SAN PEDRO
El barro ausente
"Los cacharros, que decíamos de chavales, cumplieron con creces su misión. Con la llegada del frio domesticado y del aire prefabricado por gas, ¡qué cosas!, han quedado solamente para ser adorno de rinconeras, memorial de estanterías, aderezo de mesas y hornacinas"
No tenemos fiestas ni las debemos tener por el bien de todos. Pero el barro sigue ahí, siempre, día a día, año tras año, surgido de las mesetas onduladas de Aliste o de la llanura sosegada de Sayago, desde el tiempo aquel en el que el hombre inició la gran aventura de amasar la arcilla. Hoy quiero recordarlos, en este día en que, desde hace casi cincuenta años ya, aparecen en la plaza de Viriato, para anunciar el estío que llega siempre cargado a las espaldas de San Pedro, rendir pleitesía a sus dioses del agua y del fuego, y, sobre todo, para reivindicar para Zamora, de la que nace, un lugar de honor en la alfarería tradicional de España. Nuestra cerámica, sin perfiles ni trazos ni tinturas, es una parábola de la sencillez, hecha solo con el color desnudo de la tierra, moldeado con las manos maestras del alfarero en la danza del torno. Es una alegoría de esta tierra, ataviada de natural y campesina artesanía.
Hoy día están en el estante, en la alacena o en la banqueta, muchos de ellos desvalijados ya de su oficio, indispensables en los tiempos pretéritos del verano de antaño cuando el hielo en barras iba de casa en casa sobre las espaldas ensacadas de los mozos de carga, llenos sus carros de la mercancía que se deshilachaba poco a poco por las calles, dejando un rastro aguanoso a su paso. Me viene a la memoria aquel tiempo, cuando la fresquera era el único mueble, ensortijado de alambres, que impedía a las moscas saciar su apetito y atrapaba el frescor recogido durante la noche en la galería. Escribo de los botijos y los cántaros, cántaras y tinajas, que eran el alivio de tanta calorina en el campo o en el taller. Un sabor a gloria aquel chorro de vida que salía del pitorro cuando llegábamos de la escuela. En los pueblos, entre el cántaro y la fuente, en el diario acarreo indispensable del agua, nacieron amores y sueños, desvanecidos por la ausencia temprana de quienes buscaron un destino bien diferente a aquel. ¡Cuántos cántaros e ilusiones se rompieron entonces!
Los cacharros, que decíamos de chavales, cumplieron con creces su misión. Con la llegada del frio domesticado y del aire prefabricado por gas, ¡qué cosas!, han quedado solamente para ser adorno de rinconeras, memorial de estanterías, aderezo de mesas y hornacinas. En otros casos, llenas sus panzas de tierra fértil y mutiladas sus gargantas, ven florecer geranios, coleos y hortensias y hasta cintas, potos y sansevierias. Son ánforas de ornato las que antaño eran pura necesidad, pero así es la vida. Hoy ese barro, para seguir siendo fiel a su origen del agua, se ha refugiado en las bodegas, en los patios solariegos, en algunas despensas y sótanos, allá donde el agua reposa y apaña el frescor natural de la casa. Hoy el barro más provechoso sigue casado con el fuego y modela los pucheros, ollas y cazuelas que rinden tributo a los platos más populares de esta tierra. Es en ellos, en sus vientres de tierra cocida, donde las carnes, las legumbres y los pescados encuentran el más puro sentido del gusto, que no tiene secretos para las manos diestras de tanta buena gente cocinera. Por unos y por otros, por todos los cacharros de nuestros pueblos de Moveros y Pereruela, escribo hoy estas líneas ya que no saldrán estos días hasta la plaza de Viriato para invitarnos a la consagrada celebración de la cerámica y, de paso, a soñar con aquel tiempo, resguardado ya tan sólo en la memoria.
Luis Fellipe Delgado de Castro
No tenemos fiestas ni las debemos tener por el bien de todos. Pero el barro sigue ahí, siempre, día a día, año tras año, surgido de las mesetas onduladas de Aliste o de la llanura sosegada de Sayago, desde el tiempo aquel en el que el hombre inició la gran aventura de amasar la arcilla. Hoy quiero recordarlos, en este día en que, desde hace casi cincuenta años ya, aparecen en la plaza de Viriato, para anunciar el estío que llega siempre cargado a las espaldas de San Pedro, rendir pleitesía a sus dioses del agua y del fuego, y, sobre todo, para reivindicar para Zamora, de la que nace, un lugar de honor en la alfarería tradicional de España. Nuestra cerámica, sin perfiles ni trazos ni tinturas, es una parábola de la sencillez, hecha solo con el color desnudo de la tierra, moldeado con las manos maestras del alfarero en la danza del torno. Es una alegoría de esta tierra, ataviada de natural y campesina artesanía.
Hoy día están en el estante, en la alacena o en la banqueta, muchos de ellos desvalijados ya de su oficio, indispensables en los tiempos pretéritos del verano de antaño cuando el hielo en barras iba de casa en casa sobre las espaldas ensacadas de los mozos de carga, llenos sus carros de la mercancía que se deshilachaba poco a poco por las calles, dejando un rastro aguanoso a su paso. Me viene a la memoria aquel tiempo, cuando la fresquera era el único mueble, ensortijado de alambres, que impedía a las moscas saciar su apetito y atrapaba el frescor recogido durante la noche en la galería. Escribo de los botijos y los cántaros, cántaras y tinajas, que eran el alivio de tanta calorina en el campo o en el taller. Un sabor a gloria aquel chorro de vida que salía del pitorro cuando llegábamos de la escuela. En los pueblos, entre el cántaro y la fuente, en el diario acarreo indispensable del agua, nacieron amores y sueños, desvanecidos por la ausencia temprana de quienes buscaron un destino bien diferente a aquel. ¡Cuántos cántaros e ilusiones se rompieron entonces!
Los cacharros, que decíamos de chavales, cumplieron con creces su misión. Con la llegada del frio domesticado y del aire prefabricado por gas, ¡qué cosas!, han quedado solamente para ser adorno de rinconeras, memorial de estanterías, aderezo de mesas y hornacinas. En otros casos, llenas sus panzas de tierra fértil y mutiladas sus gargantas, ven florecer geranios, coleos y hortensias y hasta cintas, potos y sansevierias. Son ánforas de ornato las que antaño eran pura necesidad, pero así es la vida. Hoy ese barro, para seguir siendo fiel a su origen del agua, se ha refugiado en las bodegas, en los patios solariegos, en algunas despensas y sótanos, allá donde el agua reposa y apaña el frescor natural de la casa. Hoy el barro más provechoso sigue casado con el fuego y modela los pucheros, ollas y cazuelas que rinden tributo a los platos más populares de esta tierra. Es en ellos, en sus vientres de tierra cocida, donde las carnes, las legumbres y los pescados encuentran el más puro sentido del gusto, que no tiene secretos para las manos diestras de tanta buena gente cocinera. Por unos y por otros, por todos los cacharros de nuestros pueblos de Moveros y Pereruela, escribo hoy estas líneas ya que no saldrán estos días hasta la plaza de Viriato para invitarnos a la consagrada celebración de la cerámica y, de paso, a soñar con aquel tiempo, resguardado ya tan sólo en la memoria.
Luis Fellipe Delgado de Castro





















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