CON LOS CINCO SENTIDOS
Asco infinito
“Llévatelos a tu casa si es que eres tan solidario”. Frase manida y manoseada donde las haya para hablar de la indolencia que nos abrasa mientras a los inmigrantes que vienen a nuestras costas, o que recalan en ellas, lo hacen para buscar un “algo” mejor a lo que han dejado atrás. “Llévatelos a tu casa si es que eres tan solidario”, me dicen, nos dicen, te dicen, mientras los que huyen de las guerras y la puta miseria dejan atrás un país que los vio nacer, crecer (si acaso, a veces, ni eso) una familia, una choza de mierda en la que han guardado algo de dinero para pagar el peaje que las mafias les piden si quieren cambiar de futuro.
Algunas mujeres embarcan vírgenes y, cuando llegan a puerto, seguro o no, vuelven embarazadas. Somos alimañas incluso desde la más absoluta de las miserias. No tenemos fondo para la maldad y sí un tope para la bondad. Bondad que se critica por activa y por pasiva, bondad que se ve como defecto y no como una virtud, o como “normalidad humana”, permítaseme la expresión. Si eres bueno se te considera tonto, si eres bueno y no ganas dinero con tu bondad, ya ni te cuento. Si eres malo, eres un listo, un trepa, alguien que conseguirá lo que quiera, lo que se proponga. En este mundo de imbéciles suicidas los buenos no tienen cabida. Los malos se lo llevan crudo, todo. Es así, por mucho que nos empeñemos en negar la evidencia.
Nos importa más desacreditar cualquier tontuna del contrario, mientras con ello despistemos a los espectadores del foco de nuestra asquerosa inmundicia que intentamos ocultar a toda costa.
Hoy he visto unas imágenes de un campo de refugiados en Lesbos ardiendo. Entre un campo de personas que no han sido sembradas allí arde y el puto cementerio en el que se ha convertido desde hace lustros el mar Mediterráneo y otros mares, Europa da cada vez más asco. El Covid-19 y las condiciones en las que habitaban los refugiados es ese campo de Moria (Lesbos) han desatado quizá la ira y el fuego fatuo. No se trata a las personas como a animales, ni a los animales se les trata de esta manera. El mundo y sus gentes se desbordan psicológicamente por cualquier estupidez. Ahora que nos asola una pandemia, los inmigrantes son aún más invisibles si es que eso es posible. No los queremos, no los hemos querido nunca. “Traen enfermedades y más miseria”. Mentira. Son las mafias las que traen miseria, son los narcotraficantes autóctonos, los asesinos de mujeres, los pederastas, los hackers que te roban la identidad o te extorsionan en la sociedad líquida del photoshop, la incultura que nos entierra a golpe de click, la falta de libros, la falta de ética y moral, la falta de HUMANIDAD.
Nos hemos convertido en la caricatura más siniestra de la especie. En seres prescindibles, sustituibles, perecederos. En la nada. No somos nada sin nuestra humanidad, sin nuestro corazón, sin nuestros cimientos integradores de sociedades que nos precedieron. Hemos desvirtuado la propia esencia del ser y la hemos corrompido hasta el límite extremo de la más absoluta imbecilidad.
El ego nos come por dentro y por fuera, nos perturba, nos masturbamos con nuestro ego y lo grabamos en directo para las masas.
Somos carne de cañón. Implosionaremos más pronto que tarde porque nos estamos mereciendo toda la podredumbre que nos aísla y nos aliena. Vamos a explotar de pura egolatría. Y nuestras vísceras salpicadas no servirán ni como carroña o alimento para las hienas.
“Llévatelos a tu casa si es que eres tan solidario”. Fin.
La fotografía que ilustra hoy mi relato es de MANOLIS LAGOUTARIS a través de Getty Images. Me sobrecoge.
Nélida L. del Estal Sastre
“Llévatelos a tu casa si es que eres tan solidario”. Frase manida y manoseada donde las haya para hablar de la indolencia que nos abrasa mientras a los inmigrantes que vienen a nuestras costas, o que recalan en ellas, lo hacen para buscar un “algo” mejor a lo que han dejado atrás. “Llévatelos a tu casa si es que eres tan solidario”, me dicen, nos dicen, te dicen, mientras los que huyen de las guerras y la puta miseria dejan atrás un país que los vio nacer, crecer (si acaso, a veces, ni eso) una familia, una choza de mierda en la que han guardado algo de dinero para pagar el peaje que las mafias les piden si quieren cambiar de futuro.
Algunas mujeres embarcan vírgenes y, cuando llegan a puerto, seguro o no, vuelven embarazadas. Somos alimañas incluso desde la más absoluta de las miserias. No tenemos fondo para la maldad y sí un tope para la bondad. Bondad que se critica por activa y por pasiva, bondad que se ve como defecto y no como una virtud, o como “normalidad humana”, permítaseme la expresión. Si eres bueno se te considera tonto, si eres bueno y no ganas dinero con tu bondad, ya ni te cuento. Si eres malo, eres un listo, un trepa, alguien que conseguirá lo que quiera, lo que se proponga. En este mundo de imbéciles suicidas los buenos no tienen cabida. Los malos se lo llevan crudo, todo. Es así, por mucho que nos empeñemos en negar la evidencia.
Nos importa más desacreditar cualquier tontuna del contrario, mientras con ello despistemos a los espectadores del foco de nuestra asquerosa inmundicia que intentamos ocultar a toda costa.
Hoy he visto unas imágenes de un campo de refugiados en Lesbos ardiendo. Entre un campo de personas que no han sido sembradas allí arde y el puto cementerio en el que se ha convertido desde hace lustros el mar Mediterráneo y otros mares, Europa da cada vez más asco. El Covid-19 y las condiciones en las que habitaban los refugiados es ese campo de Moria (Lesbos) han desatado quizá la ira y el fuego fatuo. No se trata a las personas como a animales, ni a los animales se les trata de esta manera. El mundo y sus gentes se desbordan psicológicamente por cualquier estupidez. Ahora que nos asola una pandemia, los inmigrantes son aún más invisibles si es que eso es posible. No los queremos, no los hemos querido nunca. “Traen enfermedades y más miseria”. Mentira. Son las mafias las que traen miseria, son los narcotraficantes autóctonos, los asesinos de mujeres, los pederastas, los hackers que te roban la identidad o te extorsionan en la sociedad líquida del photoshop, la incultura que nos entierra a golpe de click, la falta de libros, la falta de ética y moral, la falta de HUMANIDAD.
Nos hemos convertido en la caricatura más siniestra de la especie. En seres prescindibles, sustituibles, perecederos. En la nada. No somos nada sin nuestra humanidad, sin nuestro corazón, sin nuestros cimientos integradores de sociedades que nos precedieron. Hemos desvirtuado la propia esencia del ser y la hemos corrompido hasta el límite extremo de la más absoluta imbecilidad.
El ego nos come por dentro y por fuera, nos perturba, nos masturbamos con nuestro ego y lo grabamos en directo para las masas.
Somos carne de cañón. Implosionaremos más pronto que tarde porque nos estamos mereciendo toda la podredumbre que nos aísla y nos aliena. Vamos a explotar de pura egolatría. Y nuestras vísceras salpicadas no servirán ni como carroña o alimento para las hienas.
“Llévatelos a tu casa si es que eres tan solidario”. Fin.
La fotografía que ilustra hoy mi relato es de MANOLIS LAGOUTARIS a través de Getty Images. Me sobrecoge.
Nélida L. del Estal Sastre



















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