Lorena Hernández del Río
Lunes, 21 de Septiembre de 2020
POR DERECHO

El Camino de Santiago por Zamora, también en el olvido político

[Img #43933]No hace mucho leí un titular que decía más o menos así: “Con cinco rutas diferentes, Zamora es la provincia con más tramos de vía jacobea -alrededor de 500 kilómetros en total-, pero la Asociación local de los Caminos de Santiago denuncia un "escaso apoyo institucional". Debido a ello, en el Camino Sanabrés los peregrinos se van a encontrar con albergues cerrados, al menos en la parte zamorana. En total, cinco etapas en las que los peregrinos no parece que vayan a encontrar albergue donde hospedarse.

Al parecer, nuestras autoridades olvidan que los diversos recorridos del Camino de Santiago a través de nuestra provincia zamorana son la mejor carta de presentación de nuestras tierras, de nuestra cultura y lo que resulta más relevante, comporta una actividad para el desarrollo económico de lo que se ha dado en llamar España vaciada.

Viajar siempre ha supuesto salir de nuestra zona de confort, lo que implica valentía y disposición a enfrentarnos, como Odiseos en Adidas, a incomodidades de diseño dignas de ser filmadas, tal y como ácidamente describía D. Foster Wallace en su libro “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, cuando destripaba a la sociedad americana describiendo ácidamente un crucero por el Caribe.

A mi modo de ver, el hecho de desplazarme cómodamente de un lugar a otro y visitar ordenadamente preciosos monumentos, poco tiene que ver con la aventura de desligarse por un tiempo de lo que Nietzsche llamaba las “ataduras del deber”, como parte del camino dirigido a constituirnos en personas libres. Pero lo cierto, es que existe otra idea de viaje que es de naturaleza espiritual, iniciática, mencionada a lo largo de la historia en todas las culturas y épocas. La Odisea o don Quijote son ejemplos de ello. Viajes iniciáticos que tienen un comienzo y un regreso; que implican esfuerzo, privaciones, cuitas e incluso sufrimientos que únicamente con la voluntad se superarán. Por eso, una vez cumplida la misión autoimpuesta, algo en el interior de la persona seguramente habrá cambiado.

Cuando empieza la peregrinación sabemos que dejamos voluntariamente la comodidad que supone tener cubierto todo lo necesario. Precisamente por eso, muchas personas jamás lo hacen. Se trata de aquellos que desconocen la capacidad de la propia iniciativa. La diferencia está en la voluntad. La voluntad de encontrar nuestro destino y de encontrarnos a nosotros mismos. Así, en el momento de comenzar a preparar el viaje empezamos a concienciarnos de que vamos a recorrer lugares desconocidos. Cuando el viaje iniciático comienza, es de modo consciente, al amanecer y hacia la luz. Así nos enfrentamos a nuestra propia aventura.

 Y todo viaje toca a su fin con el regreso. Como decía el griego Constantino Cavafis, “cuando emprendas tu viaje a Ítaca pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias… Pide que muchas sean las mañanas de verano… Llegar a Ítaca es tu destino. Sin ella no habrías emprendido el camino. Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado. Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, entenderás ya lo qué significa”.

Siempre el viaje iniciático contempla el regreso. La persona que ha cumplido con esfuerzo su misión, regresará a su tierra quizás cubierta de polvo, pero cambiada y contemplará con distinto grado de conocimiento aquellos mismos lugares y a las personas que allí moran, tal y como le indicó el padre al pastor Santiago, el protagonista de la novela “El Alquimista” de Coelho: “recorre el mundo hasta que aprendas que nuestro castillo es el más importante y que nuestras mujeres son las más bellas”.

Privados los peregrinos de estas cinco etapas del camino de Santiago sanabrés, de los libros de Foster Wallace y a cuestas con las nuevas zonas de confinamiento, quizá toque a lo largo de este otoño emprender el cuarto camino; el que sea capaz de emprender cada uno de nosotros buscando encontrar la parte olvidada de nosotros mismos. Se trata de un camino, contrariamente al del faquir, al del monje y al del yogui, que no tiene una forma definida. Ante todo, tiene que ser hallado. Encontrarlo es la primera prueba.


Lorena Hernández del Río

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