Miércoles, 04 de Febrero de 2026

Eugenio de Ávila
Martes, 22 de Septiembre de 2020
REPÚBLICO

El prestidigitador de la política

[Img #43966]Iván Redondo, el director de la obra que representa Pedro Sánchez, sabe que los españoles son gilipollas. Por lo tanto, el presidente del ejecutivo gobierna como si lo hiciese para gente con escasa capacidad de reflexión, indolente, apática. Con cuatro trucos de mago, la masa tan feliz, satisfecha.

El presidente me parece un genio absoluto: ha convertido la mentira en la verdad más incontrovertible. Dice una cosa y después la contraria y viceversa. Y lo expresa con una sonrisa o con un gesto adusto, de hombre serio. Todo vale. No pasa nada. Yo soy la ley. Nada por aquí y nada por allá. Los cerebros huecos no piensan. España es un chollo.

Hace poco más de un lustro, Rajoy obtenía una mayoría absoluta holgadísima. Pedro, después de acabar con el felipismo, tras recuperarse de un durísimo golpe en el mentón político, se quedó con unos cuantos votos mal contados. Jamás el PSOE llegó tan bajo. Pero, como los españoles somos tontos y los del PP idiotas, ganó por poco, pero formó gobierno con una formación a la que potenció Sáenz de Santamaría para robar votantes por la izquierda al socialismo. Prometió no hacerlo antes de las elecciones. Al día siguiente se abrazaba con su enemigo. Y Sánchez siguió durmiendo como un lirón. El pueblo olvida. Pedro recuerda y ríe. Redondo se divierte inventando juegos de magia política. España, mientras, se quiebra. Le parten la columna vertebral un virus económico y otro virus chino. 50.000 muertos. Nadie tiene la culpa. La suerte de la vida.

La fiscal general del Estado, que fuera ministra de Justicia, hecho inexplicable que escapa a cualquier razón democrática en el orbe civilizado, alivia al ejecutivo de Sánchez de toda culpabilidad. Un fiscal, apellidado Navajas -¡qué miedo!- culmina la faena totalitaria. Todos los gobiernos de Europa azuzados por la Justicia. España, que ha batido todas las marcas negativas, salva la vida a sus dirigentes.

Nación cándida y ñoña que traga con gobernantes que aman la dictadura del proletariado, enemiga de la democracia; que aceptaría una república confederal, es decir, con mini estados que tendrán derechos distintos. Verbigracia: el gobierno central  con menos atribuciones que si fuera una federación. Además los estados serán soberanos. España se convertiría en una especie de Unión Europea y  dejaría de ser una nación. Por otra parte, las obligaciones jurídicas de los ciudadanos son con sus estados, jamás con la confederación. Eso es lo que quiere Pablo Iglesias, personaje al que Sánchez emplea para provocar a los españoles que no son comunistas, para abrir heridas, para encabronar a la gente tranquila, al personal que padece apatía antropológica. Y si  se pasa el señor del moño, y el Ibex se enfada, aparecerá el mago para realizar un nuevo ilusionismo. Pedro es la estrella, el bueno, el actor principal, el Clint Eastwood, y Pablo, el feo, el Eli Wallach, personaje de la película de Sergio Leone, personaje del spaghetti  western.  El film de esta nación en quiebra jamás ganará óscar alguno.

Asistimos, abúlicos, a la representación de una ópera bufa dirigida por Iván Redondo, un señor que ni era socialista, ni lo será, pero ha encontrado a un actor genial capaz de fingir tan bien que la gente se cree todas sus mentiras. Su última genialidad: abraza a la odiada presidenta de la comunidad de Madrid y habla de unión, mientras, Lastra carga contra la derecha y de la lucha de clases y su partido prepara una manifestación contra Díaz Ayuso el próximo domingo. Lo dicho: un prestidigitador de la política. España, en bancarrota moral y económica. Pero el presidente se sacará una nación de la chistera.  Tiene toda una vida en la Moncloa. No pasa nada. Cuando quiera, transformará la monarquía parlamentaria en una república popular. Démosle tiempo. Genio.

Corolario: los sacerdotes me quitaron la fe en Dios, me convirtieron en un ateo racional. Los políticos, los que se jactan de ser de izquierdas, –a los de derechas nunca los admiré-, ideología que tanto amé durante los últimos años del franquismo y parte de la transición, me robaron la fe en el hombre y en el estado. Solo con ironía se soporta vivir en esta democracia de cartón-piedra, un sucedáneo de república.

 

Eugenio-Jesús de Ávila

                                                                  

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