NOCTURNOS
No soy nada
Que cualquier mujer se sienta amada por un hombre como yo, maduro, fuera del tiempo, romántico, le debe traer sin cuidado, lo considerará como una querencia sin importancia. Me he vuelto invisible. No soy nada. Me he convertido en una vulgaridad humana, en una excrecencia de hombre, en un libro de carne en el que se escribe mi historia de libertino barroco, de seductor que tuvo un principio y un fin.
No me resulta extraño que Carlota me preste escasa atención, que no se sienta plena sabiendo que la adoro, que le importe un comino que me inspire, que le describa todos los días mis sentimientos sobre su persona. Soy para ella como una gota de lluvia en una borrasca atlántica, que moja, pero pasa desapercibida; que molesta, que no se estima, que forma parte de la masa húmeda que una nube de otoño consideró devolver a la tierra, que nunca formó parte de un río, ni tan si quiera afluente, ni pobre charco.
Sí, amor, me miraste, pero no me viste; te hablé, pero mis palabras causaron molestias en tus tímpanos; caminabas a mi lado, pero no sentías mis pasos; tus diálogos se convertían en soliloquios cuando anhelaba conversar contigo. Pasé por tu vida, pero mi legado lo olvidaste a la vuelta de un minuto en el reloj de tu vida.
Te amé, y quizá te amaré el resto de lo que me quede de camino hacia la nada. Pero la poca inteligencia que sobrevive entre las circunvalaciones de mi cerebro, me prohíbe volver a verte, a sentirte, a amarte. Tú cambiaste el final de mi vida. Me extrajiste de la ataraxia para conducirme a la pasión, a padecer por amar sin ser amado.
Eugenio-Jesús de Ávila
Que cualquier mujer se sienta amada por un hombre como yo, maduro, fuera del tiempo, romántico, le debe traer sin cuidado, lo considerará como una querencia sin importancia. Me he vuelto invisible. No soy nada. Me he convertido en una vulgaridad humana, en una excrecencia de hombre, en un libro de carne en el que se escribe mi historia de libertino barroco, de seductor que tuvo un principio y un fin.
No me resulta extraño que Carlota me preste escasa atención, que no se sienta plena sabiendo que la adoro, que le importe un comino que me inspire, que le describa todos los días mis sentimientos sobre su persona. Soy para ella como una gota de lluvia en una borrasca atlántica, que moja, pero pasa desapercibida; que molesta, que no se estima, que forma parte de la masa húmeda que una nube de otoño consideró devolver a la tierra, que nunca formó parte de un río, ni tan si quiera afluente, ni pobre charco.
Sí, amor, me miraste, pero no me viste; te hablé, pero mis palabras causaron molestias en tus tímpanos; caminabas a mi lado, pero no sentías mis pasos; tus diálogos se convertían en soliloquios cuando anhelaba conversar contigo. Pasé por tu vida, pero mi legado lo olvidaste a la vuelta de un minuto en el reloj de tu vida.
Te amé, y quizá te amaré el resto de lo que me quede de camino hacia la nada. Pero la poca inteligencia que sobrevive entre las circunvalaciones de mi cerebro, me prohíbe volver a verte, a sentirte, a amarte. Tú cambiaste el final de mi vida. Me extrajiste de la ataraxia para conducirme a la pasión, a padecer por amar sin ser amado.
Eugenio-Jesús de Ávila














Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.112