DENUNCIAS
Siguen grafiteando en el Puente de Hierro
Demostrada ineficacia de los carteles indicativos de zona videovigilada
Cansados de tener en el corral de casa una higuera y de no poder disfrutar de sus frutos, porque llegada la temporada los pardales, gorriones para los castellanos, dejaban pocos higos sanos y, prácticamente, acababan con todas las escasas brevas del árbol, decidieron poner remedio.
Bastó colocar un armazón de madera, en forma de cruz, vestido con una vieja camisa sobre el que se elevaba un sombrero de paja, para que los pájaros, creyendo la presencia de una persona, ni se acercaran.
Pero, pasados unos días, al comprobar la inmovilidad de aquel espantapájaros, no sin cierto respeto, fueron aproximándose progresivamente hasta sus ramas. No tardaron, primero, en posarse, después, en revolotear entre las hojas y, cómo no, volvieron sin temor alguno a picotear los higos.
Toda la pasarela peatonal del puente de Hierro se encontraba llena de pintadas, lo mismo los metacrilatos de los laterales, alguno también roto, que los pasamanos sobre ellos, que las vigas sostenedoras del puente, que las tablas del piso. En un momento determinado, acertadamente, desde el Ayuntamiento se decidió poner remedio a la situación.
Aunque nunca se llegaron a reponer las papeleras que habían desaparecido, se cambiaron los vidrios rotos, se limpiaron todos los grafitis y, tanto en los accesos como en los miradores, se colocaron carteles que advertían que es una zona videovigilada, aparte de otras consideraciones legales, para no incurrir en incumplimientos manifiestamente.
Junto a ello, se realizó una campaña informativa de la nueva situación del puente, pretendiendo, con ello, disuadir a los vándalos de realizar fechorías en el viaducto.
A pesar de no existir cámaras a la vista, ni siquiera instalaron unas de pega, durante un tiempo dejaron de aparecer pintadas en la pasarela.
Bastó, la colocación de media docena de carteles amarillos y negros, sujetos con unas simples bridas para proteger la pasarela de actos vandálicos de una u otra consideración.
Pero el tiempo pasa y, en vista de que por hacer un garabato en un mirador al río, en el puente, nada pasó al autor, permaneciendo la prueba, que sirvió para animar a otros a realizar sus propias pintadas. Unas más grandes, otras no tanto, en las chapas, en las vigas, en los cristales y hasta en las tablas de la pasarela. Incluso a pocos centímetros de los carteles disuasorios, que siguen indicando que se trata de una zona videovigilada. No lo parece.
Cansados de tener en el corral de casa una higuera y de no poder disfrutar de sus frutos, porque llegada la temporada los pardales, gorriones para los castellanos, dejaban pocos higos sanos y, prácticamente, acababan con todas las escasas brevas del árbol, decidieron poner remedio.
Bastó colocar un armazón de madera, en forma de cruz, vestido con una vieja camisa sobre el que se elevaba un sombrero de paja, para que los pájaros, creyendo la presencia de una persona, ni se acercaran.
Pero, pasados unos días, al comprobar la inmovilidad de aquel espantapájaros, no sin cierto respeto, fueron aproximándose progresivamente hasta sus ramas. No tardaron, primero, en posarse, después, en revolotear entre las hojas y, cómo no, volvieron sin temor alguno a picotear los higos.
Toda la pasarela peatonal del puente de Hierro se encontraba llena de pintadas, lo mismo los metacrilatos de los laterales, alguno también roto, que los pasamanos sobre ellos, que las vigas sostenedoras del puente, que las tablas del piso. En un momento determinado, acertadamente, desde el Ayuntamiento se decidió poner remedio a la situación.
Aunque nunca se llegaron a reponer las papeleras que habían desaparecido, se cambiaron los vidrios rotos, se limpiaron todos los grafitis y, tanto en los accesos como en los miradores, se colocaron carteles que advertían que es una zona videovigilada, aparte de otras consideraciones legales, para no incurrir en incumplimientos manifiestamente.
Junto a ello, se realizó una campaña informativa de la nueva situación del puente, pretendiendo, con ello, disuadir a los vándalos de realizar fechorías en el viaducto.
A pesar de no existir cámaras a la vista, ni siquiera instalaron unas de pega, durante un tiempo dejaron de aparecer pintadas en la pasarela.
Bastó, la colocación de media docena de carteles amarillos y negros, sujetos con unas simples bridas para proteger la pasarela de actos vandálicos de una u otra consideración.
Pero el tiempo pasa y, en vista de que por hacer un garabato en un mirador al río, en el puente, nada pasó al autor, permaneciendo la prueba, que sirvió para animar a otros a realizar sus propias pintadas. Unas más grandes, otras no tanto, en las chapas, en las vigas, en los cristales y hasta en las tablas de la pasarela. Incluso a pocos centímetros de los carteles disuasorios, que siguen indicando que se trata de una zona videovigilada. No lo parece.




















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