Nélida L. Del Estal Sastre
Miércoles, 23 de Septiembre de 2020
CON LOS CINCO SENTIDOS
Los parques de los pobres
Hoy he leído en Twitter a un profesor al que sigo; decía esto:
"Los parques infantiles públicos están cerrados. La Warner abre el sábado, y Port Aventura cada día".
Bien. Se procede al cierre de los parques infantiles en Madrid Sur (de momento, ya que habrá que esperar a este fin de semana, o a mañana o pasado para saber nuevas medidas…) Barcelona, Zaragoza, Valencia, Burgos, Palencia…No hay niños en las calles. Parece que los hubiera engullido la tierra bajo sus árboles y piedras, bajo sus columpios y los balones de fútbol abandonados en las porterías de un campo vacío de vida, vacío de niñez y de risas.
Aún recuerdo, cuando siendo muy niña, bajaba al parque con mis amigas después de los obligatorios deberes escolares y hacíamos chocolate y “comiditas” con agua y arena. Jugábamos a perseguirnos, a tocarnos y “perder la vez”. A contar hasta diez para empezar a buscar detrás de cualquier arbusto a la vecina del tercero o al niño que vivía frente a nuestra puerta. Estábamos seguros, nos sentíamos los reyes del cotarro porque nada nos podía quitar esas horas al día de asueto y diversión sin límite. Eso es lo que nos daba la vida para acabar encenagados de mierda en la bañera de casa con algún que otro coscorrón paterno filial.
Hoy, en estos tiempos de virus mortal, los parques tienen cintas municipales de “prohibido el paso”. ¿Qué hemos hecho tan rematadamente mal para acabar sin poder siquiera visitar la naturaleza de los parques, disfrutar del olor de las hojas y el agua y fotografiar en nuestra mente este otoño incierto, inquietante y esquivo?
Pero, mira tú por dónde, que hay parques temáticos que sí mantienen sus puertas abiertas, como si nada, pagando una entrada. Donde puedes comer un helado y estar rodeado de gente, con mascarillas y gel hidroalcohólico. Pagando. Pero en un parque público, no. Los parques de todos, los parques de los niños y de las familias que no pueden pasar un día o dos, o tres, en uno que no sea abonando entrada, peaje, se mantienen cerrados. Esos parques los pagamos con nuestros impuestos, como con nuestros impuestos pagamos a los políticos que, desoyendo a los científicos y a los médicos, toman medidas capitalistas. Cierran zonas, establecen fronteras y guetos para hacer más palpable que hay una diferencia social y existencial entre unos y otros. Esos políticos que están tan perdidos que toman decisiones de una equivocación palmaria por no haber sido previsores. ¿Por qué tenemos que pagar los ciudadanos la ineptitud de nuestros gobernantes? ¿Por qué? Les pagamos el sueldo pero no podemos despedirlos hasta pasados cuatro años de mediocridades, de egos, de dimes y diretes, de estulticia y estupidez en grado elefantiásico. Cada cuatro años. Mal asunto.
Decidme, señores que mandáis en nuestras vidas porque somos gilipollas y os hemos elegido, qué tenemos que hacer para bajar un rato a tomar el aire y que nuestros hijos jueguen. Es vuestra la culpa de que esta generación de infantes sea triste, como sacada de una película cutre de ciencia ficción basada en un libro del gran Sthepen King.
¿Por qué lo que da dinero puede permanecer aunque perjudique la salud de todos y lo que siempre ha estado ahí ahora es prohibido, cerrado y denostado? Lo estáis haciendo rematadamente mal. Los colores de vuestro “equipo” me dan igual porque os copiáis los unos a los otros en mendacidad y pobreza intelectual. No me cansaré de decir que los votantes somos mucho más inteligentes que los votados. Me da igual lo que penséis.
El otoño es largo, pero más largo aún se hará el invierno si seguimos por este camino equivocado e incierto.
Qué tristes son los parques sin los ecos de las risas de los niños, sin sus gritos y sus pedaladas en bicicleta. Sin los paseos románticos de los enamorados y sus caricias bajo el abrigo de un olmo o un fresno. Qué tristes estaciones nos esperan con esta panda de ineptos que tenemos a uno y otro lado del hemiciclo. Sus decisiones quizá consigan que una generación de chiquillos odie aún más el mundo en el que vive. Y ya. Mañana, más.
