COVID-19
Un tiempo perdido: ¿Nos lo podemos permitir?
Hace unos días se hizo viral en las redes el testimonio de María Ramírez, una enfermera de atención primaria en Valencia cuyo nombre en Twitter lo dice todo @lovenursingmery.
Desde que la conocí en este mundo virtual de las redes sociales me encantó el entusiasmo y la alegría de su mirada, esas que contagian, sin olvidar el compromiso que muestra por y para sus pacientes, así como su labor de comunicación y concienciación. Como profesional sanitaria entró a participar en un proyecto que nos ha unido, un punto de encuentro, un tweet chat donde los pacientes y los profesionales de la salud hablan, comparten y aprenden y abierto a cualquiera (cronichat).
Sin embargo, cuando visualicé su testimonio que algunos medios gráficos se hicieron eco del mismo y en que resonaban las palabras de cansancio y derrota, contemplé de nuevos esos ojos que conozco de los vídeos del citado chat, y trataba de reprimir unas lágrimas de impotencia y frustración ante lo sufrido en los últimos meses, tanto de ella como otros cientos de profesionales sanitarios, que literalmente se están dejando una parte de ellos en esta crisis sanitaria, una huella imborrable que en algunos ha supuesto unas importantes secuelas sin olvidar a los que nos han dejado. Su testimonio me llevó a escribir unas líneas de agradecimiento a todos ellos tras tanto escuchar esa pregunta que lancé cuando comenzó el verano, sobre si la población era consciente de lo que sigue sucediendo. No es solo el agotamiento que arrastran, a este se une la impotencia y el desánimo ante las evidentes faltas de responsabilidad individual y colectiva, sin perder de vista la escasez de medios humanos que cada día están reclamando. Ya que por María, mi otra Dra. y otros al igual que ella lo haría mil veces, recordando al alegato que le dice Hassan a Amir en Cometas en el cielo, “¡Por ti lo haría mil veces más!” (Khaled Hosseini).
En solo cuatro meses podría decirse que hemos perdido un tiempo de oro, volviendo a la casilla de salida, en un desagradable juego de ajedrez en el que cualquier avance ha de afianzarse para logar un jaque mate. Todo este esfuerzo y no solo el personal, pues ahí está el descalabro económico y social, el cual precisará de ayudas y décadas si se desea retomar lo que conocíamos. No solo está el alegato de María, porque he leído a otros sanitarios apelando a la citada prudencia y les contestan en unos términos que lejos de sorprenderme me enfadan: “que basta ya de ser quejicas”, “que para eso les pagamos”, “que no se dedicaran a ser sanitarios”, y no acabaría.
Detrás de un perfil de las redes, en cierto modo se sienten libres a la hora de emitir toda clase de juicios y hasta amenazas como ha señalado Pablo Sánchez (@PauMatalap), y aunque afortunadamente no son la mayoría están haciendo mucho daño y dando alas a los más jóvenes o no tanto para buscar argumentos donde no existen.
Pensé que nos separaba un océano de los simpatizantes de Bolsonaro en Brasil o de Trump en EEUU, que o bien niegan la pandemia o la minimizan, junto a un reciente grupo de negacionistas animados por ciertas celebridades. De ellos se puede esperar cualquier cosa, ahora bien que se les sumen ciertos médicos, me recuerda a los todavía defensores de las teorías antidarwinianas. Los antivacunas ya llevan tiempo entre nosotros y no podemos hacer otra cosa que contrarrestarlos con argumentos y desmintiendo los bulos, porque contra la ignorancia y estupidez no se ha inventado ni habrá ninguna vacuna.
Pronto se han olvidado los aplausos de las ocho y los arcoíris que adornaban ventanas con el mensaje “todo va a salir bien” sin olvidar ese lema de “saldremos mejores y más fuertes”, que aún colea en la memoria de cada cual. Recuerdo aún el momento en que la propia María subió emocionada un vídeo con los primeros aplausos, y el hecho de que a ellos mismos no les gusta que se les califiquen de héroes, porque simplemente hacen el trabajo que han elegido por vocación donde prima cuidar a quien lo necesita y velar por nuestro bienestar.
