NOCTURNOS
Tangente del amor
Quizá ya no tenga derecho a amarte y tú te hayas prohibido quererme. Yo pasé por tu vida. La toqué. Fui como una tangente matemática que se deslizó por la superficie de tu vida, o una tangente de trigonometría, la razón entre el cateto opuesto de tu deseo y el adyacente de la realidad. No dejé nada dentro de tus tres dimensiones. Tu cerebro me olvidará en cualquier pesadilla nocturna. No me valieron ni las palabras ni los gestos, ni la prosa lírica ni los detalles de caballero medieval para seducirte.
Apostaba por ti para que te convirtieras en la última dama de mi muerte, la que me acompañase en ese tránsito hacia la nada por el que camino; la que tocase mis párpados para acostarlos sobre mis ojos ciegos; con la que celebrar, cuerpo a cuerpo, piel con piel, el misterio del placer que provoca el amor.
Te soñé despierto y alguna vez también te me apareciste cuando debatía con Morfeo sobre tomar alguna infusión para dormir como un niño. Y te amé. Y gocé como si hubiese celebrado una ceremonia religiosa en el altar de tu carne, en el ara de tus entrañas. Alcancé el nirvana contigo en un sueño nocturno de primavera. Desperté. Y no se ha vuelto a repetir aquella cópula de la ensoñación, idealizada, húmeda, derramada sobre mi frustración.
Y, sin decir adiós, me iré al alba para caminar solo el trayecto queme separa de la estupidez de la vida, del engaño de amar.
Eugenio-Jesús de Ávila
Quizá ya no tenga derecho a amarte y tú te hayas prohibido quererme. Yo pasé por tu vida. La toqué. Fui como una tangente matemática que se deslizó por la superficie de tu vida, o una tangente de trigonometría, la razón entre el cateto opuesto de tu deseo y el adyacente de la realidad. No dejé nada dentro de tus tres dimensiones. Tu cerebro me olvidará en cualquier pesadilla nocturna. No me valieron ni las palabras ni los gestos, ni la prosa lírica ni los detalles de caballero medieval para seducirte.
Apostaba por ti para que te convirtieras en la última dama de mi muerte, la que me acompañase en ese tránsito hacia la nada por el que camino; la que tocase mis párpados para acostarlos sobre mis ojos ciegos; con la que celebrar, cuerpo a cuerpo, piel con piel, el misterio del placer que provoca el amor.
Te soñé despierto y alguna vez también te me apareciste cuando debatía con Morfeo sobre tomar alguna infusión para dormir como un niño. Y te amé. Y gocé como si hubiese celebrado una ceremonia religiosa en el altar de tu carne, en el ara de tus entrañas. Alcancé el nirvana contigo en un sueño nocturno de primavera. Desperté. Y no se ha vuelto a repetir aquella cópula de la ensoñación, idealizada, húmeda, derramada sobre mi frustración.
Y, sin decir adiós, me iré al alba para caminar solo el trayecto queme separa de la estupidez de la vida, del engaño de amar.
Eugenio-Jesús de Ávila















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