Nélida L. del Estal Sastre
Hoy he leído en Twitter a un profesor al que sigo; decía esto: "Los parques infantiles públicos están cerrados. La Warner abre el sábado, y Port Aventura cada día".
Bien. Se procede al cierre de los parques infantiles en Madrid Sur (de momento, ya que habrá que esperar a este fin de semana, o a mañana o pasado para saber nuevas medidas…) Barcelona, Zaragoza, Valencia, Burgos, Palencia…No hay niños en las calles. Parece que los hubiera engullido la tierra bajo sus árboles y piedras, bajo sus columpios y los balones de fútbol abandonados en las porterías de un campo vacío de vida, vacío de niñez y de risas.
Aún recuerdo, cuando siendo muy niña, bajaba al parque con mis amigas después de los obligatorios deberes escolares y hacíamos chocolate y “comiditas” con agua y arena. Jugábamos a perseguirnos, a tocarnos y “perder la vez”. A contar hasta diez para empezar a buscar detrás de cualquier arbusto a la vecina del tercero o al niño que vivía frente a nuestra puerta. Estábamos seguros, nos sentíamos los reyes del cotarro porque nada nos podía quitar esas horas al día de asueto y diversión sin límite. Eso es lo que nos daba la vida para acabar encenagados de mierda en la bañera de casa con algún que otro coscorrón paterno filial.
Hoy, en estos tiempos de virus mortal, los parques tienen cintas municipales de “prohibido el paso”. ¿Qué hemos hecho tan rematadamente mal para acabar sin poder siquiera visitar la naturaleza de los parques, disfrutar del olor de las hojas y el agua y fotografiar en nuestra mente este otoño incierto, inquietante y esquivo?
Pero, mira tú por dónde, que hay parques temáticos que sí mantienen sus puertas abiertas, como si nada, pagando una entrada. Donde puedes comer un helado y estar rodeado de gente, con mascarillas y gel hidroalcohólico. Pagando. Pero en un parque público, no. Los parques de todos, los parques de los niños y de las familias que no pueden pasar un día o dos, o tres, en uno que no sea abonando entrada, peaje, se mantienen cerrados. Esos parques los pagamos con nuestros impuestos, como con nuestros impuestos pagamos a los políticos que, desoyendo a los científicos y a los médicos, toman medidas capitalistas. Cierran zonas, establecen fronteras y guetos para hacer más palpable que hay una diferencia social y existencial entre unos y otros. Esos políticos que están tan perdidos que toman decisiones de una equivocación palmaria por no haber sido previsores. ¿Por qué tenemos que pagar los ciudadanos la ineptitud de nuestros gobernantes? ¿Por qué? Les pagamos el sueldo pero no podemos despedirlos hasta pasados cuatro años de mediocridades, de egos, de dimes y diretes, de estulticia y estupidez en grado elefantiásico. Cada cuatro años. Mal asunto.
Decidme, señores que mandáis en nuestras vidas porque somos gilipollas y os hemos elegido, qué tenemos que hacer para bajar un rato a tomar el aire y que nuestros hijos jueguen. Es vuestra la culpa de que esta generación de infantes sea triste, como sacada de una película cutre de ciencia ficción basada en un libro del gran Sthepen King.
¿Por qué lo que da dinero puede permanecer aunque perjudique la salud de todos y lo que siempre ha estado ahí ahora es prohibido, cerrado y denostado? Lo estáis haciendo rematadamente mal. Los colores de vuestro “equipo” me dan igual porque os copiáis los unos a los otros en mendacidad y pobreza intelectual. No me cansaré de decir que los votantes somos mucho más inteligentes que los votados. Me da igual lo que penséis.
El otoño es largo, pero más largo aún se hará el invierno si seguimos por este camino equivocado e incierto.
Qué tristes son los parques sin los ecos de las risas de los niños, sin sus gritos y sus pedaladas en bicicleta. Sin los paseos románticos de los enamorados y sus caricias bajo el abrigo de un olmo o un fresno. Qué tristes estaciones nos esperan con esta panda de ineptos que tenemos a uno y otro lado del hemiciclo. Sus decisiones quizá consigan que una generación de chiquillos odie aún más el mundo en el que vive. Y ya. Mañana, más.
Nélida L. del Estal Sastre


















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