OPINIÓN
Después de ellos, el diluvio
Óscar de Prada López
En la saga de Harry Potter, el espejo mágico de Oesed mostraba a quien lo mirara el deseo más profundo y desesperado de su corazón. Imagino que Pablo Iglesias, en su momento, se vería a sí mismo dentro del chalet de Galapagar y escoltado por la Guardia Civil. La misma a la que explotan y cercan desde este Gobierno dedócrata, con eufemismos dignos de una novela orwelliana (“reconstrucción de nuevos equipos y dentro del ámbito de máximo confianza que todo dirigente político plantea”). Otra cosa es que la Benemérita plantee inconveniencias, respecto a si es digno de confianza ese político que ata y desata. Gran dilema entre la población es distinguir en el ministro de Interior qué ostenta mayor tamaño: su segundo apellido o su desfachatez. Ni John Rambo estuvo más acorralado que Grande-Marlaska, a estas alturas. A cazador cazado, juez juzgado... o no.
Con Sánchez, aprendes sí o sí a desconfiar de lo que inspira confianza a quien no es de fiar. No por rodearte de expertos en situaciones límite te vuelves uno de ellos; si el hábito no hace al fraile, tampoco el traje vuelve respetable al irrespestuoso. Cuando el Gobierno pierde la capacidad de hacerse respetar, es lógico y consecuente que se atrevan a mesarle la barba y se avenga a poner la otra mejilla ante ERC, PNV o Bildu. No la propia sino la ajena, no con humildad franciscana sino por cálculo humillante. Ni rédito ni crédito puede producir una coalición tan empeñada en perpetuarse que se vuelve acreedora a una cadena perpetua. Mala memoria deja quien busca para sí una gloria inmerecida.
Si el Lazarillo de Tormes es un antihéroe literario de tomo y lomo, la hidra regente es el antihéroe político por antonomasia. ¿O debería decir 'antiheroína política' en estos tiempos de todos y todas y todes? No parece posible que resurja el socialismo responsable de los años 80, con el Fénix de los Ingenuos dilapidando su imagen para los restos. Las redes sociales recordaban estos días unas palabras proféticas de Rubalcaba, a propósito de los compañeros de cama que se ha buscado Sánchez: "Imagínese la que tendríamos montada si hubiéramos ido a una investidura con el apoyo de Podemos (...) y de los independentistas (...) ¿qué estaríamos diciendo a los españoles? Es que gobernar España es muy complicado y exige apoyos parlamentarios sólidos. Si quieres hacer un buen Gobierno. Si quieres chapucear (...)". Ahora vas y lo cascas.
Escribió otro Fénix, el de los Ingenios: "(...) antiguamente se fue la verdad al cielo, tal la pusieron los hombres que desde entonces no ha vuelto". Difícil parece que vuelva, habida cuenta de quiénes afirman emplearla desde sus altas instancias. Si vivimos un bulo colosal, semejante a un castillo de naipes elevado en el aire, uno se pregunta a qué esperamos para soplar. Si contienes la respiración, te vuelves sucesivamente rojo y morado hasta acabar ceniciento. Así, sin aliento ni empleo ni ganas de nada salvo de paguita, nos quieren por estos lares. Perdido el resuello, ¿quién no salvaría su cuello aferrándose incluso al clavo ardiendo que les tienden Podemos y PSOE? Las promesas siempre fueron sutiles flautas para cautivar las almas currantes y ganarse estómagos agradecidos. Ya advertía Ibáñez que no es lo mismo lanzar bolas en la mesa de billar que desde el estrado. Para ciertas carambolas antinatura, siempre se requirió echarle más cara que imaginación.
En la saga de Harry Potter, el espejo mágico de Oesed mostraba a quien lo mirara el deseo más profundo y desesperado de su corazón. Imagino que Pablo Iglesias, en su momento, se vería a sí mismo dentro del chalet de Galapagar y escoltado por la Guardia Civil. La misma a la que explotan y cercan desde este Gobierno dedócrata, con eufemismos dignos de una novela orwelliana (“reconstrucción de nuevos equipos y dentro del ámbito de máximo confianza que todo dirigente político plantea”). Otra cosa es que la Benemérita plantee inconveniencias, respecto a si es digno de confianza ese político que ata y desata. Gran dilema entre la población es distinguir en el ministro de Interior qué ostenta mayor tamaño: su segundo apellido o su desfachatez. Ni John Rambo estuvo más acorralado que Grande-Marlaska, a estas alturas. A cazador cazado, juez juzgado... o no.
Con Sánchez, aprendes sí o sí a desconfiar de lo que inspira confianza a quien no es de fiar. No por rodearte de expertos en situaciones límite te vuelves uno de ellos; si el hábito no hace al fraile, tampoco el traje vuelve respetable al irrespestuoso. Cuando el Gobierno pierde la capacidad de hacerse respetar, es lógico y consecuente que se atrevan a mesarle la barba y se avenga a poner la otra mejilla ante ERC, PNV o Bildu. No la propia sino la ajena, no con humildad franciscana sino por cálculo humillante. Ni rédito ni crédito puede producir una coalición tan empeñada en perpetuarse que se vuelve acreedora a una cadena perpetua. Mala memoria deja quien busca para sí una gloria inmerecida.
Si el Lazarillo de Tormes es un antihéroe literario de tomo y lomo, la hidra regente es el antihéroe político por antonomasia. ¿O debería decir 'antiheroína política' en estos tiempos de todos y todas y todes? No parece posible que resurja el socialismo responsable de los años 80, con el Fénix de los Ingenuos dilapidando su imagen para los restos. Las redes sociales recordaban estos días unas palabras proféticas de Rubalcaba, a propósito de los compañeros de cama que se ha buscado Sánchez: "Imagínese la que tendríamos montada si hubiéramos ido a una investidura con el apoyo de Podemos (...) y de los independentistas (...) ¿qué estaríamos diciendo a los españoles? Es que gobernar España es muy complicado y exige apoyos parlamentarios sólidos. Si quieres hacer un buen Gobierno. Si quieres chapucear (...)". Ahora vas y lo cascas.
Escribió otro Fénix, el de los Ingenios: "(...) antiguamente se fue la verdad al cielo, tal la pusieron los hombres que desde entonces no ha vuelto". Difícil parece que vuelva, habida cuenta de quiénes afirman emplearla desde sus altas instancias. Si vivimos un bulo colosal, semejante a un castillo de naipes elevado en el aire, uno se pregunta a qué esperamos para soplar. Si contienes la respiración, te vuelves sucesivamente rojo y morado hasta acabar ceniciento. Así, sin aliento ni empleo ni ganas de nada salvo de paguita, nos quieren por estos lares. Perdido el resuello, ¿quién no salvaría su cuello aferrándose incluso al clavo ardiendo que les tienden Podemos y PSOE? Las promesas siempre fueron sutiles flautas para cautivar las almas currantes y ganarse estómagos agradecidos. Ya advertía Ibáñez que no es lo mismo lanzar bolas en la mesa de billar que desde el estrado. Para ciertas carambolas antinatura, siempre se requirió echarle más cara que imaginación.



















