CON LOS CINCO SENTIDOS
Cada pequeño detalle
Voy caminando por la calle sin un rumbo fijo, sólo caminando, mirando a la gente, mirando escaparates aunque no tenga ni la más mínima intención de comprar, o sí, reconozco que casi siempre se me antoja algo para mí o para alguien especial, entonces entro y lo compro satisfecha porque imagino la sonrisa de la persona que lo reciba, su sorpresa y su gratificante cariño al recibir un obsequio inesperado. Sigo caminando y me encuentro con un niño que no me quita ojo, no debe tener más de 10 años. Me mira como si me fuera a desarmar con la mirada y robarme el alma a través de sus ojos…Después recuerdo algo que me hace rememorar una situación por la que ese niño pasó y al que intenté ayudar. Debió de salir bien, porque, de repente, se separa de su madre para venir corriendo hacia mí a abrazarme con fuerza mientras dice musicalmente mi nombre, con esa voz dulce que tienen los niños. Y ya lo recuerdo todo. Él no me olvidó y eso es muy grande para mí. Mucho.
Prosigo mi camino y escucho a dos artistas callejeros tocando música en directo, son dos estudiantes de Conservatorio que van portando sus violines para deleitar a los viandantes y que estos les echen algunas monedas en la funda de uno de los instrumentos. Me quedo embobada porque tocan realmente bien y siento que se me ensanchan los pulmones por tanta belleza serena y sencilla.
Después, voy hacia el parque que bordea el río y me siento a ver cómo juegan las familias entre el verdor de la hierba, las copas de los árboles y el constante murmullo del discurrir del agua. Ese sonido apacigua mi ser cuando mi cabeza vuela por mares oscuros. Cierro los ojos, escucho el rumoroso sonido acuático, las risas de los niños en la lejanía y doy las gracias por seguir viva y poder disfrutar de cosas a las que la mayor parte de la gente no da importancia porque nunca las vieron peligrar. Esas pequeñas cosas, esos pequeños detalles que completan una vida y hacen que merezca la pena levantar el vuelo cada mañana, para sentir el calor del sol en la cara, son las que hemos de valorar más. Porque tal como vienen, se van…
Nélida L. del Estal Sastre
Voy caminando por la calle sin un rumbo fijo, sólo caminando, mirando a la gente, mirando escaparates aunque no tenga ni la más mínima intención de comprar, o sí, reconozco que casi siempre se me antoja algo para mí o para alguien especial, entonces entro y lo compro satisfecha porque imagino la sonrisa de la persona que lo reciba, su sorpresa y su gratificante cariño al recibir un obsequio inesperado. Sigo caminando y me encuentro con un niño que no me quita ojo, no debe tener más de 10 años. Me mira como si me fuera a desarmar con la mirada y robarme el alma a través de sus ojos…Después recuerdo algo que me hace rememorar una situación por la que ese niño pasó y al que intenté ayudar. Debió de salir bien, porque, de repente, se separa de su madre para venir corriendo hacia mí a abrazarme con fuerza mientras dice musicalmente mi nombre, con esa voz dulce que tienen los niños. Y ya lo recuerdo todo. Él no me olvidó y eso es muy grande para mí. Mucho.
Prosigo mi camino y escucho a dos artistas callejeros tocando música en directo, son dos estudiantes de Conservatorio que van portando sus violines para deleitar a los viandantes y que estos les echen algunas monedas en la funda de uno de los instrumentos. Me quedo embobada porque tocan realmente bien y siento que se me ensanchan los pulmones por tanta belleza serena y sencilla.
Después, voy hacia el parque que bordea el río y me siento a ver cómo juegan las familias entre el verdor de la hierba, las copas de los árboles y el constante murmullo del discurrir del agua. Ese sonido apacigua mi ser cuando mi cabeza vuela por mares oscuros. Cierro los ojos, escucho el rumoroso sonido acuático, las risas de los niños en la lejanía y doy las gracias por seguir viva y poder disfrutar de cosas a las que la mayor parte de la gente no da importancia porque nunca las vieron peligrar. Esas pequeñas cosas, esos pequeños detalles que completan una vida y hacen que merezca la pena levantar el vuelo cada mañana, para sentir el calor del sol en la cara, son las que hemos de valorar más. Porque tal como vienen, se van…
Nélida L. del Estal Sastre




















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