Algunos se creen en el derecho de criticar, vapular o incumplir las normas que velan por el interés general y público sin importarles quien esté detrás, escudándose en que ellos con sus impuestos les pagan el sueldo. Aquí es preciso aclarar que pagamos impuestos a fin de disponer de servicios públicos, como pueden ser la sanidad, educación, justicia, seguridad, etc., confundiendo lo público con el puro interés particular.
Lo cierto es que en el mundo de las redes sociales es necesario hacer un ejercicio interno de reflexión, ya que no vale todo, no hay barra libre a los insultos, que parece que la gente no tiene otra cosa que hacer que escribir barbaridades en un mal entendido ejercicio del derecho a la libre expresión, y menos ahora en los que si no estamos unidos solo saldrán adelante aquellos que siempre lo han tenido más fácil, porque la brecha social y económica se ahondará por muchas medidas que se quieran implementar.
La palabra “responsabilidad” debería estar en nuestra cabecera, sin necesidad de recurrir a otro episodio de la Guerra de los mundos de Orson Wells, la cual sembró el pánico entre los oyentes, o quizás sí habría que apelar o acudir a medidas más contundentes, sin concebir la respuesta de ciertos jueces contrarios a mantener ciertas prohibiciones.
Son miles las personas que han enfermado en España, algunas con secuelas que aún se desconocen, al tiempo que otras tantas ya no están y la cuenta sigue creciendo. En unos meses cruciales y no se han hecho los deberes ahora que toca la vuelta al cole y aquellos les correspondían a los que nos dirigen. En un deseo irrefrenable de vuelta a lo que se denominó “la nueva normalidad”, algunos han decidido que el verano está para disfrutarlo sí o sí. No se ha sabido transmitir el mensaje o no ha sido lo suficientemente real y ajustado a la situación en un intento de salvar la temporada estival y lo que esta conlleva, malgastando un tiempo que no volverá.
Leonor Pérez de Vega
Hace unos días se hizo viral en las redes el testimonio de María Ramírez, una enfermera de atención primaria en Valencia cuyo nombre en Twitter lo dice todo @lovenursingmery.
Desde que la conocí en este mundo virtual de las redes sociales me encantó el entusiasmo y la alegría de su mirada, esas que contagian, sin olvidar el compromiso que muestra por y para sus pacientes, así como su labor de comunicación y concienciación. Como profesional sanitaria entró a participar en un proyecto que nos ha unido, un punto de encuentro, un tweet chat donde los pacientes y los profesionales de la salud hablan, comparten y aprenden y abierto a cualquiera (cronichat).
Sin embargo, cuando visualicé su testimonio que algunos medios gráficos se hicieron eco del mismo y en que resonaban las palabras de cansancio y derrota, contemplé de nuevos esos ojos que conozco de los vídeos del citado chat, y trataba de reprimir unas lágrimas de impotencia y frustración ante lo sufrido en los últimos meses, tanto de ella como otros cientos de profesionales sanitarios, que literalmente se están dejando una parte de ellos en esta crisis sanitaria, una huella imborrable que en algunos ha supuesto unas importantes secuelas sin olvidar a los que nos han dejado. Su testimonio me llevó a escribir unas líneas de agradecimiento a todos ellos tras tanto escuchar esa pregunta que lancé cuando comenzó el verano, sobre si la población era consciente de lo que sigue sucediendo. No es solo el agotamiento que arrastran, a este se une la impotencia y el desánimo ante las evidentes faltas de responsabilidad individual y colectiva, sin perder de vista la escasez de medios humanos que cada día están reclamando. Ya que por María, mi otra Dra. y otros al igual que ella lo haría mil veces, recordando al alegato que le dice Hassan a Amir en Cometas en el cielo, “¡Por ti lo haría mil veces más!” (Khaled Hosseini).
