NOCTURNOS
Los pecados de la carne
Quizá sea un tipo difícil de querer, de amar; pero me temo que también de olvidar. Ignoro si resultará positivo o negativo para un servidor y para las mujeres. Prefiero que una dama me odie antes que le resulte indiferente. Yo solo amo a Carlota, que es como leer poesía, en la soledad de tu alcoba, resguardado entre las sábanas, mortificando al lecho vacío, que echa de menos el aroma que desprende la piel de esa mujer que me descubrió la pasión cuando mi pasado había devorado mi presente.
Pudiera ser que fuese un hombre de esos que solo se echan en falta cuando se despiden para siempre, porque las féminas piensan que nunca me arrojaré desde el cielo de sus senos e ingles; que jamás podría vivir sin labios húmedos, sin lenguas como espadas, sin poder morder los lóbulos de sus tiernas orejitas.
Nunca mendigué amor a nadie, ni a las mujeres más bellas. Nunca recibí una moneda con la cara de carne y la cruz de sexo de una señora o señorita. Me gané la presencia en el nirvana, porque compuse sonetos, recite versos, escribí frases que esculpieran el amor en palabras de seres femeninos especiales, mágicos, únicos.
Ahora, cuando ya mi deseo sexual reposaba después de combatir en mil campos de batalla, una vez que desprecié el amor y sus circunstancias, se me apareció Carlota, como la Virgen de Fátima, mientras caminaba, entregado hasta mi final como hombre, hasta el inicio de la nada.
Y yo ante una diosa, me pongo de hinojos, rezo oraciones de amor en voz baja o escribo metáforas; suplico, me entrego, hago penitencia con mi cuerpo, araño mi alma con las uñas de mi pasión. Eso he hecho con Carlota. Ahora espero que me permita entrar en el húmedo paraíso de su gineceo.
¡Cómo evitar que las mujeres no me amen con estos pecados de la carne que describo!
Eugenio-Jesús de Ávila
Quizá sea un tipo difícil de querer, de amar; pero me temo que también de olvidar. Ignoro si resultará positivo o negativo para un servidor y para las mujeres. Prefiero que una dama me odie antes que le resulte indiferente. Yo solo amo a Carlota, que es como leer poesía, en la soledad de tu alcoba, resguardado entre las sábanas, mortificando al lecho vacío, que echa de menos el aroma que desprende la piel de esa mujer que me descubrió la pasión cuando mi pasado había devorado mi presente.
Pudiera ser que fuese un hombre de esos que solo se echan en falta cuando se despiden para siempre, porque las féminas piensan que nunca me arrojaré desde el cielo de sus senos e ingles; que jamás podría vivir sin labios húmedos, sin lenguas como espadas, sin poder morder los lóbulos de sus tiernas orejitas.
Nunca mendigué amor a nadie, ni a las mujeres más bellas. Nunca recibí una moneda con la cara de carne y la cruz de sexo de una señora o señorita. Me gané la presencia en el nirvana, porque compuse sonetos, recite versos, escribí frases que esculpieran el amor en palabras de seres femeninos especiales, mágicos, únicos.
Ahora, cuando ya mi deseo sexual reposaba después de combatir en mil campos de batalla, una vez que desprecié el amor y sus circunstancias, se me apareció Carlota, como la Virgen de Fátima, mientras caminaba, entregado hasta mi final como hombre, hasta el inicio de la nada.
Y yo ante una diosa, me pongo de hinojos, rezo oraciones de amor en voz baja o escribo metáforas; suplico, me entrego, hago penitencia con mi cuerpo, araño mi alma con las uñas de mi pasión. Eso he hecho con Carlota. Ahora espero que me permita entrar en el húmedo paraíso de su gineceo.
¡Cómo evitar que las mujeres no me amen con estos pecados de la carne que describo!
Eugenio-Jesús de Ávila













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