CON LOS CINCO SENTIDOS
Vacío
Me siento vacía, sin ganas de nada. Como si me hubiesen extraído sin dolor las entrañas y el cerebro y ya fuese incapaz de digerir tanto alimentos como ideas. No tengo ganas de levantarme por las mañanas, poso un pie en la alfombra y, acto seguido, quiero volver a introducirme en la guarida para que nadie me hable ni me moleste. Soy una especie de zombie que pulula por esta vida sin misión alguna ni algo que le haga latir el corazón ni provocar el tañido de mis cuerdas vocales para articular alguna frase con sentido. No me veo capaz. Me han vaciado. La vida y las circunstancias me lo arrebataron todo y ya no soy más que un ánima viva que pasea su soledad por las cuatro paredes de mi casa, porque ya no quiero salir de ahí. Me da miedo el exterior, el daño, la gente, el roce, el habla, el susurro. Se me agotaron las fuerzas.
No ingiero alimento alguno, ni obligada, casi ni bebida, sólo si me siento marear, bebo agua sin ganas, pero me pesa tanto la botella que creo que se caerá entre mis dedos huesudos. Los que me rodean ya no saben qué hacer conmigo y con la inmensa tristeza que me invade sin motivo, que me paraliza hasta el punto de no querer hablar ni ver a nadie porque siento que dejé de merecer la pena como buena conversadora y amiga de mis amigos. La vida me dañó, la familia, me dañó, el amor me dañó. Mi cuerpo está agotado de tanto daño y no quiere sufrir más. Ahora ya no sufro, a veces, pienso en lo que fui, con colores y a pantalla gigante, como en el cine. Pero eso me pasa en el mejor momento de mis días, cuando Morfeo me abraza y, por fin, soy libre de hacer y de decir lo que siento y lo que pienso.
Pero siempre llegan las primeras luces de la mañana y el preludio de otro día en el que habré de luchar contra la luz que entra por mi ventana, hablar y no quiero, comer y no quiero, vivir y no quiero. Es absolutamente agotador. Y ya no tengo ganas de escribir más. Es todo por hoy.
Nélida L. del Estal Sastre
Me siento vacía, sin ganas de nada. Como si me hubiesen extraído sin dolor las entrañas y el cerebro y ya fuese incapaz de digerir tanto alimentos como ideas. No tengo ganas de levantarme por las mañanas, poso un pie en la alfombra y, acto seguido, quiero volver a introducirme en la guarida para que nadie me hable ni me moleste. Soy una especie de zombie que pulula por esta vida sin misión alguna ni algo que le haga latir el corazón ni provocar el tañido de mis cuerdas vocales para articular alguna frase con sentido. No me veo capaz. Me han vaciado. La vida y las circunstancias me lo arrebataron todo y ya no soy más que un ánima viva que pasea su soledad por las cuatro paredes de mi casa, porque ya no quiero salir de ahí. Me da miedo el exterior, el daño, la gente, el roce, el habla, el susurro. Se me agotaron las fuerzas.
No ingiero alimento alguno, ni obligada, casi ni bebida, sólo si me siento marear, bebo agua sin ganas, pero me pesa tanto la botella que creo que se caerá entre mis dedos huesudos. Los que me rodean ya no saben qué hacer conmigo y con la inmensa tristeza que me invade sin motivo, que me paraliza hasta el punto de no querer hablar ni ver a nadie porque siento que dejé de merecer la pena como buena conversadora y amiga de mis amigos. La vida me dañó, la familia, me dañó, el amor me dañó. Mi cuerpo está agotado de tanto daño y no quiere sufrir más. Ahora ya no sufro, a veces, pienso en lo que fui, con colores y a pantalla gigante, como en el cine. Pero eso me pasa en el mejor momento de mis días, cuando Morfeo me abraza y, por fin, soy libre de hacer y de decir lo que siento y lo que pienso.
Pero siempre llegan las primeras luces de la mañana y el preludio de otro día en el que habré de luchar contra la luz que entra por mi ventana, hablar y no quiero, comer y no quiero, vivir y no quiero. Es absolutamente agotador. Y ya no tengo ganas de escribir más. Es todo por hoy.
Nélida L. del Estal Sastre



















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