NOCTURNOS
Hacerte el amor a la luz de la luna
Nunca acaricié la suavidad de tu pubis, ni hollé las cumbres de tus senos, ni circundé el cráter de tu ombligo con mis dedos; pero lamí tu seso, lo acaricié, me hipnotizó y me enamoraste. Y, supe siempre que jamás ese deseo sexual se transformaría en realidad. Estuviste. Ya no eres. Pasaste por mi vida. Pudiste haber sido y ya no.
Me perdí en el camino que conducía a tu cuerpo. Me extravió tu talento, tu clase, tu elegancia. Ya no volveré. A mi edad, un amor platónico no ha lugar. Necesito piel. Anhelo la epidermis de tu espalda para pintarla de besos, para recorrerlas con mis caricias. Querría comerte los labios, fresas de carne, con la leche de mis dientes…
Y me he puesto a olvidar tu voz, tu prestancia al caminar, tu sonrisa infantil, tu rostro con un cierto toque oriental, toda tu globalidad. Y, como no te veo, no te huelo, no te percibo, ni tan si quiera mi intuyo, me salvaré de tu belleza, de ese desdén con que me solías tratar, de la escarcha con la que recibías mis encuentros.
Ni mi voz fue para ti, ni mi mente logró enamorarte. Extraño final para una relación que careció de un principio. No estaba preparado para hacer el amor con la cara oculta de la Luna. Pasaste por mi vida, como yo entré en la tuya, sin darme cuenta, sin casi quererlo, como un capricho del destino. Fuiste una figura de papiroflexia sexual.
Eugenio-Jesús de Ávila
Nunca acaricié la suavidad de tu pubis, ni hollé las cumbres de tus senos, ni circundé el cráter de tu ombligo con mis dedos; pero lamí tu seso, lo acaricié, me hipnotizó y me enamoraste. Y, supe siempre que jamás ese deseo sexual se transformaría en realidad. Estuviste. Ya no eres. Pasaste por mi vida. Pudiste haber sido y ya no.
Me perdí en el camino que conducía a tu cuerpo. Me extravió tu talento, tu clase, tu elegancia. Ya no volveré. A mi edad, un amor platónico no ha lugar. Necesito piel. Anhelo la epidermis de tu espalda para pintarla de besos, para recorrerlas con mis caricias. Querría comerte los labios, fresas de carne, con la leche de mis dientes…
Y me he puesto a olvidar tu voz, tu prestancia al caminar, tu sonrisa infantil, tu rostro con un cierto toque oriental, toda tu globalidad. Y, como no te veo, no te huelo, no te percibo, ni tan si quiera mi intuyo, me salvaré de tu belleza, de ese desdén con que me solías tratar, de la escarcha con la que recibías mis encuentros.
Ni mi voz fue para ti, ni mi mente logró enamorarte. Extraño final para una relación que careció de un principio. No estaba preparado para hacer el amor con la cara oculta de la Luna. Pasaste por mi vida, como yo entré en la tuya, sin darme cuenta, sin casi quererlo, como un capricho del destino. Fuiste una figura de papiroflexia sexual.
Eugenio-Jesús de Ávila














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