los árboles con el viento frío del amanecer, nos despide. Y es entonces cuando pienso en nuestro próximo encuentro. Y me perfumo, y me preparo, y lo asumo. Recordando tus dedos donde termina mi espalda.

Nélida L. del Estal Sastre

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