NOCTURNOS
Si no la hubiera conocido...
Lo sé. Lo confieso. Lo afirmo. Si no te hubiera conocido, si tu rostro renacentista, si tu senos de Madonna de Rafael Sanzio, si tus piernas fuertes, atléticas y torneadas, si tu talento, clase y, por qué no escribirlo, tu despotismo femenino cuando te sientes amada del hombre que no deseas, hoy, a mi edad, con más, mucho más, demasiado, tiempo pretérito que futuro a conocer, este hombre, maduro, quizá rendido, resignado, que conoces, sería otra persona distinta, distante, no sé si mejor o peor, pero no mala del todo.
A un hombre como yo, que venía de recorrer un camino vital, curvo y empinado, entre amores y amoríos, decisiones equivocadas y aciertos inexplicables, se le apareció la virgen de la pasión cuando había perdido todo vínculo con la belleza, la poesía, la verdad. Por irreal, creí que no existían mujeres como Carlota. Todavía pienso que la he soñado, que mi imaginación la necesitaba para escribir sobre el amor y sus circunstancias, sobre el amor y su derrota, sobre el desamor, sobre el dolor de amar sin ser amado. Y quizá nunca finalice mi historia, real o ficción, con esa fémina a la que bauticé como Dama del Alba, Dama del Esla, Dama del Solsticio, Carlota, Dulcinea…
Confieso que no sabría cerrar mi historia de amor con esa mujer. Quizá no exista. Cierto que aparece y se esfuma de mi vida. Pero la necesité para vivir. La necesito para sentir que existo. Porque yo amo para vivir. Y si no me aman dejo de ser aunque esté, pero de esa forma estúpida de ocupar un espacio en el tiempo. Y ahora, cerca del final de la senda que me conducirá a la nada, a la memoria y a su hijo el recuerdo, he caído en la cuenta que soy una nada, con forma de hombre, esculpida por la gubia de un badulaque anacrónico y erudito.
Eugenio-Jesús de Ávila
Lo sé. Lo confieso. Lo afirmo. Si no te hubiera conocido, si tu rostro renacentista, si tu senos de Madonna de Rafael Sanzio, si tus piernas fuertes, atléticas y torneadas, si tu talento, clase y, por qué no escribirlo, tu despotismo femenino cuando te sientes amada del hombre que no deseas, hoy, a mi edad, con más, mucho más, demasiado, tiempo pretérito que futuro a conocer, este hombre, maduro, quizá rendido, resignado, que conoces, sería otra persona distinta, distante, no sé si mejor o peor, pero no mala del todo.
A un hombre como yo, que venía de recorrer un camino vital, curvo y empinado, entre amores y amoríos, decisiones equivocadas y aciertos inexplicables, se le apareció la virgen de la pasión cuando había perdido todo vínculo con la belleza, la poesía, la verdad. Por irreal, creí que no existían mujeres como Carlota. Todavía pienso que la he soñado, que mi imaginación la necesitaba para escribir sobre el amor y sus circunstancias, sobre el amor y su derrota, sobre el desamor, sobre el dolor de amar sin ser amado. Y quizá nunca finalice mi historia, real o ficción, con esa fémina a la que bauticé como Dama del Alba, Dama del Esla, Dama del Solsticio, Carlota, Dulcinea…
Confieso que no sabría cerrar mi historia de amor con esa mujer. Quizá no exista. Cierto que aparece y se esfuma de mi vida. Pero la necesité para vivir. La necesito para sentir que existo. Porque yo amo para vivir. Y si no me aman dejo de ser aunque esté, pero de esa forma estúpida de ocupar un espacio en el tiempo. Y ahora, cerca del final de la senda que me conducirá a la nada, a la memoria y a su hijo el recuerdo, he caído en la cuenta que soy una nada, con forma de hombre, esculpida por la gubia de un badulaque anacrónico y erudito.
Eugenio-Jesús de Ávila

















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.35