Un amor utópico
Te amo, aunque no me ames ni te acuerdes de mí y solo me solicites de vez en cuando, si te aburres, si no tienes a nadie mejor con el que perder el tiempo. Amar porque sí, sin nada a cambio, sin una caricia, un mimo, una palabra bonita, un beso delicado, parece propio de poetas descerebrados, de trovadores grotescos, de aquellos románticos que buscaban en el suicidio sosiego para el alma, la calma espiritual, la nada, el no estar cabalgando sobre el corcel de la pena, de la tristeza y de la impotencia.
Hay que aprender a olvidar a quién te obvia. Si no te quieren, tampoco ames. Ese es mi consejo, pero al que no hago ni puto caso. Porque la sigo amando en la alcoba de mi mente. No la dejo salir. Tengo secuestrado su recuerdo. Su perfecto rostro femenino lo pinto todos los días sobre el lienzo de mi alma. La perfección de su cuerpo, la dulzura de su voz, propia de una de las sirenas que intentaron seducir a Odiseo, habitan en cada átomo de mi organismo. He hecho de su ausencia un canto a la ucronía, el amor que pudo haber sido y no fue.
Y me moriré sin haber posado mis labios en los suyos, sin beber de su boca, sin realizar un combate de esgrima entre nuestras lenguas, sin paladear sus ingles ni llevar las yemas de mis dedos al cráter de su ombligo, ni hollar las cumbres de sus senos, ni profundizar en la gruta de su alma.
Eugenio-Jesús de Ávila
Te amo, aunque no me ames ni te acuerdes de mí y solo me solicites de vez en cuando, si te aburres, si no tienes a nadie mejor con el que perder el tiempo. Amar porque sí, sin nada a cambio, sin una caricia, un mimo, una palabra bonita, un beso delicado, parece propio de poetas descerebrados, de trovadores grotescos, de aquellos románticos que buscaban en el suicidio sosiego para el alma, la calma espiritual, la nada, el no estar cabalgando sobre el corcel de la pena, de la tristeza y de la impotencia.
Hay que aprender a olvidar a quién te obvia. Si no te quieren, tampoco ames. Ese es mi consejo, pero al que no hago ni puto caso. Porque la sigo amando en la alcoba de mi mente. No la dejo salir. Tengo secuestrado su recuerdo. Su perfecto rostro femenino lo pinto todos los días sobre el lienzo de mi alma. La perfección de su cuerpo, la dulzura de su voz, propia de una de las sirenas que intentaron seducir a Odiseo, habitan en cada átomo de mi organismo. He hecho de su ausencia un canto a la ucronía, el amor que pudo haber sido y no fue.
Y me moriré sin haber posado mis labios en los suyos, sin beber de su boca, sin realizar un combate de esgrima entre nuestras lenguas, sin paladear sus ingles ni llevar las yemas de mis dedos al cráter de su ombligo, ni hollar las cumbres de sus senos, ni profundizar en la gruta de su alma.
Eugenio-Jesús de Ávila













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