DENUNCIAS
Resaltes en la calzada: ineficaces y problemáticos
Desde su colocación, no han procedido a renovarse a pesar de su evidente necesidad
Somos así: ante cualquier indicación eludimos simplemente seguirla. Cierto que no todos actúan, o actuamos, de la misma manera, pero aun siendo pocos los que se saltan las normas porque le apetece, obligan a la administración a tener que adoptar medidas más contundentes, para conseguir el cumplimiento de lo establecido. Medidas que afectan a todos, a los cumplidores y a los que no lo son tanto.
Cuando la limitación de velocidad en determinadas vías, no era muy respetada y había motivos, para que lo fuese, podría ser un cruce de peatones, la proximidad de un colegio, o un punto negro de accidentes, se buscaron soluciones. Aun existiendo otros medios, la opción más extendida fue la de colocar donde parecían necesitarse, reductores de velocidad. Esas bandas de goma de pocos centímetros de altura, de un lado a otro de la calzada. Consiguieron que los coches obligatoriamente fueran más despacio a partir del punto de su colocación. De eficacia indudable, pero también con muchos inconvenientes asociados. Incomodos para los pasajeros, que sufrían un pequeño bote al rebasarlos; peligrosos para ciclos y motos por provocar caídas, y molesto para los vecinos de la zona, que tuvieron que acostumbrase al continuo y repetitivo sonido, que a muchos impedía conciliar el sueño.
Demasiados inconvenientes, para seguir apostando por ellos. Los pasos peatonales elevados, más llevaderos para los conductores, paulatinamente los fueron sustituyendo. Pero algún resalte queda en las calzadas de nuestra ciudad. Y, si bien cuando se colocaron, se conocía que tenían, como tantas otras cosas una duración limitada y que pasado un tiempo debían ser repuestos, tal no ha sido el caso.
Ha, lomos de burro como son conocidos que, por su estado, sirven para bien poco. Algunas de las piezas que lo componen han desaparecido, otras están tan deterioradas que levantan poco del suelo, con lo que difícilmente pueden cumplir su misión. Con lo cua,l debe de plantearse su renovación o bien su retirada y la búsqueda de otras opciones que consigan reducir la velocidad de los vehículos en determinados puntos.
Manuel Herrero Alonso
Somos así: ante cualquier indicación eludimos simplemente seguirla. Cierto que no todos actúan, o actuamos, de la misma manera, pero aun siendo pocos los que se saltan las normas porque le apetece, obligan a la administración a tener que adoptar medidas más contundentes, para conseguir el cumplimiento de lo establecido. Medidas que afectan a todos, a los cumplidores y a los que no lo son tanto.
Cuando la limitación de velocidad en determinadas vías, no era muy respetada y había motivos, para que lo fuese, podría ser un cruce de peatones, la proximidad de un colegio, o un punto negro de accidentes, se buscaron soluciones. Aun existiendo otros medios, la opción más extendida fue la de colocar donde parecían necesitarse, reductores de velocidad. Esas bandas de goma de pocos centímetros de altura, de un lado a otro de la calzada. Consiguieron que los coches obligatoriamente fueran más despacio a partir del punto de su colocación. De eficacia indudable, pero también con muchos inconvenientes asociados. Incomodos para los pasajeros, que sufrían un pequeño bote al rebasarlos; peligrosos para ciclos y motos por provocar caídas, y molesto para los vecinos de la zona, que tuvieron que acostumbrase al continuo y repetitivo sonido, que a muchos impedía conciliar el sueño.
Demasiados inconvenientes, para seguir apostando por ellos. Los pasos peatonales elevados, más llevaderos para los conductores, paulatinamente los fueron sustituyendo. Pero algún resalte queda en las calzadas de nuestra ciudad. Y, si bien cuando se colocaron, se conocía que tenían, como tantas otras cosas una duración limitada y que pasado un tiempo debían ser repuestos, tal no ha sido el caso.
Ha, lomos de burro como son conocidos que, por su estado, sirven para bien poco. Algunas de las piezas que lo componen han desaparecido, otras están tan deterioradas que levantan poco del suelo, con lo que difícilmente pueden cumplir su misión. Con lo cua,l debe de plantearse su renovación o bien su retirada y la búsqueda de otras opciones que consigan reducir la velocidad de los vehículos en determinados puntos.
Manuel Herrero Alonso






















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