NOCTURNOS
¡Mastícame, Carlota, digiéreme!
Ya no creía en Dios cuando la conocía a ella, una diosa. No me ha dado la vida, pero me devolvió la ilusión. Ahora le rezo con cartas que escribo cuando me encuentro solo en mi casa, en compañía de mi can, un ser humano que ladra; mi soledad, una hetera que se ha encaprichado de mí, y mi sombra, que sale al balcón buscando un rayo de luna para sentirse amada.
Carlota me excita con esa perfecta distribución de su carne sobre su esqueleto. Ella es voluptuosidad lírica, arquitectura del sexo, senos galácticos, de Vía Láctea y polvo de nebulosas. Si no la amas, cometerás un pecado mortal, que no perdonaría Apolo. Sabe que, cuando su perfume penetra en los poros de mi piel, me enardece, me enciende. Cuando regreso a mi rutina, mientras vago camino a mi casa, me convierto en Fausto: intento un trueque eterno con Mefisto, le regalo mi alma por amor, por amar a Margarita, mi Carlota, mi razón para seguir sintiéndome hombre.
Y ella ignora que renuncio a su propiedad, la deseo libérrima, anhelo que me devore, que me engulla por completo, que me mastique con sus dientes de nácar, que me digiera, que alimente su cuerpo, llegar a todas sus células para seducirla por dentro y amarla desde las afueras de mi carne. Quiero ser suyo, sangre de su alma, glóbulos rojos en su gineceo, frontera de sus ingles.
Te ruego, Carlota, que me transformes en vianda, vitamina para que tu belleza permanezca en el tiempo. ¡Cómeme, aunque me duela!
Ya no creía en Dios cuando la conocía a ella, una diosa. No me ha dado la vida, pero me devolvió la ilusión. Ahora le rezo con cartas que escribo cuando me encuentro solo en mi casa, en compañía de mi can, un ser humano que ladra; mi soledad, una hetera que se ha encaprichado de mí, y mi sombra, que sale al balcón buscando un rayo de luna para sentirse amada.
Carlota me excita con esa perfecta distribución de su carne sobre su esqueleto. Ella es voluptuosidad lírica, arquitectura del sexo, senos galácticos, de Vía Láctea y polvo de nebulosas. Si no la amas, cometerás un pecado mortal, que no perdonaría Apolo. Sabe que, cuando su perfume penetra en los poros de mi piel, me enardece, me enciende. Cuando regreso a mi rutina, mientras vago camino a mi casa, me convierto en Fausto: intento un trueque eterno con Mefisto, le regalo mi alma por amor, por amar a Margarita, mi Carlota, mi razón para seguir sintiéndome hombre.
Y ella ignora que renuncio a su propiedad, la deseo libérrima, anhelo que me devore, que me engulla por completo, que me mastique con sus dientes de nácar, que me digiera, que alimente su cuerpo, llegar a todas sus células para seducirla por dentro y amarla desde las afueras de mi carne. Quiero ser suyo, sangre de su alma, glóbulos rojos en su gineceo, frontera de sus ingles.
Te ruego, Carlota, que me transformes en vianda, vitamina para que tu belleza permanezca en el tiempo. ¡Cómeme, aunque me duela!













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