En solo cuatro meses podría decirse que hemos perdido un tiempo de oro, volviendo a la casilla de salida, en un desagradable juego de ajedrez en el que cualquier avance ha de afianzarse para logar un jaque mate. Todo este esfuerzo y no solo el personal, pues ahí está el descalabro económico y social, el cual precisará de ayudas y décadas si se desea retomar lo que conocíamos. No solo está el alegato de María, porque he leído a otros sanitarios apelando a la citada prudencia y les contestan en unos términos que lejos de sorprenderme me enfadan: “que basta ya de ser quejicas”, “que para eso les pagamos”, “que no se dedicaran a ser sanitarios”, y no acabaría.
Detrás de un perfil de las redes, en cierto modo se sienten libres a la hora de emitir toda clase de juicios y hasta amenazas como ha señalado Pablo Sánchez (@PauMatalap), y aunque afortunadamente no son la mayoría están haciendo mucho daño y dando alas a los más jóvenes o no tanto para buscar argumentos donde no existen.
Pensé que nos separaba un océano de los simpatizantes de Bolsonaro en Brasil o de Trump en EEUU, que o bien niegan la pandemia o la minimizan, junto a un reciente grupo de negacionistas animados por ciertas celebridades. De ellos se puede esperar cualquier cosa, ahora bien que se les sumen ciertos médicos, me recuerda a los todavía defensores de las teorías antidarwinianas. Los antivacunas ya llevan tiempo entre nosotros y no podemos hacer otra cosa que contrarrestarlos con argumentos y desmintiendo los bulos, porque contra la ignorancia y estupidez no se ha inventado ni habrá ninguna vacuna.
Pronto se han olvidado los aplausos de las ocho y los arcoíris que adornaban ventanas con el mensaje “todo va a salir bien” sin olvidar ese lema de “saldremos mejores y más fuertes”, que aún colea en la memoria de cada cual. Recuerdo aún el momento en que la propia María subió emocionada un vídeo con los primeros aplausos, y el hecho de que a ellos mismos no les gusta que se les califiquen de héroes, porque simplemente hacen el trabajo que han elegido por vocación donde prima cuidar a quien lo necesita y velar por nuestro bienestar.
Algunos se creen en el derecho de criticar, vapular o incumplir las normas que velan por el interés general y público sin importarles quien esté detrás, escudándose en que ellos con sus impuestos les pagan el sueldo. Aquí es preciso aclarar que pagamos impuestos a fin de disponer de servicios públicos, como pueden ser la sanidad, educación, justicia, seguridad, etc., confundiendo lo público con el puro interés particular.
Lo cierto es que en el mundo de las redes sociales es necesario hacer un ejercicio interno de reflexión, ya que no vale todo, no hay barra libre a los insultos, que parece que la gente no tiene otra cosa que hacer que escribir barbaridades en un mal entendido ejercicio del derecho a la libre expresión, y menos ahora en los que si no estamos unidos solo saldrán adelante aquellos que siempre lo han tenido más fácil, porque la brecha social y económica se ahondará por muchas medidas que se quieran implementar.
La palabra “responsabilidad” debería estar en nuestra cabecera, sin necesidad de recurrir a otro episodio de la Guerra de los mundos de Orson Wells, la cual sembró el pánico entre los oyentes, o quizás sí habría que apelar o acudir a medidas más contundentes, sin concebir la respuesta de ciertos jueces contrarios a mantener ciertas prohibiciones.
Son miles las personas que han enfermado en España, algunas con secuelas que aún se desconocen, al tiempo que otras tantas ya no están y la cuenta sigue creciendo. En unos meses cruciales y no se han hecho los deberes ahora que toca la vuelta al cole y aquellos les correspondían a los que nos dirigen. En un deseo irrefrenable de vuelta a lo que se denominó “la nueva normalidad”, algunos han decidido que el verano está para disfrutarlo sí o sí. No se ha sabido transmitir el mensaje o no ha sido lo suficientemente real y ajustado a la situación en un intento de salvar la temporada estival y lo que esta conlleva, malgastando un tiempo que no volverá.
Leonor Pérez de Vega


















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