LITERATURA
La nueva religión
Pandemia, no es sinónimo de apocalipsis. Ni de fin del mundo (como he leído en redes sociales en infinidad de publicaciones). Una pandemia no es otra cosa que una epidemia a una escala mayor, mucho más extendida. Y una epidemia no es otra cosa que una enfermedad que alcanza un nivel de incidencia mayor que el normalmente esperado. Por lo tanto, una enfermedad que se extiende más de lo esperado y de una forma mucho más extensa de lo que se preveía es considerada una pandemia. Podemos entenderlas como relatos que desvelan los "problemas latentes" de una sociedad. Las crónicas de la plaga de Justiniano del siglo VI en Constantinopla o las narraciones de Leonor López de Córdoba de la peste del siglo XV en España pueden leerse, incluso actualmente, como un relato universal de la frustración social ante 'el poder de la naturaleza'.
El primer hombre que emitió una teoría bastante sólida sobre la causa de las enfermedades epidémicas fue Jerónimo Fracastorius (el sabio de Verona) quien en 1546 publicó un libro denominado “De contagionibus et contagionis morbis et eorum curatione” donde postuló la existencia de partículas vivas que pasaban del enfermo al sano causándole la enfermedad, además, identificó los modos de transmisión. Un siglo después apareció otro libro llamado “Scrutinium physicomedicum” escrito por el sacerdote jesuita Athanasius Kircher donde indicaba que era factible observar seres vivos microscópicos en las substancias en descomposición, inclusive se animó a plantear que los vapores vivientes pudieran pasar de una persona enferma a una sana. El planeta es, en realidad, un ecosistema vivo y todo pequeño cambio puede afectar a las poblaciones de seres vivos que habitan en él. Tendemos a pensar sólo en los animales y las plantas, y nos olvidamos de que también los microbios forman parte de ese ecosistema tan complejo.
Las plagas del mundo antiguo irrumpían causando verdaderos estragos. Por su carácter inesperado. Por la falta de comprensión de lo que estaba pasando. Por la falta de conocimiento sobre cómo reaccionar. La gente no sabía qué hacer. Muchos huían de las ciudades. Los médicos estaban desbordados. Y todos intentaban entender qué hacía que algunas personas murieran y otras parecían inmunes a la enfermedad. Entonces, muchos acudían a la religión tanto para encontrar una explicación como para rogar el fin de la epidemia. Llegados al siglo XIX la historia cambia. "La ciencia es la nueva religión". Hoy, el mundo está mejor preparado para hacer frente a estas epidemias de lo que lo estaba hace apenas un siglo. Cuestiones como unos mayores avances científicos, la extensión de los sistemas sanitarios en buena parte del mundo y una mejor alimentación o medidas de higiene son factores que, por suerte, ponen freno en su propagación y mortalidad. Pero no por ello debemos dejar de cumplir las medidas de seguridad; algo que al parecer muchos olvidan. Muchos...
© Emilia Casas Fernández
Pandemia, no es sinónimo de apocalipsis. Ni de fin del mundo (como he leído en redes sociales en infinidad de publicaciones). Una pandemia no es otra cosa que una epidemia a una escala mayor, mucho más extendida. Y una epidemia no es otra cosa que una enfermedad que alcanza un nivel de incidencia mayor que el normalmente esperado. Por lo tanto, una enfermedad que se extiende más de lo esperado y de una forma mucho más extensa de lo que se preveía es considerada una pandemia. Podemos entenderlas como relatos que desvelan los "problemas latentes" de una sociedad. Las crónicas de la plaga de Justiniano del siglo VI en Constantinopla o las narraciones de Leonor López de Córdoba de la peste del siglo XV en España pueden leerse, incluso actualmente, como un relato universal de la frustración social ante 'el poder de la naturaleza'.
El primer hombre que emitió una teoría bastante sólida sobre la causa de las enfermedades epidémicas fue Jerónimo Fracastorius (el sabio de Verona) quien en 1546 publicó un libro denominado “De contagionibus et contagionis morbis et eorum curatione” donde postuló la existencia de partículas vivas que pasaban del enfermo al sano causándole la enfermedad, además, identificó los modos de transmisión. Un siglo después apareció otro libro llamado “Scrutinium physicomedicum” escrito por el sacerdote jesuita Athanasius Kircher donde indicaba que era factible observar seres vivos microscópicos en las substancias en descomposición, inclusive se animó a plantear que los vapores vivientes pudieran pasar de una persona enferma a una sana. El planeta es, en realidad, un ecosistema vivo y todo pequeño cambio puede afectar a las poblaciones de seres vivos que habitan en él. Tendemos a pensar sólo en los animales y las plantas, y nos olvidamos de que también los microbios forman parte de ese ecosistema tan complejo.
Las plagas del mundo antiguo irrumpían causando verdaderos estragos. Por su carácter inesperado. Por la falta de comprensión de lo que estaba pasando. Por la falta de conocimiento sobre cómo reaccionar. La gente no sabía qué hacer. Muchos huían de las ciudades. Los médicos estaban desbordados. Y todos intentaban entender qué hacía que algunas personas murieran y otras parecían inmunes a la enfermedad. Entonces, muchos acudían a la religión tanto para encontrar una explicación como para rogar el fin de la epidemia. Llegados al siglo XIX la historia cambia. "La ciencia es la nueva religión". Hoy, el mundo está mejor preparado para hacer frente a estas epidemias de lo que lo estaba hace apenas un siglo. Cuestiones como unos mayores avances científicos, la extensión de los sistemas sanitarios en buena parte del mundo y una mejor alimentación o medidas de higiene son factores que, por suerte, ponen freno en su propagación y mortalidad. Pero no por ello debemos dejar de cumplir las medidas de seguridad; algo que al parecer muchos olvidan. Muchos...
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