CON LOS CINCO SENTIDOS
Intento olvidarte
De veras que lo intento. Cada mañana, cuando levanta el sol o asoman las nubes y el frío, intento olvidarte y, llegada la noche, intento olvidar que he de olvidarte. Me aferro a tu recuerdo aunque sé de manera fehaciente que me daña, que no me conviene, que me tortura el intelecto y me sobrepasa el cuerpo al echar de menos tus miradas anhelantes, tus requiebros morales, tus dudas y las mías, tus ganas y mis ganas.
Intento olvidarte. Cada vez que una gota de agua moja mi rostro pienso, tonta de mí, que se deslizará un recuerdo junto a ella, que se volatilizarán ambas, la gota y el recuerdo. Pienso que cuanto más llueva fuera de mi frágil envoltura, más lloverá dentro y más se desdibujará tu nombre de mi pecho. Pero llueve y no se borra nada; sólo me atraviesa esta tremenda melancolía que me arrebata y acobarda, que me humilla y que me desborda. Que hace de mí una persona sin amor propio por haberlo dado a otro ser. Tengo que recomponerme. He de hacerlo porque no está bien sufrir a solas, tampoco de manera compartida, pero si es a solas, es tan duro que me siento nada, nadie. Me siento ridícula y me estorbo a mí misma. No me miro al espejo porque me da vergüenza y me siento pequeña y fútil. Prescindible.
Intento olvidarte. Pienso en un enorme edificio sustentado por nubes que se disiparán para hacer añicos hasta las tejas de colores que lo adornan. Esas que construimos a base de cincel y martillo de besos y arrumacos, de abrazos y promesas, de palabras que ahora son humo y entonces lo fueron todo. Tengo que sobrevivir.
Intento olvidarte pero todo me acerca a ti. A tus labios y a tus manos. A tu hombría y mi femineidad en paralelo, rozándose con la punta de los dedos, pero en distintas dimensiones aunque disfrutáramos de un mismo lecho. Dividiendo nuestra vida entre risas y llantos, éxitos y fracasos, vida y muerte. Compartiéndolo todo mientras dábamos calor y amor a nuestros cuerpos. Dos solitarios a solas que convergen, dos solitarios haciéndose compañía en un mundo lleno de gente que ninguno de los dos llegábamos a ver porque la gente no nos gusta. La misantropía nos invadía cada vez más, hasta que llegamos a no vernos el uno al otro.
Quizá todo fue un sueño y habré de despertar porque este sueño ya me duele. Pero luego pienso que si me duele es que no lo soñé, sino que fue real como lo es mi obsesión por el orden, mi altruismo y mi aversión hacia la mentira y los mentirosos. Mi querencia por quien me aporte y me enseñe, por quien me haga sentir como una diosa siendo una niña de vejez prematura y sufrimientos prematuros.
Sólo sé que intento olvidarte y no puedo. Cada mañana, cuando levanta el sol o asoman las nubes y el frío, intento olvidarte y, llegada la noche, intento olvidar que he de olvidarte.
La acuarela que ilustra mi relato de hoy es de la genial artista Erica Dal Maso
Nélida L. del Estal Sastre
De veras que lo intento. Cada mañana, cuando levanta el sol o asoman las nubes y el frío, intento olvidarte y, llegada la noche, intento olvidar que he de olvidarte. Me aferro a tu recuerdo aunque sé de manera fehaciente que me daña, que no me conviene, que me tortura el intelecto y me sobrepasa el cuerpo al echar de menos tus miradas anhelantes, tus requiebros morales, tus dudas y las mías, tus ganas y mis ganas.
Intento olvidarte. Cada vez que una gota de agua moja mi rostro pienso, tonta de mí, que se deslizará un recuerdo junto a ella, que se volatilizarán ambas, la gota y el recuerdo. Pienso que cuanto más llueva fuera de mi frágil envoltura, más lloverá dentro y más se desdibujará tu nombre de mi pecho. Pero llueve y no se borra nada; sólo me atraviesa esta tremenda melancolía que me arrebata y acobarda, que me humilla y que me desborda. Que hace de mí una persona sin amor propio por haberlo dado a otro ser. Tengo que recomponerme. He de hacerlo porque no está bien sufrir a solas, tampoco de manera compartida, pero si es a solas, es tan duro que me siento nada, nadie. Me siento ridícula y me estorbo a mí misma. No me miro al espejo porque me da vergüenza y me siento pequeña y fútil. Prescindible.
Intento olvidarte. Pienso en un enorme edificio sustentado por nubes que se disiparán para hacer añicos hasta las tejas de colores que lo adornan. Esas que construimos a base de cincel y martillo de besos y arrumacos, de abrazos y promesas, de palabras que ahora son humo y entonces lo fueron todo. Tengo que sobrevivir.
Intento olvidarte pero todo me acerca a ti. A tus labios y a tus manos. A tu hombría y mi femineidad en paralelo, rozándose con la punta de los dedos, pero en distintas dimensiones aunque disfrutáramos de un mismo lecho. Dividiendo nuestra vida entre risas y llantos, éxitos y fracasos, vida y muerte. Compartiéndolo todo mientras dábamos calor y amor a nuestros cuerpos. Dos solitarios a solas que convergen, dos solitarios haciéndose compañía en un mundo lleno de gente que ninguno de los dos llegábamos a ver porque la gente no nos gusta. La misantropía nos invadía cada vez más, hasta que llegamos a no vernos el uno al otro.
Quizá todo fue un sueño y habré de despertar porque este sueño ya me duele. Pero luego pienso que si me duele es que no lo soñé, sino que fue real como lo es mi obsesión por el orden, mi altruismo y mi aversión hacia la mentira y los mentirosos. Mi querencia por quien me aporte y me enseñe, por quien me haga sentir como una diosa siendo una niña de vejez prematura y sufrimientos prematuros.
Sólo sé que intento olvidarte y no puedo. Cada mañana, cuando levanta el sol o asoman las nubes y el frío, intento olvidarte y, llegada la noche, intento olvidar que he de olvidarte.
La acuarela que ilustra mi relato de hoy es de la genial artista Erica Dal Maso
Nélida L. del Estal Sastre

















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