NOCTURNOS
Tú eres el libro de mi vida
Sé que no soy un hombre normal, tampoco vulgar. Sé que tú eres una mujer diferente, distinta, bella e inteligente, con clase y sensibilidad. Leer me produce un placer especial. Tú eres mi libro. El que leo en el lecho, cuando me creo que mi almohada eres tú y que las sábanas son tu piel. He releído el libro de tu cuerpo una y otra vez. Lo dejo, a veces, para gozar con otras novelas, con ensayos filosóficos. Pero siempre regreso a ti, porque te convertiste en un best-seller de mi vida.
Y, además de leerte todos los días, te huelo. Te leo para aspirar tu perfume. Te leo para amarte, como si copulásemos sobre un lecho de papel, de letras, de oraciones. Me acerco a la portada de tu libro y respiro, con los ojos cerrados, e inhalo tu aroma a mujer que cubre su sexo con seso y su cerebro con talento. Beso cada página que concluyo, porque creo que las palabras son tus labios. Paso cada hoja con mimo, con extrema delicadeza, para que no se pierda ni una sola vocal, ni una sola caricia, ni un solo deseo. Y no quiero terminar jamás tu libro. Me lo aprenderé de memoria y nunca lo dejaré olvidado en la biblioteca de mi vida. Eso sí, entre sus páginas, dormirá una hoja de laurel, un beso seco, amor sin clorofila.
Después, dejo una hoja de laurel allá donde dejé de leer. Y creo que Dafne vigila cada una de las palabras de ese libro, el tuyo, el de mi vida, el que nunca escribiré. Me temo que aprendía leer para leerte y que te amé antes de saber qué era el amor: ¿Un libro, una novela, una obra de arte? ¡Quién lo sabe!
Eugenio-Jesús de Ávila
Sé que no soy un hombre normal, tampoco vulgar. Sé que tú eres una mujer diferente, distinta, bella e inteligente, con clase y sensibilidad. Leer me produce un placer especial. Tú eres mi libro. El que leo en el lecho, cuando me creo que mi almohada eres tú y que las sábanas son tu piel. He releído el libro de tu cuerpo una y otra vez. Lo dejo, a veces, para gozar con otras novelas, con ensayos filosóficos. Pero siempre regreso a ti, porque te convertiste en un best-seller de mi vida.
Y, además de leerte todos los días, te huelo. Te leo para aspirar tu perfume. Te leo para amarte, como si copulásemos sobre un lecho de papel, de letras, de oraciones. Me acerco a la portada de tu libro y respiro, con los ojos cerrados, e inhalo tu aroma a mujer que cubre su sexo con seso y su cerebro con talento. Beso cada página que concluyo, porque creo que las palabras son tus labios. Paso cada hoja con mimo, con extrema delicadeza, para que no se pierda ni una sola vocal, ni una sola caricia, ni un solo deseo. Y no quiero terminar jamás tu libro. Me lo aprenderé de memoria y nunca lo dejaré olvidado en la biblioteca de mi vida. Eso sí, entre sus páginas, dormirá una hoja de laurel, un beso seco, amor sin clorofila.
Después, dejo una hoja de laurel allá donde dejé de leer. Y creo que Dafne vigila cada una de las palabras de ese libro, el tuyo, el de mi vida, el que nunca escribiré. Me temo que aprendía leer para leerte y que te amé antes de saber qué era el amor: ¿Un libro, una novela, una obra de arte? ¡Quién lo sabe!
Eugenio-Jesús de Ávila














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